Me gusta cuando comes…

Me gusta cuando comes croquetas porque estás como ausente

Por José Luis Sánchez-Garrido García (“jose junior”)

Créditos.

Este librito, fue terminado al filo de unas de esas tardes kilométricas, que en los días de Mayo, abalconan el Aljarafe sevillano. Una tarde del 2010, en Castilleja de Guzmán. Que es donde vivo, y que será motivo, de que su fama se extienda como los horizontes de mi tierra. Sino por su poesía, si por sus croquetas. El prólogo, por Yolanda Rodríguez, se realizó bajo la coacción propia del que es amigo casi siempre para lo bueno y raras veces para lo malo. “Me levanté a las 5:00 de la mañana para escribírtelo” me comentó. Y creo se volvió a acostar a las 5:05, mientras el río de Alcalá de Guadaira aún roncaba. La foto la hice un verano roto, por algún lugar recóndito cerca de Coripe sobre una bicicleta de alquiler, también rota.

A la gente güena.
Y a la güena gente.

Prólogo.

Decía el filósofo que la generosidad es la virtud de dar, de ofrecer al otro lo que no es suyo, lo que es nuestro y le falta.

Pero no se puede dar lo que no se posee, y sólo se puede dar a condición de no estar poseído por aquello que se da. Nuestro autor tiene esta virtud de dar, de dar lo que es suyo y no es nuestro, su talento. Y en esta compilación de poemas nos da su universo; un universo peculiar y original…un universo de “croquetas”, “petróleo”, “portes debidos”, “moléculas amarillas”, “macetas supersónicas”, “el I+D+i de tus sueños eróticos”, “versos mochileros” y “poemas de todo a cien”.

Pero este curioso universo es también valiente porque la valentía sólo llega a ser virtud si se pone al servicio del otro o de una causa general y generosa. Y hay que ser valiente y generoso para compartir estos poemas que entre ironía, humor y sinsentido esconden la verdad… porque a veces como nos dice en su obra “Acordamos:/Que no era cierta tu verdad /Y que era verdad mi mentira.”

Y además tiene el valor de confesar que “Yo, que siempre me equivoco./Acerté contigo al equivocarme.” E incluso comparte su más sincero secreto “Nunca he sabido calcular la dimensión de mi vida./No se medir el futuro, ni comprimir el pasado/Y me distraigo con el presente”.

Generosidad y valentía son las virtudes del autor y de esta primera compilación de poemas que seguro que les hará disfrutar y pasar de la risa a la ternura, de la mentira a la verdad, de lo absurdo a la realidad. Sólo espero que este sea el primero de muchos más actos de generosidad y valentía por parte de nuestro autor y nos siga deleitando con su peculiar obra.

Yolanda

Índice

 

Ni se te ocurra (relato).

Mi abuelo fabricaba peldaños, quiero decir que construía escaleras artesanales. Tenía un pequeño taller con un rótulo en la fachada que anunciaba: “VENDO ALTURA”. Tan pronto entraba un cliente, mi abuelo, que siempre fue bajito, decía asomando la sonrisa tras el mostrador: ¿la quiere para subir o para bajar? Y reía como si esta ocurrencia fuera inmediata, a pesar de que llevaba treinta y cinco años repitiendo lo mismo. Era un pésimo humorista, pero un excelente vendedor. Tuvo la genial idea de hacer escaleras a medida. Con un metro tomaba las distancias de la planta del pié, media la longitud del tobillo a la rodilla y pesaba a los clientes. De modo que aquella tienda era un híbrido de sastrería, farmacia y escalareria. Había desarrollado además avanzadas técnicas de ventas: siempre añadía un peldaño que no cobraba y si era cliente asiduo, dos. Compraba además escaleras de segunda mano, las barnizaba y las revendía, horizontalmente, como respaldos de cama.

Mi abuelo, que tenía setenta y tres años y dos mil doscientos peldaños en stock. Fue un tipo feliz. Lo fue hasta el día en que falleció mi abuela. Su ausencia supuso un golpe fatal. El mismo día de su entierro prometió no volver a subir nunca jamás una escalera. Cuando le pedí que me explicara el motivo de esta extraña decisión, me señaló la estructura de caracol que comunicaba su taller con la habitación de matrimonio, me aclaró que la última vez que subió, encontró a mi abuela sin vida y que había desarrollado una especie de escalera fobia.

De modo que, a los pocos meses, cerró la tienda, quitó el rótulo, quemó toda la madera que había sido el sustento familiar durante tantos años y dejó su vida a ras de suelo, estancada y sin peldaños. Por aquel entonces yo comencé a trabajar de dependiente en un moderno centro comercial. Cierto día le pedí a mi abuelo que me acompañara con idea de mostrarle la fantástica arquitectura, entendiendo, distraería con esto, en algo, su horizontal tristeza. Mientras caminábamos juntos por los corredores del centro comercial, mi abuelo contemplaba fascinado la multitud de establecimientos, la cuidada decoración, el bullicio de clientes y vendedores, y pegaba su nariz a los amplios escaparates escudriñando su interior con curiosidad infantil. Hasta que de pronto, en una de las galerías, se quedó inmóvil, con los ojos abiertos como platos decorados, tan quieto estaba que me recordó una de esas estatuas humanas que inundan las céntricas calles de las ciudades. ¿Pero que le ocurre, abuelo?, pregunté angustiado mientras lo zarandeaba. No decía ni mú. Reparé entonces que su vista estaba clavada en la escalera mecánica situada frente a nosotros y temí, que la evocación de sus recuerdos lo hubiera dejado en estado de shock. Sin embargo, percibí fugazmente, en sus ojos, la misma chispa que solía tener cuando trabajaba tras su alto mostrador.

-los peldaños nacen en el suelo- dijo pausadamente, como quien sale de un coma.
-abuelo, es una escalera mecánica- traté de explicarle.
-ya sé lo que es, tontolaba- contestó para mi desconcierto, y salió raudo hacia la escalera, como quien ha robado al diablo y no tiene intención ajustar cuentas.

Al llegar al borde se detuvo un instante, apoyó suavemente su mano derecha en el pasamanos, adelantó un pié y se dejó llevar con el primer peldaño. Vi a mi abuelo levitar inmóvil en travelling ascendente, cimbreando las canas al aire, extendiendo una sonrisa que se abría en proporción a la longitud que recorría.

Cuando la estructura mecánica lo tenía situado a mitad del trayecto, mi abuelo torció la cabeza buscándome. Yo lo observaba con inquietante curiosidad, tratando de averiguar si definitivamente había perdido la cabeza. El centro hervía de apresuradas bolsas que corrían portando clientes.

-¡niño!- me gritó desde las alturas. ¡Esta escalera es una mierda!

Casa de Braulio, seis de la tarde, tarde de sol.

Dice Crisanta, que ni por estas. Que no hay manera y que si Braulio tiene entre ceja y ceja darle un bastonazo al silencio, que por ella muy bien, pero que te busques otra hembra que le ponga el celo en vereda, que, a sus setenta y
16 pico de años, ya tuvo bastante aguantando las impertinencias masculinas durante lustros redondos. Y que ahora que respira, y que nadie le pisa el suelo que acaba de fregar, (salvo su gato bizco), está muy tranquilita. Que ella con una ensalada y una pizca de porra ya acompaña al Lorenzo hasta que bosteza y que las cacerolas desde que las colgó cuando lo de su difunto, no las ha vuelto a tocar, más que una vez y porque se le coló el gato en la paellera. De modo, me ha dicho, que ya le estás diciendo a Braulio, que deje de ensuciarme las rejas con las pamplinas del casamiento. Y usted verá, tío Braulio, pero es la quinta vez que vengo y hoy estoy sin comer. Y usted, que tiene estropeao la estacionalidad del cortejo viene revolviendo mariposas en la barriga que le hacen lleno de fantasías, también debiera coger el plato, porque le va a dar un telele. Que dice además, Crisanta, que está más delgao que un silbio y que invertir en huesos con tan pocas perspectivas es mal negocio.

Pero tío Braulio, por el amor de dios, hombre, no me llore de esta manera que se le abrevia el aljibe de las cuencas, y séquese la baba, si quiere ya me acerco y vuelvo a hablar con la jodía vieja. Pero a las mujeres hay que conquistarlas de a poco y usted, por bravo, estás pidiendo la guerra sin batalla. Lo que te falta es un puntito romántico, pero para esto le voy a dar la receta porque ayer cogí emprestao, y sin saber leer, un poema que le dejo para este asunto.

Casa de Crisanta siete y media de la tarde.

Dice Braulio que el cántaro lo llevará a la fuente hasta que se lo tire a la cabeza si hace falta, pero que su problema no es la falta de compañía sino el exceso de querimiento. Que anoche, salió a darle pasto a las estrellas para entretener su lamento, y que mirando el cielo, al respirar, se tragó por un descuido la mitad del firmamento, y que lo creas o no, regurgitó una poesía, que yo le traigo:

¡Ay! de plata dura vienes andada
Y es plomo la cuenta de tu razón camuflada
El batón es de oro y duele.
Pá un suspiro que te pido
Al menos uno, el que se cuele
Arremángate los metales de tu razón
Ay! Niña bonita, dame el permiso de tu vera
Pa los caprichos de mi corazón.

(Anónimo. )

Y Crisanta, yo creo que debiera , por lo menos retirar el visillo de tus sentimientos pá que entre algo de luz, que usted me lleva también muchos años paseando al callao por estas habitaciones y ahora que tiene arrimándose un mozalbete de ochenta años con la misma fijación que su minino, no debiera pasar esta oportunidad. Por cierto ¿no tendrá usted una migaga de pan por ahí na más que pá mitigar los portes?

Casa de Braulio ocho y media de la misma tarde.

Dice Crisanta que al menos podía haberle dedicado a ella el poema en lugar de a Nónimo, pero que le agradece el empacho de noche de anoche, que le han traído recuerdos del tiempos pasados, (lo que yo creo, personalmente, es un avance considerable), cuando su Aurelio, al filo de la peña de los enamorados, le contó la historia de Ardama y Tello, los que se arrojaron desde lo alto del precipicio machacándose en equilibrio las cicatrices del amor. Dice que tiene un alma que da vértigo asomarse, que pase usted dentro y se ponga cómodo.

Casa de Braulio, nueva de la mañana del día siguiente.

Muchacho, estoy pensando en llevar a Crisanta a la Capital. Que hay un centro intercontinental de esos nuevos con muchas tiendas y luces de colores. Y salir y pasear. No se le ocurra tío Braulio. Las escaleras son una mierda. Lo sabe todo el mundo.

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Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso
que pudieran juntarse, y que forman algo así como un
misterio.

Federico García Lorca.

 

 

Un día tempranito, por la mañana.

Debían ser las ocho de la mañana.
Aproximadamente.
De un día cualquiera.
En mi cocina.
Ya sabes,
el café de la mañana.
Sentado de medio lado
(como siempre me siento)
En las sillas y en la vida.
Ojeando el suplemento de ELPAÍS. Y resulta.
Que me entero
!que es la vida!.
Un día cualquiera.
En mi cocina.
Por día haber sido cualquier día,
Pero fue un día cualquiera.
(Esto último me suena de otro).
Y leo:
“la vida sólo es aquello que recordamos”.
Y seguidamente “…más aún, y cómo la contamos”.
Coño.
Pues es verdad.
Sólo soy lo que recuerdo.
Pero debo ser también lo que cuento.
Que no concuerda con lo que recuerdo.
Por el cuento que tengo.
Si no cuento lo que recuerdo.
Y luego no recuerdo lo que cuento.
¿Que cojones soy?.
De modo que volví a dejar un café sin terminar.
Desayunando ventanas la mañana.
El vaso del café y la cuchara al friega platos.
Esto, ya te digo, un día laborable cualquiera.
Y me fui.
Esto si lo recuerdo.
Pensando en tu recuerdo.
Y me entristecí.
Y nunca te lo he contado.

 

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Perdí el mapa de la ducha a tu cama.

Si algunas de las calles se fueron
si finalmente,
trasnocharon nuestros futuros.
Si alguna vez,
salí de tu habitación
tan excesiva.
Y perdí, el mapa de la ducha a tu cama.
Y la pendiente de tu piel.
Tan inclinada.
Y la radio en las madrugadas.
Tan lejana.
Incapaz de engañar a las horas
con las horas tapadas
con las sílabas de tu nombre
con las ganas esquivadas
y todas mis líneas truncadas.
No sé, porque carajo,
te sigo echando de menos.

 

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Una lista de cosas que no soy. (Primera parte).

No soy la pata vendada de una molécula amarilla.
Ni el desenlace de una aceituna.
No soy los clavos comprados de saldo en una tienda de infartos.
Ni el asfalto de los puntos suspensivos.
No soy el roto del péndulo enfadado.
Ni la ecuación del gallo.
Tampoco el tam de tampoco.
No soy un suspiro embalsamado (y/o encarcelado).
Ni el reguero de un carpintero en paro.
Ni una maceta supersónica en la estratosfera.
Por no ser no soy ni siquiera, siquiera.
Y no soy un electrodo enamorado.
Ni positivo ni negativo.
Tampoco soy la mesa camilla de un tornado.
Ni el recuerdo de una ballena ya desayunada.
Ni el croquis de tus besos.
Ni las croquetas de tu madre.

 

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Que sí, que eras tú.

Querida,
Yo hubiera repintao un tostador de azul cian.
Por ti.
Troquelao los bordes plata de todos los anversos.
De cada luna.
Por ti.
Hubiera ido a esperarte.
En la fidelidad del pomo de tu puerta.
Todas las tardes hacia el infinito.
Por ti.
Como un perro.
Impaciente.  Aguardándote.
Yo hubiese sido capaz de saberte con una sonrisa.
De oreja a oreja.
Cada día y cada mañana.
Y tendría la vida excusas de saldo rosa
en todos tus escaparates.
Habría asentido, que si, que eras tú, que por fin.
(Me hubiera quedao con tan sólo algunas dudas de propina
en el vagón de mi incertidumbre).
Hubiera retomao el curso de astronauta.
Por ti.
Un máster de estrellitas fugaces.
Y andaría incluso feliz por la vida.
Yo hubiera hecho esto, y creo algunas cosillas más.
Menos mal.
De esa no me hubiera repuesto.

 

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Todos los momentos adecuados pasan por tu boca.

En tu sonrisa están todos los momentos
adecuados.
Que tan torpe me hacen.
De modo que transito en un código de barras
hasta la saliva callejeada de tu lengua.
Todos los momentos adecuados pasan por tu boca.
La ida. También la vuelta.
Y muchos balcones de mis días comprimidos.
En tu boca está la vida.
No la tuya.
La mía.

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Regreseando.

(Es una afición. Soy regreseador vocacional).
Regresé para azuzar a la memoria
con indiscreta y cierta naturalidad.
También con mala ostia.
Ahuyentando azafatas de vuelo
a la velocidad de la luz.
Al café y a la bombilla de 40 watios.
Con el ansia incandescente.
Abriendo las autopistas de mi circulación
sanguínea
regreseando. Al fin y al cabo.
A lo que me tocó de ti.
Cada embestida más ajeno.
Esto debería ser una profesión. Remunerada.
De aquí a la luna yo sería el guía
De todas las maletas cerradas
de todos los peajes desconsolados.
Esto, al menos, te debo.
Pero te decía
agoté el espacio de mis olvidos;
Y renombré tu distancia
con palabra nuevas, que antes no existían
que yo no sabía,
calcular la crueldad de tu longitud
en verbos cuadrados.
En palabras por segundo,
en un control de alcoholemia,
a esas horas en que los semáforos
orinan de espaldas.
Llevé tu nombre, luego
casi a última hora de un sábado 
como quien va a un hipermercado.
Como uno más.

 

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Una lista de cosas que querría ser (tercera parte).

Yo, querría ser,
un calendario al revés.
El I+D+I de todos tus sueños eróticos.
Las ganas de las desganas cuando no me ves
y el perchero de tus dudas.
Un famoso héroe anónimo oculista
y todos los colores de un esquimal.
El punto equidistante de las lluvias en equilibrio
y el vértice de la comisura de tus labios
cuando duermes en verano.
El punto de información para las almas perdidas.
Y el gesto oblicuo en el reflejo de una copa de vino.
Y de vez en cuando, por supuesto
una croqueta.

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Las horas lentas.

La memoria es lenta.
Y lento el recuerdo
y prendidos a los pasos.
Y lento el olvido.
Y todos los años.
Y los días de tu boca
que dieron forma a mis horas,
esas,
las más lentas de todas.

 

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Y cuántico.

Dirás que no, (no estoy seguro).
Es cosa de tus manos,
mecánicas.
De tus giros
eólicos.
Y queda el mundo como vuelto del revés,
estólido.
Como prendido a la raíz de tus pestañas,
marítimas.
Y si pudieras verme por dentro, un poquito,
cinemático.
Llamarías al portero
automático.
Y tendría razones suficientes
para no encontrar suficientes razones.
Tal y como en su día te dije:
Agnóstico.

 

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Que se yo.

Que sé yo que pueda decirte
si aprendí no aprendiendo
corrompiendo.
Con los míos propios.
En conversaciones con tu espalda desnuda.
Fascinado.
Con el vértigo tu pelo, preguntándome.
Cuanto voy a tardar en romperte.

 

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Supón.

Supón que ponemos el tiempo patas arriba.
Y le rascamos la barriga.
A ver si ríe.
(yo le piso un pié con algo de saña).
Por lo que me debe.
Aunque me riñas.
Y luego cambiamos las estrellas de sitio.
Ya verás los astrónomos.
Si pintamos la luna de negro.
A ver quien la encuentra.
Si salimos esta noche.
Y nos bebemos los mares.
A ver quien navega.
Si despeinamos las montañas.
Entrelazamos los ríos.
Y teñimos las nieves.
Si maquillamos a la abuela.
Y nos la llevamos de marcha.
Supón que esta noche.
Atamos todos los besos.
A ver quien jode.
Y que nos persiga la policía.
Si es que vuela.
Supón que oxidamos el aire.
En rojo furcia.
Y a los truenos le ponemos viseras.
Que inclinamos el horizonte.
Supón. Niña.

 

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90 grados.

Cada vez que te vuelves.
Te traes los ayeres.
Y si me miras…
Cada vez que te vuelves.
Y te vuelves hacia mí.
Naufragan dos
y tres y cuatro amaneceres.
Cada vez que te vuelves
cabreas a las pitonisas
que rehacen su baraja
malhumorada.
En el revuelo de tu cintura.
Ninguna carta lleva tu nombre
y en todas tu sexo.
Eres así.
Antes de irte.
90 grados de sonrisa fugaz
que no sé ni supe interpretar.

 

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Llueve.

Es de noche.
Y llueve. Y es diciembre.
La luz se ha ido.
Y mi ordenador sin batería.
Mañana iré a Sevillana-Endesa 
a reclamar dos poemas
que me quedaron oscuros.

 

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Sobre las palabras.

En los extremos de mis dudas
están mis peores faltas de ortografía.
Pongamos un ejemplo: querer, lo escribo sin convicción.
Desearte, me tiende al imperativo.
Soñaré, me queda como dormido.
De ahí que en lugar de decir:
“todos mis sueños guardan el deseo de quererte”.
Diga:
Después de todo, ¡hoy parece hará un buen día!.

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Diagnóstico.

En la clínica de la calle Paz, esquina con San Fernando fuimos a ver al Doctor que aquel día había leído el periódico.

Tu te empeñaste en que radiografiara mi alma. Y así, cuando el doctor la puso a contraluz exclamaste excitada ¡ves, esa mancha, estás enfermo!.

Y yo. Con los ojitos muy abiertos, angustiado me llevé la mano al pecho, pensando si mis cinco dedos eran ya las manecillas del reloj en su cuenta atrás.

Y el Dr. Sereno, aclaró entonces: Señorita. Este hombre no está enfermo. Es sólo de sentimientos opacos.

De modo que cuando salimos te dije contento: Cielo, no me voy a morir hoy.
Ni mañana – me contestaste-, ya has nacido muerto.

Y muertecito me quedé.

 

 

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Una lista de cosas que creí ser. (Segunda parte).

Yo,
creí ser la longitud de una gota de agua por el muslo de tu pierna derecha.
Un señor que vivía de alquiler en tu boca. Y luego de ocupa.
El vuelo esquivo de una mosca extranjera. Quizás peruana.
Dos días antes de la muerte. 
Y cuatro de tus pestañas.
Una ventana abierta del wc donde hay un dios. Siempre ocupado.
La pata sin taco de tu cama.
Y la vista periférica y borrosa del extremo de tus ojos.
Yo creí ser,
un tupperware congelado de recuerdos calientes.
La Fanta y la CocaCola.
La ostia puta, y la última tecla del pc. 
Y la etiqueta de saldo de algunos de tus orgasmos.
El yin el yan y el chin chan.
Y la canica de cristal.
Y la calavera de peligro no tocar.
Y también creí ser, algunas veces.
Las croquetas de tu madre.

 

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Hay y no hay.

Hay muertos tan tristes
que parecen vivos.
Y vivos tan tristes
que parecen muertos.

(¿no está escrito ya este poema
por alguien o bien triste o bien muerto?)

 

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De tu postura en el televisor

Me desprendí de todas las ganas.
De tu ansiedad.
De tu postura en el televisor.
De los cubiertos de tus cenas.
Me desprendí de las escaleras.
De la rutina de la silla.
De las repisas abalconadas.
Del suicidio del invierno.
De las recetas de la farmacia.
Me desprendí de las huidas.
Huyendo.

 

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Los días raros.

Hay tardes que son como equivocadas.
De distancias inverosímiles.
De sombras incomprensibles.
Que no son mis ojos.
Hay tardes que edifican tu ausencia.
Y memorizan mi olvido.
Son estos raros días,
saltan las alambradas
esquivan los contornos
y se clavan.
Y así, te vuelo a recordar
en tardes que ni siquiera saben que lo son.

 

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Si has de volver.

Por más que quieras,
deja de arañar,
luego quedan las cicatrices encarceladas.
El olvido,
en todas tus uñas.
Y el tiempo lastimado.
Si has de volver.
Hazlo desde la otra esquina.
Para encararse con el ayer
no sobran los cielos claros.
Tienen los recuerdos la mala costumbre
de equivocar las prisas
y hasta los besos mal dados.
Para encararse con el ayer.
No te sobrarán los cielos claros.

 

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De todas formas.

Yo, que siempre me equivoco
acerté contigo al equivocarme.
Y quizás por eso
dejé de escribirte.
Una mañana de esas, que son algo raras.
Con las desgana de las cancelas.
Con las ventanas cerradas.
Y fueron tapiando los balcones
de toda la urbanización
y luego nuevos soles
y obra nueva, y ladrillos y cementos
y la forma de hablarnos, en cajas cerradas.
Y los verbos arrinconados que fermentan
declinados.
Volvía la ciudad ajena 
a enajenarnos.
Que lejos las repisas del salón!
Y que cerca las estanterías vacías.
De todas formas.
Dejé de escribirte.
Una mañana de esas que son algo raras.
Pensando que no escribirte.
Sería un buen motivo para contártelo.

 

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Una mañana que no era noviembre

Quizás fuera enero o quizás febrero…
Déjame que diga
que fue una mañana de noviembre.
Y que un sol se hacía trizas en las persianas. 
Y sobre las paredes, sonreídas
(tú y tu boca, aún dormidas).
Prendieron todos los perfiles de tu piel.
Y las sábanas encendidas.
Sobre el tablero de tu desnudez
se divertía la mañana.
Hoy es fiesta en mi habitación.
Pensé.
Y tú seguías dormida.

 

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Así fue y yo lo vi

Más o menos fue así…
Recuerdo que una vieja pasaba por la esquina.
Y que había una maceta en un balcón.
Que un perro ladraba enclaustrado
(creo era uno de esos pequeñitos). 
Y alguien saludaba.
Una bombona de butano también asomada.
Pasó un autobús.
Lleno de ventanas.
Y un árbol lo aplaudió.
Luego la calle se quedó vacía.
Y el chucho se calló.
En fin, fue fascinante.

 

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A portes debidos

En los precintos de los sueños
se puede leer:
Fragilidad.
A portes debidos.
Supongo se cruzan en las noches
cuanto saltan de las camas.
En el tráfico nocturno
se atascan las ilusiones
bajo farolas porteadoras.
Al despertar me pregunto
cuantos llegaron a sus destinos.
Las caricias que te facturo
acaban siempre accidentadas.
Y sin embargo nadie reclama.

 

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De esta manera

Nunca me hice mayor.
Si acaso he visto el tiempo envejecer a mi lado.
Nunca supe crecer.
Ni aprendí de los errores.
Ni tracé futuros.
Ni di consejos.
En cada mañana está la primera vez.
Duermo fabulando, como los niños.
Y no me se los calendarios.
Nunca llevé reloj.
Ni compromisos en los bolsillos.
Nunca me hice mayor
porque no se como se hace.
Quizás por torpe
nunca he sabido calcular la dimensión de mi vida. 
No se medir el futuro, ni comprimir el pasado
Y me distraigo con el presente.
Y sin prestarte nunca atención, sin embargo.
Soy yo quien habla de ti.

 

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Hay que ver

Hay que ver.
Que formas tienes de irte.
Tú como si nada.
Sacas las llaves del coche.
Sonríes y dices hasta mañana.
Chau!. Tiritando. (Porque se lo que me pasa).
No te das cuenta.
Prendida al velcro de tus caderas
se me queda la piel siempre enredada.
Y cojean mis cuatro pestañas
sin la baranda de tu mirada.
Así me vuelvo.
Dándome de ostias
con las esquinas pasmadas.
Y para colmo te llevas
Cada una de mis palabras.
Cuando el vecino me pregunta la hora
me encojo de hombros
y le señalo tu estela.
Esa jodía…
que no respeta los semáforos.
La que arrastra la tarde en el parachoques.
Ma dejao sin nada.
Hay que ver…
Que formas tienes de irte.
Tan peligrosas y robadas.
Y tú.
Como si nada.
El vecino sin la hora.
Y la tarde acojonada.

 

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La ausencia

Qué compañías tiene la ausencia
que a todas abandona. 
y a ninguna deja sola.

 

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En el inventario de tus dudas

El día que quiera.
Lo mismo voy.
Y te muerdo un labio.
Que para eso se esconderme.
Y antes de que te des cuenta.
Te faltará un beso.
En el inventario de tus dudas.
Así, cuando hagas caja de tus amores.
Te vas a volver loca
Cuadrando los importes.
Y se te hará tarde.

El día que quiera.
Lo mismo voy
que no voy.

 

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De verdad te digo, que no tengo ni idea

Siempre te querrán mis versos más que yo.
Suena cursi, verdad?.
Pero debe ser cierto.
Yo no podría sostener un beso.
Ingrávidamente eterno.
Yo no se dibujarme en tu mirada.
Yo no vuelo.
Si acaso un par de metros.
Con esfuerzo.
Yo nunca he estado en la luna.
Ni creo que vaya.
El rocío de la mañana, me da frío.
Y no se cual es tu ventana.
Yo no se coger tus manos sin decir una parida.
Y si digo que vivo en los filos de tus suspiros.

Es mentira.
Yo te amo mucho menos que mis versos.
Y además te amo a ratos.
Y a veces, ni a ratos.
Yo no soy cómplice de tus silencios.
Sólo de mis engaños.
Yo no besaría cada centímetro de ti.
Porque no me gusta el sabor a pies.
No sabría perderme en tu pelo.
Sin que se me vieran las orejas.
Pero mis versos
son escaladores.
Y si les digo que trepen a tus labios.
Suben con crampones.
Yo no puedo invitarte a pasear entre las estrellas.
Si acaso a una cervecita.
Fresquita.
Ni se atar tu sonrisa a mi corazón.
Salvo que me muerdas.
Pero puedo venderte la moto.
Ninguna de las formas en que pueda amarte será verdad.
Yo no se hacer el amor por mas que insistas.
Pero se echar un polvo.
Luego si quieres escribimos:
“El instante tiene contornos
como tu piel. Y al rozarlos en tu boca desnuda
han temblado todas las vidas”.
Ya ves, siempre te querrán mis versos más que yo.
Y quizás hasta te follen mejor.
Pero es que no se decirte a veces, lo tonto que estoy.
Y si te lo digo…
Resulta que me crees tonto de verdad. 
Y sin embargo, te crees mi poesía.
De verdad te digo
que no tengo ni idea.
Para que quieres el reflejo de una estrella en mis ojos.
Pero con mis poemas de todo a cien
te alquilo un universo dos o tres días y varios mares.
Nunca sabré quien eres.
Ni sabré camelarme tus pensamientos tan secretos.
Me perderé muchas de tus miradas.
Si hay fútbol, todas.
Perdóname.
Que sean estos versos mochileros
(no estos, quizás otros)
quienes recorran la comisura de tus antojos.
Yo no se besarte como ellos.
Ni por supuesto, se decir, te quiero.

 

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Seria conversación con un músculo

Con un gesto grave,
dando unos golpecitos con la palma de mi mano sobre el sofá.
Le dije a mi corazón…
Siéntate aquí, corazón mío.
Si puedo tutearte.
A ver si hoy nos conocemos.
(Mi corazón perplejo, imagínate, 40 años y no nos habían presentado).
El corazón, fuera de la caja torácica… tiene un aspecto un tanto ridículo.
(Y a mi me entra la risa al ver el tic ese que le hace palpitar).
¿Tú donde has estado?.. .le dije, no obstante,
tratando de ser firme en mis palabras.
A lo que me contestó: tum, tum… acompasado.
Y pensé…ciertamente no es un corazón parado, 
sino en paro.
Tengo un trabajillo para ti.
(Entonces el tum, tum, se aceleró y hasta creí que me daría un infarto).
Hablamos largo rato,
y hubo reproches por ambos lados de nuestros años esquivos.
No me gusta que seas tan vago, le decía.
Ni yo que fumes, me contestaba…
Ni yo que seas tan contestón.
Y yo estoy harto de bombear la sangre a un cerebro que me la devuelve
(jodío corazón…quien te va a querer, me preguntaba).
En fin, así echamos la tarde…
hasta que arto un poco de tanta discusión saqué tu foto.
Mira… (y no me la manches de sangre)
¿Ves a esta mujer?. 
Y mi corazón asentía, un tanto curioso.
Pues a esta tienes que amar.
Y mi corazón torció su gesto hacia mí… perplejo
¿es que hablo en chino?
¿O se lo tengo que pedir al páncreas?
Corazón + mujer = querer.
Le escribí sobre un trocito de papel…
Y entonces… muy serio (como no lo había visto nunca).
Una lagrimilla se le escapó por la aorta principal,
y casi tartamudeando me dijo…
Soy analfabeto.
Acabáramos…
De modo que mi corazón está ahora matriculado,
en primero de Eso, creo.
Aprendiendo.
Para que podamos hablar de ti.

 

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Jugando

Yo, me quedo callado.
Y te observo.
De esta forma. Maliciosamente infantil.
Provocándote.
Yo, me quedo callado, mirándote.
Incomodándote.
De esta forma. Persiguiendo tus ojos.
Atrapándote en la red de mis pestañas.
Tus ojos… tan limpios.
Yo, te observo. Y siempre acabo sonriendo.
Ganándote la partida.
Y me dices basta, divertida.
Y luego me empujas.
Y luego ríes.
Y luego me observas, callada.
Maliciosa.
Pero yo no me divierto.
Porque no se si ves mis mentiras.
Y ya no quiero jugar más.

 

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Yo, chulo-playa

Un día caminaba yo bajo la lluvia.
Haciéndome el interesante.
Además era en la playa.
Un día que no era invierno, por los pelos.
Creo era una tarde.
Con unos colores, de esos, muy bonitos.
Iba yo en mi papel, de protagonista.
Sintiéndome observado.
Que chulo que iba…con los pies descalzos y los zapatos en la mano.
Y los pantalones remangados.
Me detuve un momento.
Y miré tras de mi, y luego al frente.
Y no había un alma. 
Si acaso un petrolero pero allá muy lejos.
Y las persianas de los apartamentos todas bajadas.
(Claro, era casi invierno).
Fue entonces, cuando miré al cielo… y dije:
Dios si crees en mí.
Haz que aparezca ella…
pero ni él cree en mi,
ni yo en ti,
ni tú en mi,
ni yo en él.
De modo que me fui caminando por la arena.
Chorreando, con los zapatos en la mano.
Dejando un rastro húmedo.
Igualito que el petrolero.
A ninguna parte.

 

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Backstage

Al otro lado de mis palabras
(en las espaldas de las letras, quiero decir).
Garabateo tu nombre y mis textos se estiran.
Lo sé.
Porque yo leo al revés.

Al otro lado de mis palabras
esperan todas las aceras.
Y pasas tú.
Y yo tras de ti. Apresurado.
Y hay cafeterías entoldadas en equilibrio
que murmuran bocabajo.

Al otro lado de mis palabras
está la luna que reclamas.
Apuntalada. Es verdad.
Querría ser el último cartel
de prohibido,
no pasar.

 

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Resumiendo

Resumiendo.
Acordamos: que no era cierta tu verdad
y que era verdad mi mentira.
Y no hubo más que decir.

 

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Distancias.

(Premio II concurso relatos Ciudad de Alcobendas, 2005).

Creo que me enseñaste, en la infancia, a calibrar las distancias. Es una bella palabra, me decías aquella mañana mientras tus manos aún lavaban los cubiertos y platos del desayuno. Me hablabas de espaldas ocupada en tus labores, como una rutinaria conversación más entre madre e hijo, pero sabias que desde mi silla alpina, donde aún no me llegaban los pies al suelo, te observaba embelesado. Siempre supiste contarme lo más complejo de la manera más simple. Pero yo, secretamente, ya intuía que fingías, y te agradecía silenciosamente que fueras tan sabia, y que esquivaras tan hábilmente los incómodos escenarios de las solemnes lecciones de la vida.

Te mentí aquella mañana, como tantas otras cuando traté de explicarte que la única razón para no ir al colegio, era para no dejarte sola. Para no alejarme de ti, como hizo papá cuando se fue a Alemania, tan de pronto, tras un desayuno.

-Hay muchas distancias, hijo-, contestaste, sin que la crueldad de mis argumentos mermaran el cariño de tu tono. -La distancia de tu padre es sólo física. El espacio se anda, y se reduce-. Sentenciaste mientras lavabas los últimos platos.

Me revolví inquieto en mi tribuna, disconforme con tu explicación y dispuesto a no relegar de mi intento de escaqueo del cole a la primera. Y aún, percibiendo de soslayo gotas tristes en los azulejos del fregadero, te dije como quien arroja un cuchillo: Hay mucho que andar de aquí a Alemania, mamá.

Te volviste, entonces, secándote las manos. Y pensé que me había ganado la primera torta de mi vida, bien merecida para mí desconsuelo. Pero en lugar de eso te sentaste frente a mí, y recogiendo lentamente las migas de tostadas desperdigadas de la mesa me comenzaste a hablar, yo no sé bien si sólo a mí, de tus distancias. Hay tantas, decías. Hay distancias en el tiempo, irreversibles, distancias de amores que fueron, que nadie quiere tocar, distancias con la familia que convierten cualquier otro lugar en extraño, distancias que nos imponemos, religiosas o políticas. Distancias con los desaparecidos y con los que vendrán. Hijo, tu vida, gravitará en un mundo sustentado por tus distancias. Cada una de ellas será un hilito, un vínculo con otras personas, con tus recuerdos y sueños, con los lugares que andarás. Aprenderás a romper unas, las que puedan liar a otras o hacerte perder el equilibrio y a soportar con firmeza aquellas que te serán imprescindibles.

Y mientras te escuchaba me imaginaba en el centro de una enorme telaraña rodeado de miles de cuerdecitas y sólo la evocación de esta imagen ya me creaba la angustia que debe padecer la presa de la araña misma.

-Pero mamá, yo no tengo tantas manos-

Y al ver mi expresión un tanto asustadiza, comenzaste a reírte de mi ingenuidad, tu risa me sacó en brazos de mi fugaz maraña imaginaria y supe en ese instante que toda mi vida hasta entonces dependía de mi distancia segura hacia ti.

-De todas ellas, hijo, preocúpate sólo de una. Aquella que te une a ti mismo, si tu propia distancia es pequeñita- me decías suavemente, marcando la medida exacta entre el pulgar y el índice.- menos extrañas te parecerán todas las demás-.

Para un niño que respondía con los dedos cuando le preguntaban la edad, comprender aquello no era fácil, y recurrí a la cara de interrogación, que tan bien me salía, frunciendo mucho el ceño, casi con enfado, esperando la traducción a mi lenguaje infantil. Entonces hiciste algo que me sorprendió tremendamente, esparciste de nuevo, sobre la mesa, las migas de pan que habías reunido en tu mano y pensé que te habías vuelto loca o que había acabado con tu paciencia. Hasta que descubrí, en unos segundos, con asombro, un universo formado de diminutas porciones a las que ibas ligando nombres y conceptos: esta de aquí, es tu futuro, y estas otras tus sueños, aquí está papá, y esta tan redondita será tu novia, y este morenito de corteza, eres tú, ¿y sabes? Todas tienen algo en común-, decías mientras me observaba, tan minúsculo, sobre la mesa.- harina, levadura y sal.

Levanté la vista persiguiendo en tus ojos la explicación definitiva al complejo mundo de los bollos.

-si no conoces tus propios ingredientes -aclaraste- no sabrás que eres pan y en este mundo de migas, serás siempre un extraño.
-¿y cómo sé yo de qué estoy hecho? Te pregunté.
-lo aprenderás en los libros, tonto-. Resumiste sonriendo.

Y de esta forma rompiste en mil pedazos mi perfecto plan que aquella mañana de octubre sobre la mesa de la cocina había elaborado con maestría y creía infalible para no ir al colegio. Ahora el colegio no sólo estaba ridículamente cerca, además lo necesitaba imperiosamente para acortar las distancias con el mundo y con mi padre.

No tuve nunca, o casi nunca la sensación de un extraño en los años que pasamos en Alemania. Encaré una nueva vida con la seguridad de saber cuáles eran mis distancias vitales y aprendí a tirar de ellas. Me esforcé por conocerme, a medir la longitud de mi intimidad para recortar el espacio con el mundo. Años más tarde, mientras hablaba a mis hijos con un puñado de migas de pan en las manos emulando tus lecciones, me quedé en silencio un largo rato, evocando aquella mañana.

Ahora. Camino despacio. Recordándote. Creo que deben ser las últimas brisas, apenas balancean las hojas secas de esta vereda. Se vacía la tarde con urgencia por abandonarse. Te hubiera gustado ese horizonte que enrojece su despedida, tiene la suavidad de tus miradas. Lo demás es todo silencio. Enmudece el aire y me acerca a ti. Te percibo entretenida de espaldas a mí, como si nada hubiera cambiado desde aquel día en la cocina. De todaslas distancias que me enseñaste se te olvidó una. Aquella que no existe.

 

 

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Sánchez-Garrido García, José Luis. Sevilla, 1969

Repasando la vida del autor encontramos que realmente no ha hecho nada destacable en su vida. Si bien sabemos por testimonios de terceros que pintó las rejas de su casa en verde carruaje, obra que le llevó la mañana de un domingo y que mereció el reconocimiento de sus vecinos. Vivió en Barcelona unos años regresando más tarde y en coche a la capital hispalense. Si bien investigaciones recientes señalan que en sus textos se reflejan las malas influencias de los fines de semana, (amigos sin alma de los que agarran un cubata con fiereza cuando ven al camarero venir, no sea se lleven el vaso y gente por el estilo).

Extra.

A mis compañeros que fueron de Warner y con los que tanto aprendí y disfruté en los encuentros.

La habitación del pánico.

El 25 de octubre del 2005 una asistente de limpieza, natural de Villa del Prado, encontraba por casualidad una carta manuscrita, envejecida, bajo el colchón de una de las habitaciones de la finca número 258, en la urbanización Encinar del Alberche en plena sierra de Gredos madrileña.

El fin de semana anterior la casa fue arrendada por un grupo de amigos que pretendían celebrar un reencuentro.

Lo que se relata a continuación es la trascripción íntegra del documento, que sirvió a la policía para esclarecer los hechos y sacar a la luz uno de los sucesos trágicos que más impactó a la sociedad española de entonces.

La carta manuscrita fue redactada en la oscuridad del la madrugada del día 22 de octubre del 2005 en la misma habitación en la que fue hallada, de trazo violento y nervioso, ha necesitado de varios expertos en caligrafía para descifrar el testimonio impreso.

“…han vuelto los golpes. Esta vez con más dureza. Apenas tengo fuerzas para escribir estas notas. La única vela que aún nos queda cimbrea languideciendo y esparce nuevos fantasmas por las paredes de la habitación en la que nos hallamos esperando nuestro fatal destino. Escribo estas notas con mi mano temblorosa, mis dedos entumecidos por el miedo y el frío. Es mi último testimonio y me sorprendo a mí mismo, con un nudo en la garganta tratando de contar, entre gritos, sangre y dolor la terrible noche que presumo será la última de todos los que nos encontramos aquí encerrados. En algún lugar de mi mente ya sólo queda la resignación a una muerte segura, sólo espero que cuando llegue sea lo más rápida posible, que su guadaña sea certera y mi despedida dulce. Pero sé que me engaño, que las voces que llegan del exterior reclaman la presa con saña.

Cuando entramos con prisas a esta habitación, conté ocho los que aquí nos cobijamos. Unos minutos más tarde grité al constatar que habían desaparecido cuatro. Mis compañeros me calmaron. Me explicaron que sólo somos cuatro, y que ninguno de ellos tenía hermanos gemelos. Es el efecto del bolillón. Llevo un colocón de puta madre, a medida que el alcohol se ha ido diluyendo en mi sangre a menguado el número de camas y huéspedes de esta habitación que se ha convertido en una tumba colectiva.

Nadie creerá esta historia, nadie entenderá el sufrimiento y el terror que se cala en los huesos. Afuera la noche es cerrada y una jauría de demonios embiste contra la puerta y la ventana, que en cualquier momento cederán y dará paso a un festín de espanto y dolor.

Veo de soslayo el brillo tembloroso en la pupila de mis compañeros, y casi percibo el latir tremendo de sus corazones. Están conmigo Raquel, Azucena y Juan. Aún viven. He tratado de ayudar a mis compañeros insuflando aire mediante el boca a boca, a Juan le he dado una palmadita en la espalda y vá que chuta. Las chicas han reaccionado con cólera, posiblemente en su delirio me hayan confundido con los despiadados demonios que nos acechan. Deber ser así, de otro modo no entiendo las sendas ostias que he recibido.
Durante un instante han cesado los golpes en la puerta. Intuyo que los demonios buscan nuevas estrategias para acceder…oigo voces. Oigo al que fue mi compañero, Evelio, ahora poseído por el mal, proponer el uso de una tabla de planchar para arremeter contra la puerta, y oigo a Tomás desprender una carcajada tan terrorífica que hace nos estremecer en la oscuridad de nuestra celda. Están golpeando todos a una con la tabla de planchar, es inaudito. Los demonios no tienen límites. No sé cuanto resistirá la madera y el marco.

Por momentos quiero acabar de una vez con esta agonía, lanzarme al pomo de la puerta, abrirlo, correr por el pasillo, bajar a la sala de la fiesta, ponerme un cubata de ron bien cargadito, encender un cigarrito de la risa, mear y volver a subir por patas al cobijo que aún nos mantiene a salvo. Pero mis compañeros me lo impiden, dicen que seria una muerte segura y que sin pantalones los demonios se mofarían de mí.

Dios mío! La ventana, están intentado desmembrarla, he retirado ligeramente el visillo de la cortina y he visto la cara retorcida del que fuera Vicente. El impacto ha sido tan fuerte que he caído de espaldas y me he agarrado con fuerza a las ubres de una de nuestras compañeras, he recibido una nueva ostia, que me ha hecho recobrar el sentido de la realidad. Estoy pasando mucho miedo, pero me estoy poniendo como una moto.

Me incorporo y trato de sostener la ventana corredera en sus raíles, pero nuevos demonios se suman y estoy empezando a quedarme sin fuerzas. Que cese esto, dios mío, que cese de una vez.

Hay una nueva pausa. Oigo el ruido de chapoteo que proviene del exterior. ¡la piscina! Estos cabrones se están bebiendo hasta el agua de la piscina. Asomo un ojo por la ventana y veo una Diabla entonando cánticos profanos que conjuran: -Yo, Raquel Arroyo, bestia oceánica, caudalosa, génesis de inundaciones y tormentas, Satán de las riadas, por el apellido que fui concebida, me tiro a la piscina.-. No salgo de mi asombro, estos fantasmas que se han apoderado del cuerpo de mis compañeros son  insensibles al dolor, sé que fuera la noche es fría, y el agua helada, recuerdo a mi llegada que vi dos ranas al filo de la piscina con bufandas.

Ahora se oyen rumores de nuevo al otro lado de la puerta. La situación nuestra se está haciendo insostenible. No tenemos alimentos y empieza a escasear el último cubata. Azucena ha tratado de usar el celular, como diría Salazar, pero han cortado la cobertura. Raquel ha perdido el conocimiento, hasta esta noche no podía imaginar lo que es capaz de roncar una mujer. Me pregunto si también está poseída. Instintivamente me vienen ganas de meterle mano, pero azucena me controla desde el otro lado con una fiereza que me acongoja. Debe ser el hambre. Me quiero comer a las tías.

Los rumores han cesado y una voz de ultratumba nos dice: – os dejamos en la puerta, hip, un regalito, hip, es un caballito, hip. Para vosotros.

-no abras azucena! Es una trampa. Le he gritado cuando he visto que se apresuraba a abrir la puerta, con una mirada inocente como quien recibe una sorpresa por su cumpleaños. –Acuérdate del Caballo de Troya, le digo. La inteligencia del mal no tiene obstáculos y en mí repudia y temor a los fantasmas, acabo recociendo la perspicacia de los seres maquiavélicos que nos pretenden.

La noche va pasando densa, y me descubro aún vivo en el interior de este reducto, perdido en algún lugar bajo el cielo negro entre las montañas. Me acuclillo y rezo para que un dios traiga pronto el amanecer y con sus rayos de luz deshaga los espíritus que tratan de devorarnos. También rezo para que Azu esté en época de celo. Me incorporo y recuerdo un documental en la dos que vi hace unos días, donde un pavo real desplegaba sus plumas en un ritual amoroso con objeto de llamar la atención de la hembra. Cojo una almohada y frente a Azu, comienzo la danza del amor, como un azafate de avión indicando las puertas de emergencia. Derecha, izquierda, ris, ras. Pero mi plan parece no surtir efecto. La hembra lejos de ser seducida, me lanza un florero, con certera puntería y me dice: tás tonto o qué?, y acto seguido comienza a gritar que la saquen de aquí.

Me acerco de nuevo a la ventana, necesito aire que detenga el motor que hace girar la habitación. Con una valentía que desconozco en mí mismo, abro la ventana, trato de asir la persiana pero está encajada, tiro con más fuerza, pero no cede. Vuelvo a intentarlo y un estruendo suena en toda la habitación. ¡Me he cargao la persiana, la he partio por la mitad y me he quedado con ocho lamas en mis manos!. Me giro con mi trofeo a mis sorprendidos compañeros que me miran como a un desquiciado. Que me perdone el cielo y el propietario de la finca, pero yo me parto el culo de risa imaginando a futuros inquilinos que tirarán de la cinta tratando de bajar la persiana, pero esta nunca aparecerá, sencillamente, porque a partir de ahora no existe.

Desde hace media hora no oigo ruidos, los demonios también deben cansarse. Me acerco a la puerta y palpo un líquido pastoso y tibio que se filtra a través del suelo. Presiento que es sangre y me llevo la yema de mis dedos a la boca. No es sangre, es un pato con perdigones de chorizo y buñuelos.

Veo nuevas sombras por la ventana, ahora un poco alejadas tras la piscina, entre los setos. Tratan de ocultar algo en la maleza, me acerco al cristal para escudriñar con más precisión. Ahora lo veo con claridad, es Evelio. Está agazapado y lleva algo que pretende enterrar, si, lo veo, es una víctima, es la persiana descuartizada.

A mis compañeros les han vencido el sueño y la fatiga nerviosa de las largas horas de incertidumbre. Voy a abrir la puerta. Y tengo el presentimiento de que es lo último que haga en esta vida. Dejaré escondidas estas notas bajo el colchón de la cama. Apenas si puedo respirar, me falta el humo.”

El domingo 23 de octubre se pierde la pista a aquel grupo que pasó su última noche en el trágico chalet en Villa del Prado. Nunca más se supo de ellos.

 

En mi penúltimo día de vacaciones.
Noviembre del 2005, Barcelona.

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3 respuestas a Me gusta cuando comes…

  1. Jesse Grillo dijo:

    You already know this but you are really something special. I know you would love Wyoming.

  2. Keep it up! I would like to be a master in this topic someday. Neat page. That is the thinking of a creative mind.

  3. Nice write up. You should be thanked more often. Geez, that is unbelievable.

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