Recuerdos de anteayer

“A mis padres. Ya no están; pero jamás se fueron”.

José Luis Sánchez-Garrido Reyes.

1.-Prólogo

Salí de Antequera apenas ganada la pubescencia, hace casi más de nueve lustros, pero uno tiene la sensación de que fuera ayer o antes de ayer ¡Que breves se han hecho estos años pese a su éxodo!

Pero mi salida no fue jamás definitiva. En este mundo apresurado, tenso, sin tiempo para casi nada, con el corazón metido en un puño, con el inmisericorde teléfono robándonos las horas, los días y el sosiego, con el trabajo engullendo el resto del tiempo, y convertido en fabricante a perpetuidad de adrenalina, con reuniones, congresos, consejos de administración y trabajo, trabajo, trabajo, trabajo… precisamente por todo esto, siempre he buscado unas horas de sosiego en la ciudad donde germinó mi vida “que no hallarás mejor más adelante/ donde alivie el cansancio y temple el fuego/ tu pie cansado y tu sedienta boca”.

Ahora que me acuerdo y antes de que se desdibujen en mi memoria (a riesgo de parecer el último romántico), quiero recoger esos recuerdos de la infancia o, mejor dicho, la huella que dejaron en mi sensibilidad, en mis adentros; quiero cosechar estampas de mi tierra que me arroparon en aquellos felices y añorados años de convivencia, de ternura, de ilusiones y de proyectos que compartí con mis padres, hermanos y con mi novia, hoy madre de nuestros hijos.

Comencé a escribir estas páginas en los postreros días del estío del 2001, frente al Atlántico, en Barbate. La lectura, a Trini, Mely, Eva y un grupo de amigos, de los primeros balbuceos de mi pluma, consiguió un comentario “te hemos oído cosas mejores” y que mi hermana Mely y yo nos quedáramos solos mientras estaba leyendo.

Nunca he creído que las lágrimas fueran capaces de recuperar una ilusión. Soy de los que nada esperan, pues sólo he tenido como baluarte mi trabajo y mi constancia, así que me agarré a mi voluntad, busqué el báculo moral de quien sabía que nunca me lo iba a negar y, tras la credencia de Mely y el posterior patrocinio de mi editor José María Osuna, he finalizado mi trabajo en este último verano, frente al océano, donde el río que nace en la sierra del Aljibe, forja las marismas de Barbate.

Todos mis trabajos escritos, estudios, diseños no serían posibles sin la estrecha colaboración que recibo profesional y personal de Ricardo Joya, que me anima a escribir más.

Que Dios me perdone mi atrevimiento. No pido el perdón del lector porque igual que en la osadía está el heroísmo de quien lo ha escrito, también lo estará la gesta de quien lo lea. Escribir para alimentar los sentimientos, mis s entimientos, es mucho más hermosos y enriquecedor que hacerlo por necesidad, por tanto, no necesito más escusas ni justificaciones.

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2.-Antequera

Cuando a su dulce olvido me convida
la noche y en sus faldas me adormece,
entre el sueño la imagen me parece
de aquella que fue su sueño en esta vida.

Así comienza uno de los más bellos sonetos de Luis Martín de la Plaza. En estos tiempos que corren, en los que sólo se procura la comodidad y el automatismo, algunos, valoramos, por encima incluso de la perfección, el encanto de las personas, ciudades y barrios.

Nací en Antequera, la que Gerardo Diego llamara “ las ciudad de las iglesias blancas y gongorinas”. Tierra con entidad propia, tierra de paso y de acogida. Cruce de caminos, donde han ido dejado sus señas de identidad el hombre de la edad de bronce con la cuevas de Menga, Romeral y Viera, el del imperio Romano, visigodos, árabes con la Medina y la alcazaba y la edad media

Nació en Antequera los primeros días del mes de febrero del año 1577, fue bautizado el 5 de ese mes en la iglesia de San Salvador. Sus padres García Martín e Inés Gutiérrez, propietarios de una tienda de ropa. Fue capellán de la Iglesia y Monasterio de santa María de Jesús y cura en la Iglesia de Santa María la Mayor. A los 47 años murió en Antequera.

cristiana con gestos platerescos, barrocos y renacentistas: la real Colegiata de Santa María, iglesia de San Sebastián, iglesia de San Juan y San Pablo, la del Carmen, la de los Remedios, la de Santiago, Madre de Dios, Belén, San Juan de Dios; los palacios de los Najera, del Marqués de la Peña, de la marquesa de Escolonías, del Marqués de Villadaria, la casa de Colarte y la de Serrailler, entre otras muchas casas solariegas; sin olvidar el paisaje onírico del Torcal antequerano, obra maestra de la naturaleza.

Nos marchamos sin querer. Así lo impusieron los tiempos que nos tocaron vivir, años de emigraciones internas y externas. Después no hemos sabido regresar. Todos estos años hemos echamos muchas cosas de menos, muchas, pero sobre todo al hombre antequerano, ese hombre de grandes y profundos sentimientos, aunque siempre ocultos por cosas más llamativas pero superficiales y vacías. Por este motivo, en cuanto tuvimos ocasión, en la calle Merecillas, Trini y yo arreglamos la antigua casa de mis padres. Una coqueta y acogedora vivienda en la que Trini ha sabido combinar mis personales gustos con el bienestar y la comodidad. Donde huele a jazmín y galán de noche, donde el sol de verano llega filtrado a las habitaciones formando mil arabescos, donde el sol vernal acaricia sus patios y terrazas, donde el sol hibernal sosiega la destemplanza propia de la estación mas fría. Morada en la que siempre habrá un sitio para un amigo, con quien compartir una botella de vino arropado por libros junto a la lumbre.

En la calle Merecillas aún perduran las raíces, las tradiciones que han ido enganchándonos al traerlas a nuestra memoria. Las procesiones, donde el barroco antequerano sale a la calle a hombros de los “hermanacos”, la feria de primavera, y la feria de la patrona la Virgen de los Remedios. La porra, la chafaina y la repostería de sus conventos: alfajores, angelorum, biemesabe… Pero muy especialmente las costumbres, los hombres y las mujeres que se quedaron fuertemente enlazadas a nuestro último aliento al pasar junto a la peña de los Enamorados.

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3.-El Hoyo café con leche

Iban los burros caminando por la vereda uno tras otro. Interminables reatas de asnos, una letanía, un rosario de garañones desde el Hoyo Café con Leche hasta el tejar. Una perenne recua de jumentos desde el Tejar hasta el Hoyo Café con Leche. No recuerdo que nadie los condujera. Sabían su camino con la exactitud de un GPS, cuando esto no existía ni en la imaginación humana. El camino lo repetían sin un mal paso, ni una zancada de más, monótono, invariable, regular, con precisión milimétrica desde el Hoyo Café con Lecha hasta el tejar y desde el tejar al Hoyo de Café con Leche. Polvo o barro era su única compaña según la estación, y el sol; ese sol antequerano que como en ningún otro sitio ha ido oreando el barro de una hermosa ciudad.

Sus serones cargados de buena arcilla cuando el sentido era hacia el Tejar (junto a la piscina Albarizas); ligeros de peso cuando volvían al Hoyo, con el único fin de reponer la noble materia prima con la cual los hermanos Cayetano y Enrique Romero (buenos industriales), hacían sus tejas árabes y sus ladrillos romanos. Unos y otros sólo descansaban cuando las copiosas lluvias inundaban aquél Hoyo.

A los niños nos gustaba acudir al Hoyo Café con Leche, así llamado por el color que tomaba la arcilla al mezclarse con el agua. En una afortunada época en la que la televisión no nos robaba nuestro hermoso tiempo de niños, nuestro primordial juguete no era otro que la calle. El día que elegíamos jugar con el barro poníamos toda nuestra imaginación y nuestra destreza, con la que la naturaleza siempre ha sido tan desigual en su reparto. Con la arcilla del Hoyo modelábamos nuestros juguetes, ideas, nuestros ilusiones y hasta nuestros temores y, cuando nos lo permitían, hasta cocíamos el resultado. No sé por qué la cerámica se ha considerado un arte menor, pese a ser el primero que surgió de ese ser, que como dijera Anaxágoras es inteligente porque tiene manos, el hombre, sólo superado por la naturaleza.

Recuerdo que el Hoyo tenía un gran tamaño, quizá 120 metros de diámetro. Su acceso era fácil para los niños que allí acudíamos; sólo teníamos que seguir la senda que trazaban las recuas en su constante ir y venir. Siempre había barro en el fondo del Hoyo. Era tan difícil de despegar de la suela de los zapatos, que servía para descubrir a los que allí acudíamos en busca de diversión, lo que siempre nos costaba una exclamación seguida de una pregunta de nuestras madres:

-¡Otra vez has estado en el Hoyo!

-¿A quien le va a tocar limpiar los zapatos?

A las parejas que allí llegaban, también les traicionaba el légamo; pero en aquellos años de escasez, un par de zapatos sucios era un pírrico precio a pagar por un beso robado.

Un día busqué el Hoyo y no lo encontré, tampoco la piscina; parece que se los hubiera tragado la tierra. Las tejas de las casas antequeranas, el adobe en sus muros y los ladrillos de sus paredes lo traen a mi memoria siempre que con el corazón cargado de añoranza me aproximo a mi pueblo.

Ya no hay hoyo; pero ha crecido en el recuerdo hasta hacerse inmenso y, sobre todo, ha granado en mi memoria hermoso, poderoso, magnífico, excelso y creso como mis nostalgias.

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4.-Los braseros de picón

Pocos días al año el sol de mi pueblo nos negaba su cálido abrazo y, cuando así lo hacía, bien que nos acordábamos de su implacabilidad estival. La benignidad del clima de Antequera hacía que las casas preparadas para defenderse del calor, no lo estuvieran para combatir lo contrario. Un hogar o una chimenea caldeaba con sus ardientes ascuas las cocinas de nuestra abuelas y madres, en las frías mañanas cargadas de menesteres en torno al fogón. A la tarde y a la noche, cambiaban la vehemencia del fuego de unos palos con los que la vieja rama de un olivo de nuestros secanos moría, por la prudencia de una mesa de camilla con brasero; responsable, cuando la precaución hacia notar su ausencia, de no pocos sustos, en ocasiones catastróficos para vidas y haciendas.

A media mañana, en el patio de la casa, de nuevo se rellenaba el brasero con picón (el carbón de los braseros) y, con la ayuda de unas tablillas y un trapo untado en aceite, se encendía la candela que sería el agradable testigo de los dimes y diretes del día y del entorno. Una vez prendido el carbón y hecho ascuas, se cubría con las cenizas del día anterior, en un intento de eternizar aquellas y mitigar su rojizo más rabioso; cenizas que también ofrecía su ayuda en la limpieza del cobre, el oro de los pobres.

Mi madre era la última en acostarse. Nunca le pregunté si lo hacía por aprovechar los últimos rescoldos, o porque a ella le tocaba ser la veladora de que aquellos no pudieran traer la tragedia a nuestra casa; su toque final siempre era dejar bien levantada la ropa de la camilla.

-¡Niño, que los zapatos me han costado muy caros!

Solía decir mi madre cuando empezaba a oler a chamusquina. No es que uno no tuviera cuidado, ni que pecara de ser patosos, ¡no! ¡nada de eso! Ya, por aquel entonces, calzaba un 43, que traducido a zapatos de gorila (aquellos con los que te regalaban una pelota verde con el busto del antropoide que le daba nombre), parecían un 45 corrido.

A su calor, escuchábamos el parte, así como Matilde Perico y Periquín o el Criminal nunca gana y, los domingos, Carrusel deportivo; mientras, mis hermanos y yo, enredábamos tanto cuanto podíamos. Al calor de la incandescencia de las brasas de picón, comentábamos nuestra cuitas diarias y cotidianas, hacíamos nuestro deberes de colegiales y ocasionalmente había un pescozón para el más chinche del día cuando el cansancio trastocaba los humores; la culpa siempre era del otro.

La jovencitas huían de las brasas porque les salían cabritillas en las piernas; eso decían ellas. Pero lo cierto era que las más favorecidas por Afrodita, temerosas de perder su virginidad ante nuestras impertinentes e impúdicas miradas, casi nunca se sentaban al calor del brasero. La razón no era otra que nuestra desmesurada afición (la de los niños) a “mover el brasero con la paleta” (había que hacerlo de vez en cuando para avivar las ascuas). Siempre estábamos dispuestos a hacerlo, siempre, claro está, que en la mesa estuviera sentada alguna amiga de mis hermanas o vecina de buen ver, buscando (¡para qué otra cosa iba a ser en aquellos años de sequía!), algún rayo de luz en las entrepierna de las susodichas. Pese a los muchos intentos, no siempre salíamos triunfando; pero agradecíamos a quien, en el curso de nuestra excursión bajo la camilla, cual Sharon Stone, iniciaba el más ligero de los ademanes destinado a airear sus entretelas.

No es que estuviéramos obsesionados con el sexo como muchos dicen, ¡no! Era el sexo, el de cada uno, quien estaba obcecado nosotros; y en aquellos años de hambre, que no faltos de apetito, los humanos, único animal con 365 días al año de celo (uno más los bisiestos), con ciertas hormonas llamando a todas nuestras puertas, teníamos que cazar moscas hasta en el fondo del mar.

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5.-Los Mulos y demás fauna munícipe

En mi juventud había en España 24 millones de habitantes, es decir, personas y personos (por aquello de estar a la moda y combatir lo genérico), ocho millones de mulos y mulas y, dos de asnos y asnas (¿o no hay asnas3?). Supongo que junto con las naranjas, el vino y el aceite, aquella España era el país con mayor índice de natalidad de acémilas y otros animales de carga.

En las casas de mi infancia había mulos y jumentos destinados a transportar las más pesadas cargas, dispuestos a realizar pequeños desplazamientos y todas las labores del campo. Los primeros eran nerviosos, altaneros, asustadizos, de fácil coz y si te descuidabas carnívoros a costa de tus carnes; ninguno de ellos habían superado las relaciones que su padre o su madre (según el caso) mantuviera con algún garañón del tres al cuarto.

3 Prometo no volver a hacer esto. Hasta el final del libro utilizaré lo genérico, ya que nuestra hermosa lengua así me lo permite. Y como ni soy idiota ni pretendo ganar votos, no tengo por que imitar a esos políticos, que pese a hacerle la pelota a las mujeres, cada día tienen menos votantes.

Recuerdo a los borriquillos serenos, cabizbajos, pacientes, sumisos, dóciles, humildes, trabajadores impenitentes; dandose golpes de pecho con sus “bolígrafos” en época de celo. Para unos y otros había reservados unos establos en la planta baja de las casas, desde donde una vez aparejados, salía con el fresco de la mañana, para volver al atardecer con la alfalfa segada a sus lomos, maíz y frutas llenando los serones.

Ahora todos se han perdido. Ya no hay ni mulos ni borricos de cuatro patas. Dicen, que fueron los tractores los responsables de su desaparición, pero el descenso en la población de estos cuadrúpedos coincidió con la época en la que se disparó el consumo de la carne de caballo; recuerdo que en la calle Lucena había una carnicería cuyo cartel anunciador exhibía un hermoso caballo. Junto a los tractores Ebro, vinieron los seiscientos, las motos Montesas, que se arreglaban en los buenos amigos de Talleres Román; pero un solo artilugio de estos de dos ruedas hacía más ruido que toda la cabaña de mulos y asnos juntos.

En las corraletas siempre había algún cerdo destinado a ser engordado, era la base de la despensa de nuestras casas; con aquellos nada se desperdiciaba ya que comían cualquier cosa que le echaras. Recuerdo las mezclas de salvado con agua, higos, alfalfa y frutas podridas, las cascaras de los melones y sandías, así como, otras sobras de nuestra mesa, y si ellos no desperdiciaban nada que pudieran meterse por la boca y todo se lo comían, mucho menos desperdiciaban nuestras madres y abuelas cuando los sacrificaban en la matanza, pues, como dice la sentencia, del cerdo hasta los andares.

Nuestros patios eran barridos diariamente por las hormigas, animales que jamás ha domesticado el hombre, pero que siempre han participado activamente en estos menesteres a cambio de las migajas que caían de nuestra mesa; algún grillo impertinente puesto al alcance de algún niño y alguna salamanquesa (tan desagradables a la vista) victima de un disparo con escopeta de plomos completaban su dieta. Los ratones en las cámaras se daban la gran vida. Algunas casas tenía palomar, lleno de ese animal funcionario y depredador de edificios, con el que han poblado nuestras ciudades para alegría de los más pequeños. Las gallinas se comían hasta las piedras y los conejos, que eran más delicados para comer, solían escasear.

Los perros vagabundos han desaparecido de nuestras calles, pero no ha ocurrido lo mismo con las deposiciones con las que sus civilizados propietarios (los mejores amigos de los perros), tienen sembrados nuestras calles y plazas en un intento de hacernos partícipes de su amor a estos animales ¿Quien no recuerda el espectáculo de un perro montando a una perra o la exhibición de un perro y a una perra pegados por los bajos culares y cada uno mirando al punto cardinal opuesto? Cuando veía a un perro macho intentando montar a otro perro (también macho), siempre decía: ¡ese ha perdido el olfato!

Hoy estos animales que antaño nos dieron compañía y alimentaron, nos los han sustituido por otros de dos patas, estólidos, es decir faltos de razón y de discurso, que nos castigan diariamente (desde el toten sobre el cual giran todos los sillones del salón de nuestra casas), vendiéndonos artículos incoloros inodoros e insípidos, pero eso si, ecológicos y limpios de polvo y paja. Amen.

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6.-La misa del domingo

He de reconocer, que siendo niño me hablaron muy claro aquellos a los que en ello les iba el negocio: o iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar o acabaría padeciendo las penas del infierno. La elección parecía muy sencilla, no te daban opción.

Una misa era algo muy aburrido para un niño, especialmente un domingo, único día festivo de la semana en la España de mi infancia. Pero cuando tus más allegados, los que más te querían, también te lo decían de forma taxativa (sin discusión posible, vamos), uno parecía no plantearse duda alguna en la necesidad de una misa a la semana para evadir el averno. No podías evitar agitarte en la duda y las preguntas ¿por qué me van a engañar? ¿que pueden ganar con engañarme en este asunto? me las hacía muchos domingos, intentando, quizá, buscar un refuerzo para mi convencimiento, pues, pese a todo, me parecían insuficientes los persuasivos argumentos de la iglesia romana.

Guapo como un San Luis me ponía mi madre para cumplir con la Santa Madre Iglesia: pantalón corto, camisa de un blanco inmaculado (y sin necesidad de esos blanqueadores que tienen “arieladas” a las mujeres de la España actual), corbata, chaqueta sin solapas, calcetines y zapatos con cordones, brillantes como los de un militar.

Antes de ponerme el traje de los domingos (lo que más me gustaba), había que levantarse temprano para bañarse a fondo, de pies a cabeza, vamos; una olla llena de agua “pelando” nos esperaba a cada uno de los hermanos por riguroso orden de edad, sin la menor concesión al erotismo (ni tampoco a la concupiscencia), agua que había que enfriar con jarros de agua fría si queríamos que tuviera su utilidad, salía lavado y “escamondao”. Como íbamos a misa de 10, no disponíamos del tiempo suficiente para desayunar y luego guardar el ayuno necesario antes de comulgar. Cuantas veces no dabas un lametón a un caramelo con el único fin tener una justificación para no comulgar y retrasar una semana más la confesión, con la pregunta del millón:

-¿Cuantas veces hijo, cuantas veces?

Aquellos curas no supieron ganarse la parroquia infantil: para empezar un madrugón con baño y para seguir el ayuno y la misa con homilía incluida. La cuestión tenía sus días contados; por torpes.

Tras la misa de 10 en la Trinidad, íbamos a la Cruz Blanca a visitar a mi abuela Carmen, mujer inteligente y avispada, que quería estar al día en los asuntos mundanos y por cuyo motivo me cosía a preguntas. Después me miraba las uñas, que de la iglesia a su casa no había tenido tiempo para perder su inmaculado blancor y, me daba un duro.

Un mal día me dijo la abuela Carmen: niño ya eres mayor y a los niños mayores yo no les doy duro. ¡Precisamente cuando más empezaba a necesitar aquellas cinco pesetas! No se si por la falta de la propina o por que nadie me llevaba de la mano a casa de la abuela cada vez fueron menos frecuentes mis visitas, tan infrecuentes como mis citas con la misa de los domingos. Ahora acudo a la iglesia cuando lo necesito. ¿Donde mejor para hablar con uno mismo que en el reservado silencio de un templo en horas durante las cuales no trabajan los curas?

Lo del duro fue, además de inoportuno, realmente traumático para un adolescente que estaba naciendo a la vida.

¡Abuela! No debiste retirarme aquella propina.

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7.-Las calles

Las calles de Antequera son hoy otra cosa muy distinta a aquellas que fueran objeto de mis correrías infantiles. Las de aquél entonces podíamos clasificarlas en dos tipos: las del centro de la ciudad, sin barro ni charcos y las restantes calles ahítas de ambos accidentes. Hoy, afortunadamente para un adulto como yo, no podemos hacer tal diferenciación, todas las calles son como las del centro, digamos casi iguales, para que sea más veraz mi afirmación.

La presencia de barro y agua en algunas calles era de tal intensidad que las hacía prácticamente intransitables. Pero desde la perspectiva de un niño, un charco era todo un acontecimiento que te ofrecía el camino, pero, si además, el barro se había enseñoreado, el evento se convertía en toda una aventura. Por contra, para los adultos era todo un riesgo, el lance de una caída, el imponderable remojón cuando por su lado pasaba una motocicleta o un niño chapoteando a mayor gloria de sus katiuskas; aquellas botas de agua, incomodas pero obligadas si nuestros padres querían prevenirnos de una pulmonía o pretendían que los zapatos nos duraran por lo menos la temporada.

En verano eran otra cosa. Cuando el sol del oeste iba ensanchando la umbría del Castillo, cuando la mano del angelote de la torre del reloj llegaba hasta la vega, calles, plazas y aceras se llenaban de mujeres y hombres de toda edad y condición. Tampoco faltábamos los niños, pues para nosotros la calle no era otra cosa que el patio del recreo, lleno de sorpresas, de un eterno periodo vacacional. Salíamos a tomar el fresco tras el eclipse de la tarde. Después de cenar lo hacíamos en las puertas de las casas, los mayores en sillas y los niños en el escalón. Si paseabas, siempre encontrabas una invitación a la tertulia en cualquiera de los portones por los que pasaras. Las calles eran como un inmenso zaguán común a todas nuestras casas.

Las tertulias en la puerta de la casa eran el mejor programa de televisión o la mejor de las películas. Se comenzaba hablando del calor del día o del fresco de la noche, del embarazo de fulana o del aborto de mengana. Del chico de Manuela que se había llevado a la novia con apenas recién cumplidos los 16 años. De Rafael, que lo enterraron ayer. Del ajuar de la hija casadera. Del hijo que no quería estudiar y se había colocado de aprendiz con un carpintero, o de aquél que el próximo curso comenzaba la carrera en Granada o en Sevilla, con el gasto extra que esto suponía. Se comentaban los goles de Di Stéfano, Puskas, Kubala, Gento, Zarra, Marcelino. En aquellos entonces el futbol se veía desde la grada o se oía por la radio, pero en época estival, cuando no existían goles, no generaba motivo de conversación alguna. Siempre he dicho que la belleza que pueda tener un gol no necesita comentario alguno. ¿Que estúpida razón ha podido hacer, que 22 tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota, generen tanta información oral y escrita, haciéndonos pasar del “pan y futbol” de aquella época (como criticaba la oposición), al actual “futbol por un tubo” de lunes a domingo, los doce meses del año, más siete meses que dura la temporada de toros; eso sí, democráticamente; puedes cambiar de canal si te apetece y te dejan.

La cosecha de los productos de verano, la carestía de la vida y la aparición de la muestra en el olivar, el estado los negocios, de los automóviles (aún escasos), del cotidiano trabajo eran otros asuntos que se solían asomar a aquellas tertulias. Los niños agudizábamos el oído y nos pegábamos a las faldas de nuestra madre cuando empezaba nuestro tema favorito: los muertos y aparecidos, las historias de ánimas y ahorcados, los relatos de las que nuestras abuelas eran un pozo sin fondo. Delicioso manjar para mis inocentes, candorosos e ingenuos oídos, que no han vuelto a degustar, ni he podido compartir con mis hijos.

Eran excepcionales las tertulias que llevaban consigo la elevación del tono de la voz; cuando esto ocurría siempre había un alma soñolienta al relente del balcón abierto, que invitaba, una veces con cortesía y otras de forma más indelicada, al silencio, o bien recurrían a echarle la culpa de su reclamo al niño que dormía.

Desde los balcones, algún niño de mayor tamaño, aprovechaba el corro para alguna gamberrada, como echar el contenido de un vaso de agua entre los contertulios o alguna lagartija con la asegurada puntería de caer entre el escardado pelo de alguna señora. Tras hacerlo, había que volver raudo a la cama. De donde, por supuesto, no se había movido, ni había hecho otra cosa que dormir desde que el autor de la broma había sido invitado por su progenitores a visitar a Morfeo. Desde allí escuchaba los gritos de sus víctimas, alaridos desgarradores cuando a la tierna sabandija se le ocurría ocultarse en los adentros de los abultados atributos (sin necesidad de someterse a la esclavitud del bisturí), de quienes habían sido nodrizas del vecino

-¡Pepe haz algo!

-¡Sácame esta fiera como sea que me da algo!

Y le daba. Le daba un sopitipando que ni con una jarra de agua fresca lograban reanimarla.

-¡Como me entere quien ha sido! decía el siempre culpable marido; mientras los demás nos retirábamos a nuestras casas, con caras de circunstancias, para poder reírnos a nuestras anchas. Estas cosas siempre le ocurrían a la misma.

El tráfico, pero muy especialmente el aire acondicionado y la televisión, han acabado con estas tertulias. Ha sido el pago por una supuesta comodidad y por una falsa distracción; con ella nos meten en nuestras casas, no ya las tendencias de la actualidad en cualquiera de los géneros, filosofía (por llamarle de alguna forma) incluida, sino hasta un policía que nos impide dedicar nuestro ocio al noble arte del coloquio o de la lectura. Antes, en los silencio de la noche, algún pedo seguido de una imprecación no eran infrecuentes, hoy se muere el vecino de la puerta de al lado y si no lees el periódico ni te enteras, y si la vecina es víctima de la violencia doméstica la información la recibes por medio de la televisión, y con un poco de suerte y a poco que te pongas a tiro, te permitirá (gratuitamente) que expongas tus suposiciones.

Antes la policía te prohibía algunos libros, ahora ya no es necesario que lo haga pues la televisión (invento nacido fuera del Mediterráneo), te los secuestra todos a cambio de las memorias de cualquier pendón verbenero y el enriquecedor debate. Así, la prensa escritas y la TV han convertido a nuestros conciudadanos en enciclopedias vivientes de la vida y milagros de cuatro inútiles, vanos, estériles e ineptos, que no tienen de persona más que la forma. Antes hablabas de tus problemas con el vecino, ahora lo hacen ante no se cuantos millones de tele-espectadores dispuestos a estar siempre asomados a la vida de cualquier ser, por estúpido que este sea. ¿Donde está el pudor de nuestros sentimientos, de nuestro dolor, de nuestra sensibilidad, de nuestra alegrías? Hemos destruido lo que Víctor Hugo llamó la epidermis del alma, tan sólo a cambio de unos minutos en la pantalla contando nuestras intimidades a quienes no saben ni como se llama el vecino de enfrente y a quienes, en ocasiones, tan solo conocen el nombre de su hijo.

Jugaba un día en la calle con un cohete y ocurrió lo siguiente. Me daba miedo encenderlo, pues en más de una ocasión había escuchado el relato de quien había perdido uno o más dedos de su mano por culpa de alguno que cumplió su cometido (explosionar) en lugar inoportuno, la mano de quien lo encendía. Tras vencer el miedo, no me fue difícil doblegarme ante la embriaguez de la detonación (los niños siempre hemos sido, ahora más que nunca, fábricas de ruido), tomé el cohete y aprovechando un hueco entre dos adoquines lo puse de pie mirando al cielo. Cuando encendí la mecha, no se si por el peso del mismo o por el calor de la cerilla se dobló el junco que lo mantenía erguido, dando ocasión a que saliera en dirección poco recomendable, paralelo al suelo y a medio metro del mismo. Vino a explotar a escasos pasos de una anciana, que ajena al trajín, barría la puerta de su casa, a la altura de salva sea la parte de la señora; el estruendo, que no otra cosa (gracias a Dios), le hizo dar con sus reales posadera en el duro adoquinado. Como cualquier niño sólo hice una cosa, correr y correr lleno de susto y de preocupación. En mi desenfrenada carrera oí a una mujer que me interpelaba ¡¿Si esto haces ahora, qué no seras capaz de hacer cuando seas mayor?! Me preocupo, me dolió y aún resuena en mi cabeza.

Las calles de mi pueblo, limpias, sin agua ni barro, ya no son lo que eran; se han quedado sin gente.

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8.-Las colas de la procesión

Siempre me han gustado los uniformes, los desfiles, máxime si yo formaba parte del mismo. Por este motivo me hice flecha, pero lo dejé a tiempo y lo cambié por los desfiles de la Semana Santa; evento que esperaba anhelante desde que finalizaban los fiesta de Navidad (ahora de Navidad y año nuevo, para que conste el laicismo de nuestra actual sociedad).

Fui hermano del Cristo Verde el primer año de su salida y hermano mayor del Niño Perdido. Vivía en Sevilla, con esposa e hijos pequeños, letras del pisito, del citroen dos CV, del televisor en blanco y negro, de la lavadora…cuando, muy a mi pesar, dejé lo del Niño Perdido, tema que añoro; era una carga más que difícilmente podía soportar mi maltrecha economía.

Pero la Semana santa siempre me ha gustado. He sido y sigo siendo forofo de las hemanacos de mi pueblo, de esos hombres que heredan a sus abuelos una plaza bajo uno de los varales de nuestros pasos de penitencia. En aquellos días las figuras de las iglesias se cubrían con paños morados, la radio local solo emitía música clásica y los cines no proyectaban película alguna salvo alguna versión de la vida de Jesús. Fuera de la Semana de Pasión el cine tenía una visita obligatoria antes de sacar las entradas: la Iglesia de san Sebastián. En ella, el párroco, informaba a sus feligreses del contenido de todas y cada una de las películas ¡la censura!. Puntuaba las películas del uno al cuatro, el tres tenía su duplicado en el 3R, según se tratara de un película blanca, azul, rosa, rosa con reparos o grana, que traducida a nuestra jerga significaba: autorizada para todos los públicos, autorizada para mayores de 13 años, autorizada para mayores de 18 años, peligrosa y gravemente peligrosa. Bastaba ver el 3R o el 4 para que esa, y no otra, fuera la meta a perseguir, pese a que la condenación la tenía asegurada quien pusiera ante sus ojos las impúdicas imágenes que escapaban a la tijera del censor, generalmente con terno de sotana.

En un país en donde la censura metía la tijera en cualquier película en la que pudiera verse lo que una mujer no debía nunca enseñar, donde a esta misma censura no le importaba cambiar por un incesto donde sólo existía un par de cuernos (de una mujer a un hombre, si hubiera sido al revés la censura lo habría pasado por alto); donde la revista más atrevida que corría de mano en mano era Paris Mach (por aquello de la asignatura conocida como lengua francesa de nuestro bachiller), donde no veías una pierna de señorita ni en las piscinas (pues mujeres y hombres acudíamos por separado), ni en pintura (salvo la maja desnuda de Goya, las venus de Velázquez o la de Ticiano), y donde lo más descocado eran aquellas insinuantes curvas de la protagonista de una tira cómica del diario ABC, con una educación nacional-católica donde te decían que al cuerpo había que vencerlo con asperezas y ayunos, y para colmo, nosotros, con la testosterona a flor de piel, había que echarle mucha imaginación al tema. Siempre, la Semana Santa, con sus colas y sus inevitables apretujones en las procesiones, era el tiempo y el lugar adecuados, para buscar esa válvula de escape con la que conseguíamos algún consuelo para nuestros desaforado y juvenil desasosiego.

Un buen lugar en un apretado grupo humano expectante para ver pasar los pasos de pasión, no podía desperdiciarse, había que aprovecharlo. Más aún si la chica “tragaba”, es decir, si se hacía la tonta embobada con el tintineo de los farolillos o con el ritmo acompasado de los jóvenes y fornidos hermanacos. En ocasiones te tocaba ocupar el mejor puesto en más de una ocasión, siempre que no hubiera algún abusón al que no le gustara abandonar tan privilegiada posición del murueco; ni a los toros de lidia los encajonaban como nosotros lo hacíamos con aquellas, pocas, que por inevitables circunstancia nos lo permitían. Casi nunca faltaba la aguafiestas de turno, por lo general la típica niña poco agraciada (de la que siempre se hacían acompañar las bellas mujeres de mi tierra), y que en su displicente actitud siempre pillaba algún pellizco y no precisamente de los lujuriosos.

Fuera de la cola de la procesión y más cercanos a la infancia que al exultante camino de la mocedad, conseguías rozar a una niña, o no tan niña, colocándote detrás de aquella que habíamos elegido como objeto del desahogo pasional y, así, tras un imperceptible empujón de tu amigo o un tonto y mal disimulado traspiés, lograbas poner la mano, donde… donde podías ¡qué coño! pues no estabas, en el momento del tropezón, en situación de templanza suficiente para que tu mano alcanzara el mejor de los frutos. Pero cualquier roce, por pequeño que fuera, te sabía al más delicioso de los néctar, capaz de llenar de huríes, con sus odaliscas respectivas, nuestras estrechas y solitarias camas donde se desperdiciaban los hijos más robustos de la especie.

Era Semana de pasión, pero sin duda alguna, la semana más lúbrica y lujuriosa de mi adolescencia; las colas eran las culpables.

Hoy se marchan a la playa.

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9.-Los corsarios

Cantaba José Larralde en su entrañable milonga “Mejor me voy”… a su estancia llegaban los doctores encochados del pueblo y las chinas relucientes en pilchas que valen mucha plata… pero este no era el caso de los responsables de mi nueva evocación.

De Mollina, del Humilladero, del Pueblecillo, de Fuente Piedra, Alameda, Almargen, Cuevas Bajas…, de tantas y tantas aldeas y cortijadas, llegaban los arrieros a la capital de la comarca con sus carros tirado por mulos.

Puestas las albardas y demás aparejos, la mula que encabezaba el tiro salía cortando las tinieblas; Lucero la llamaban algunos. A mayor distancia más supremo el madrugón, y donde comenzara un sólo carro se iban sumando otro y otro y otro, hasta ser legión cuando llegaban, al clarear el día, a las puertas de Antequera. Los mulos sabían el camino, lo que permitía a los carreteros descabezar el sueño, o al menos dormitar, siempre que el estado de los caminos lo permitiera; el barro, las piedras del camino y la nieve eran sus peores enemigos. Solían ir acompañados de algunos viajeros que aprovechaba el viaje para hacer algún papel o visitar a algún familiar.

Los corsarios (llamemos por su nombre a aquellos arrieros, serios, trabajadores y de toda confianza), eran los encargados de restaurar la sencilla y humilde intendencia de aquellas familias alejadas por el espacio y el tiempo de los centros de venta, en cortijos serranos, de la vega o del secano. Con frío, nieve, agua o calor estos arrieros salían a hacer su trabajo, algunos se atrevían a conducir dos carros; nada los detenía.

Muchos entraban por la calle Merecillas, dejaban la nota de los encargos en el almacén y continuaban hacia otros locales donde completar sus pedidos. Les gustaba ser bien tratados y ellos correspondían con su fidelidad a quien así lo hacía. Cuando el sol comenzaba su declive, volvían a la tienda y recogía la mercancía, la cual organizaban perfectamente en el carro, primero y al fondo lo pesado y encima lo mas liviano. Hecho esto pagaban fielmente.

Recuerdo al Piruja, un corsario trabajador y de piel curtida por mil viajes; fue el primero en modernizarse cambiando los mulos por caballos de vapor. Con los carros abarrotados y ellos a pie para no sobrecargas más a las bestias, volvía a desandar el camino con la satisfacción del trabajo realizado y las conversaciones de mi recordado padre con los corsarios, dignas de haber sido grababas para la posteridad.

Termino este recuerdo parafraseando al poeta Vicente Medina:

Por esa sendica de los arrieros se fue la alegría, por esa sendica llegaron las penas, por esa sendica marcharon los corsarios y tantas otras cosas buenas.

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10.-La tienda

Sita en su lugar de origen, la calle Merecillas número 34, ahora 30 y mañana no se. Era hermosa la tienda. Toda ella de madera, de color pistacho con ribetes rojos. Adalid, el carpintero, para mi padre todo un artista, para mí un Gaudí de la bauza y de la jácena, había puesto todo su arte.

Mi padre, pese a la prohibición de la Santa Madre Iglesia de guardar las fiesta, inventó lo del servicio 24 horas, como las funerarias. No podía permitirse el lujo de perder una sola venta; había muchas bocas que alimentar, muchos cuerpos que vestir y pies que calzar, mas los gastos escolares y después en la universidad, además, le gustaba que viviéramos lo mejor posible y, para ello, no había que exagerar con el descanso. Durante las obras de remodelación de la casa, quedó al descubierto el ventanuco que servía para despachar los domingos y los demás días fuera del horario establecido, sorteando, de esta manera, la molesta visita de los inspectores de trabajo.

La tienda era como un viaje alrededor del mundo, por la variedad del género allí albergado mezclados con mil olores. Azúcar pile (con terrones) en sacos de yute de 60 kilos a 13, 25 pesetas y azúcar molida más barata; decía mi padre que no era rentable, pero que había que prestar el servicio. Fideos en bolsas, cada una de peso diferente, por eso se rotulaba el precio en la parte superior del papel. También había bacalao que lo teníamos colgado de alcayatas clavadas en las colañas del techo, y las sardinas de cuba con su milimétrica geometría, apretadas como las vidrieras del rosetón de una catedral.

Había fideos de variado calibre: doble cero, cero, uno, dos, tres y hasta del 4; todo a granel. A los de doble cero se le conocía como cabello de ángel, por tanto, a los del número cuatro podían haberle llamado maroma de barco, pero no pensaron en esto. Los que más se consumían eran los de 1, 2 y 3 y muy especialmente los del calibre dos; la virtud siempre se ha dicho que está en el medio, pero yo, para ser sincero, no he dado nunca con él. Se hacían los fideos con una máquina (más adelante hablaremos de ella) y el precio estaba alrededor de las ocho pesetas el kilo.

Sal procedente de las salinas, nos llegaba en sacos de yute entre 25 y 30 kilos de peso. Era barata, a 1,25 pesetas l kilo, por supuesto era sal gorda; no conocíamos la sal fina. Descargar un camión con sacos de sal nos hacía perder a nosotros sales de todo tipo; era un trabajo duro aliviar todo un camión y meterlo en la zona más húmeda de la casa. Cuando había que vaciar un camión de sosa de Solvay, que venía en sacas de 100 kilos, y que debido a su capacidad hidroscópica llegaban a aumentar en seis o siete kilos más su peso durante el viaje, contábamos con un especialista: el Chirri.

Era el Chirri todo un señor del desembarco. Pelo blanco, grandes manos y fuerza hercúlea y, pese a todo, con unos modales exquisitos. Su trabajo era sólo para hombres. Quinientas pesetas pagaba mi padre por camión estibado en la bodega. Le sucedió el hijo del Chirri, pero no era lo mismo.

Las galletas de Gullón y María de Fontaneda llegaban en unos envases cúbicos de hojalata, que había que devolver al fabricante (como las botellas de cerveza y las de refrescos), eran caros y servían para rellenarlos una y otra vez. Las galletas también se vendían a granel y al detalle: <ponme cuarto y mitad de galletas María para la abuela>. La galguería de la galleta con chocolate aún no habían llegado; pero una buena jícara de aquél, acompañaba frecuentemente al pan de nuestra merienda.

Las conservas de atún “Carranza” o el “Consorcio” venían en latas de cinco kilos dentro de unas cajas hechas con tablones de madera (las jaulas), de donde las sacábamos y las apilábamos en altas torres que se alzaban hasta el techo. Se vendía la lata entera, pero también al menudeo, venían las mujeres a por un taco de atún para la ensalada. Junto a las torres de atún había otras de tomate y pimiento en conserva. Los quesos venían como el atún, de tres en tres, encerrados igualmente en jaulas de madera que permitían ver el contenido.

Las lentejas, los garbanzos blancos o mulatos (o los de Gandía que se los dabas a un cerdo y se le saltaban las lágrimas), el arroz, las habichuelas rojas, blancas o pintas, todo a granel; los murcianos fueron los primeros en traer su arroz de Calasparra en saquitos de un kilo; después cundió el ejemplo. Un saco de cada uno de estos productos se encontraba abierto, en el suelo, con el cuello remangado y un vertedor de hojalata en cada uno de ellos.

Las chacinas colgaban del techo de la tienda en unas barras de acero. Chorizos, morcillas, salchichones, de muy distintos tamaños y clases y estado de curación; a la altura adecuada, para que no molestara la visión del cliente y para que el vendedor, con solo elevar su mano, pudiera dar un certero corte oblicuo en aquel salchichón Prolongo de Cártama, miligramo arriba o abajo, de la cantidad solicitado por el cliente, o cortar, de la ristra de chorizo o de morcilla, el número de piezas deseada. El tocino en el saladero, alternando una capa de sal y otra de tocino, de la misma forma se colocaba la osamenta del marrano.

El jamón cual caviar de nuestra infancia se vendía al detalle, y nunca mejor dicho; la mitad de un cuarto era una gran venta y, en ocasiones, la cantidad solicitada ponía en serios aprietos a la báscula Mobba que había para tal fin; vender un jamón entero era una operación que no se repetía la treintena de veces en todo un año. Quien así lo hacia era por tener algún enfermo en la casa. Se decía “es más caro que el jamón”; hoy ya no es así, un kilo de tomates puede sumar más euros que un kilo de jamón, claro que también hay jamones para millonarios, porque de otra forma, no estarían contentos.

El aceite también se vendía a granel. Nos llegaba en pellejos sucios y escurridizos, difíciles de manejar. Su traslado al interior de la tienda era un auténtico desastre, era una operación odiosa, pues por mucho que te esmeraras siempre ponías perdido el suelo, con el consiguiente comentario de mi padre a la faena. Existía, encima del mostrador un dosificador de aceite, semejante al de las gasolineras, pero de menor tamaño; tenía dos émbolos en sendos cilindros de cristal, si le dabas a la manivela vaciabas el contenido de una de los cilindros en la botella que la cliente traía para tal fin y, mientras y a la vez, se iba rellenaba el otro cilindro que quedaba listo para el siguiente servicio. El aceite, eso si, era de oliva, nada de esos amariconados aceites de soja y girasol que estúpidamente metieron en nuestras cocinas cuando empezó la TV.

Quien se podría olvidar de las especias, con cuyos aromas dabas la vuelta al mundo: azafrán, clavo, pimienta blanca, negra o verde, molida o en grano, colorante (el más vendido), pimentón, guindillas, canela molida y en rama, pasas, nuez moscada, trufa, matalahúva, piñones, orejones de tomate, orejones de albaricoque, jengibre, orégano, comino, cilantro y tanto otras.

El papel de estraza era el fiel y mudo testigo de cualquier operación de venta que se hiciera en al tienda. Venía en resmas de 25 kilos. Había dos medidas el de 25 por 25 y el de 30 por 40. Teníamos que almacenarlas con cuidado alejándolas del suelo para evitar las humedades y apilarlas escalonadamente. Como papel higiénico era un problema su uso, por lo que solíamos utilizar el papel de periódico, porque se agarrarse mejor, a veces, se te quedaba pegada hasta la geta del caudillo o la de Lola Flores, habituales de la primera página. Cuando llegó el papel higiénico “Elefante” pudimos llevar a cabo la higiene de nuestros bajos sin estos inconvenientes.

El papel de estraza, como otro papel que usábamos, el papel Peñarroya, de color rojizo y mucho más fino, tenían la ventaja de ser pesados y, así, lo que mi padre pagaba a 12 o 13 pesetas el kilo (era el caso del de estraza) luego lo cobraba al precio del producto que servías al cliente, que si era jamón era a precio de oro. El papel de estraza servía de calculadora y por tanto reflejaba fielmente lo pagado y el precio de cada compra; lo que se dice una factura, pero sin IVA, no existía, ni ITE, que sí lo había, pero que no se repercutía al consumidor. Cuatro mas seis son diez, más cuatro catorce y mas siete veintiuna y, me llevo dos; siempre había quien decía <¡no te lleves tanto hombre!> El papel de Peñarroya que se empleaba para las chacinas no ofrecía tan buena base para las cuentas.

Con qué arte se doblaba el papel para impedir con la mano la caída del producto (lentejas, alubias, garbanzos, sal, azúcar) para luego cerrar el paquete con sucesivas dobleces hasta sellarlo por completo. Después vinieron los cartuchos, nos salían más caros, unos 25 céntimos la unidad, con mal acabado pues no eran capaces de soportar algunos de los productos.

Pero lo mejor de la tienda era el ambiente. El comentario, el interés por la salud del que sabíamos que estaba postrado en cama, el chascarillo, a veces repetido una y otra vez pero no por este motivo inoportuno ni despreciable. El interés por la situación civil de la moza casadera o por los estudios. La charla prolongada cuando no había premura. Hablar de la tienda es hablar de Curro el dependiente, bueno, callado y eterno, que merece un libro aparte.

-Niño ponte a un lado y no estorbes, pero ve aprendiendo.

A medio día la cerveza en nuestro buen amigo Ford, con Antonio Jiménez Mingorance, amigo de toda la vida y barbero, quien le decía a mi padre:

-¡Qué alegría me da ver a tu hijo trabajar tan ordenadamente! (–yo es que siempre he sido muy bueno-)

En la tienda-almacén aprendí que al trabajador que algún día pudiera estar a mi cargo habría que motivarlo, aprendí a ser positivo en los críticas, en los comentarios al trabajo; aprendí a ser ordenado y a trabajar muchas horas, no lo concibo de otra manera.

Magnífica profesión la de tendero de aquella época, sacrificada, esclava, pero la vez amable y fecunda en muchos aspectos. Aquellas tiendas, para nuestra pena, perdieron la batalla con las grandes superficies y fueron desapareciendo sin prisa pero sin pausa. Ya no hay vendedor que te oriente o aconseje o que tenga unas palabras de atención a tu vestido, a tu guapa hija o por intuir la existencia de algún desasosiego. Ves, elijes, cargas, arrastras tu pesada carga, pagas y si te ayuda alguno de tus hijos tendrá suerte de no venir arriñonado.

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11.- El viejo Mauli

Algunos domingos iba al futbol con mi padre. Empezaba a las 4,30, media hora antes del momento de los toros. Ocupábamos dos plazas a la sombra, en tribuna, desde donde observaba a los de sol defenderse del mismo, algunos con viseras y casi todos con la mano puesta a modo de aquella o una hoja del periódico convertida, de forma más o menos acertada, en gorro estilo napoleónico, uno de los escasos recuerdos (al margen de los espolios) dejados en nuestra patria (sí he dicho patria) por la colonización francesa (menudo eufemismo)post revolucionaria; como antes hubimos de soportar el imperialismo de los romanos, suevos, vándalos, alanos, visigodos y musulmanes, tan imperialistas como los reyes católicos y tan unificadores bajo una misma lengua y religión como lo fueron Isabel y Fernando. ¿quien aprendió de quien?

El equipo de mi pueblo jugaba en tercera división. Hoy con lo de segunda A, segunda B o tercera, uno no llega a entender en que división milita el equipo. Nuestra sociedad actual es demasiado dada a tapujos y engañosos disimulos.

Se jugaba duro, pero sin mala leche. Jamás vi a un jugador dar un cabezazo a otro que no fuera fortuito, pero el cine y la televisión han proporcionado demasiadas ideas a imitar. Era un deporte para hombres y no faltaba aquellos a los que les precedía su fama de leñeros, como los jugadores del Motril; cuando acababa el partido solo habían conseguido confirmar y multiplicar la fama que les antecedía.

Un año que mi padre fue el presidente del club, me envió con el Seat 600 a Algeciras a recoger a un futbolista que venía en barco procedente de Melilla. Algo cetrino de piel, amable en sus modales y de una edad indefinida, pues podría tener 25 o 40, no se. El largo viaje en su compañía me hizo seguirlo con especial atención; tenía oficio. Lo que nunca supo Pujol, que así se llamaba aquél jugador, es que fue el compañero de mi primer viaje largo como conductor; tenía 16 o 17 años.

He olvidado los nombres de aquellas poderosas alineaciones con las que esperábamos merendarnos a cualquier contrincante que se pusiera a tiro. El futbol que se practicaba de patadón y a correr, hacía que, con demasiada frecuencia, el balón saliera del campo; cuando esto ocurría todos, a coro, clamábamos:

-¡A las haaaaaaaaaabas!

En ocasiones había que suspender un rato el partido, por la salida, inoportuna y seguida, de mas de dos balones( más de tres era raro, pues no disponía el equipo de tantos), mientras se salía en busca de los mismos.

El campo de futbol era un lugar de tertulia en torno a las jugadas, al centro de fulano, el cabezazo (al balón) de mengano o a la parada de zutano y, por supuesto, alrededor del rey del espectáculo, su majestad el gol. Había comentarios para todos los gustos. Yo disfrutaba, más que con el propio espectáculo del campo de juego, con la filosofía de Antonio Jiménez Mingorance “el barbero”, con las glosas de José Cuesta Anguita “Pepe Ford” o las paráfrasis de José Arguelles.

En ocasiones, había espontáneos comentarios ante el fallo del jugador local, el error del arbitro o la zancadilla del contrario, comentarios casi siempre tolerables: cafre, animal, mamarracho, inútil, cojo, despéinate un poco que se note que has estado en el campo; otros, por contra, se pasaban de tono, desde mentar a sus santas madres (la de los contrarios y muy especialmente la del arbitro), hasta uno que oí en una ocasión destinado al equipo local: ¡inútiles, iros a hacer gárgaras con el menstruo de vuestra “santa” madre!

A las señoras no era habitual verlas en el campo de futbol, quizá, quien sabe, para no tener que oír barbaridades como la referida. Tampoco las adolescente de antaño eran asiduas al espectáculo, pese a que estaban tal falta como los chicos de un poco de recreo para la vista; muy al contrario de las nuevas generaciones quienes, a pesar de estar articas, según dicen, acuden a los campos de futbol más por el atractivo de la carita, el peinado o el culo respingón del jugador, que por el malabarismo que pueda realizar con el balón en la punta de su bota y, como única meta de su visita al campo, dedicarles tiernas lisonjas como ¡tío bueno! ¡tío cachas! ¡Qué escándalo si las oyeran sus abuelas!

En el descanso acudíamos al Ambigú a tomar una gaseosa, blanca, de limón o de naranja, eso si, con abundancia de gas y más frías que el hielo que las refrescaba. Tras el pitido final del arbitro se cerraban las puertas del estadio hasta catorce días después, que el Antequera volvía a jugar en su domicilio. Un mal día se cerraron definitivamente las puertas del Viejo Mauli, su campo y sus gradas fueron transformadas en nuevos bloques de viviendas de élite, para que así jamás se vuelva a jugar allí al fútbol.

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12.-La mallorquina

En la calle Esteba siempre estuvo La Mallorquina. Un local peculiar donde el dulce y los productos de alimentación que hoy conocemos como delicatesen se daba la mano, bajo la supervisión y dirección de D. Bernardo González Morales, siempre sonriente, siempre amable y cariñoso.

También ha sido victima del pico y de la pala. Su hermoso escaparate nos estimula el apetito. Su interior limpio, reluciente como una tacita de plata. Las amables dependientas ataviadas con batas de un blanco inmaculado. La barra, de ladrillo visto rematado por níveo mármol, se alzaba a un escaso metro del suelo. Los expositores ofrecían mesura y calidad. A la izquierda, un pasillo que daba paso a varias habitaciones con mesas. No era un restaurante propiamente dicho, pero en ocasiones comíamos allí. En este singular local celebró sus desposorios el ojito derecho de mi padre, mi querida hermana Mely, a quien mi padre idolatraba; nadie como ella podía contar por cientos sus vestidos y zapatos, salvo aquella primera dama filipina que conocimos como Imelda Marcos.

Para los niños no había en el interior de este local nada más que una enorme bombonera de cristal. Una estratosférica bombonera de trasparente cristal donde había millones de distintos caramelos que hacía nuestra delicias, pero que también lograban la desesperación de nuestros padres y, en ocasiones, si había muchos clientes, la de la dependienta. Tener que elegir un caramelo entre tan disparatada variedad no era fácil. Y para colmo, cuando por fin te habías decidido por uno, aparecía ante tus ojos, provocador, agresivo, inductor por su tamaño o colorido, otro caramelo que superaba al anterior. A la tercera ocasión solías perder el premio del caramelo; tanta duda desesperaba a los mayores, siempre tan seguros y rápidos en sus decisiones. Si no lo aprendías a la primera, de la segunda no pasaba. Después, nuestras siempre incomodas preguntas, nos hicieron conocer que por el precio de un caramelo podías obtener dos y hasta tres caramelos de otro tipo, menos atractivo, pero caramelo al fin y al cabo y, qué duda cabe, para un niño tres caramelos siempre daban de si más que uno.

Ya pasada la edad de los caramelos y golosinas, recuerdo las plácidas y siempre enriquecedoras tertulias, en este local, con el abogado D. Agustín Zurita Chacón y su hermano Paco que tenía una tahona en la Calzada, también evoco por este motivo a Don Salvador Artacho tan respetable y respetado y a Pepe el de la Estrella. Todos, hoy vivos en mi recuerdo.

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13.-Los toros, por decir algo

Mi padre se puso delante de un toro en un ocasión. Nadie pudo verlo. No sería creíble si no tuviese las fotos. Quizá no estuviera delante del morlaco ni un instante más del necesario para imaginarse un único y extraño pase, o lo que fuese. Quedó blanco como el papel, socorrido tras la barrera, donde permaneció inamovible hasta que por fin mataron a la bestia. Mi padre fue siempre una persona inteligente. Yo también.

No me atraían los toros por la suerte de varas, ni por la de banderillas, ni tampoco por la faena con capote o con muleta, ni tan siquiera por el morbo de ver como se jugaban la vida al entrar a matar. Ocasionalmente la salida del toril era el único atractivo que ofrecía, a mis bisoños ojos, la llamada fiesta nacional; ahora caigo por qué algunos catalanes quieren declarar a Cataluña tierra sin toros; siempre lo he dicho, los “piensos” suelen tener alguna utilidad, no importa la estupidez de la misma, eso es lo de menos.

Decía, que no era el arte de Cúchares el me llevaba a la plaza de toros. La merienda tras el tercer toro era lo más esperado, los comentarios de forofos y detractores de cada torero y, por qué no referirlo, que no pudieran decir que no te habían visto en los toros, bien podía ser las causas de mi gusto por la plaza. Pero tampoco eran estas las razones para que a los niños antequeranos nos complacieran las visita al coso taurino.

La plaza de toros de Antequera aún mantiene el talle. Recoleta, discreta hasta en el color. Hoy más visitada que en mi infancia, gracias al restaurante que ofrece, en los bajos del coso, su condumio de buen gusto a aborígenes y foráneos.

Las últimas filas, las de andanada, las más altas de la plaza, eran de madera, cubiertas a las húmedas inclemencias del tiempo, próximas a los palcos y a su mismo nivel. Donde empezaban los palcos la andanada ponía fin a sus asientos corridos y viceversa; éstos al sol y aquellos otros a la sombra. La vieja madera de aquellas escaleras-asiento estaban pintadas de color gris o quizá de otro color, desteñido a fuerza de llevartelo pegado a los pantalones o faldas. En estas viejas tablas estaba el secreto de nuestro interés por visitar la plaza en una hermosa tarde de toros.

Los vetustos tablones que la andanada ofrecía para reposar las posaderas y para poder levantarse a aplaudir una buena faena, estaban llenas de rendijas, algunas, las más tentadoras, hasta de tres y cuatro dedos de calibre, y cuantos nudos de la madera encontrábamos pasaban a mejor vida tras nuestra intervención, transformados en esplendidas aberturas del tamaño de un duro de plata.

La andanada ofrecía fácil acceso a la parte inferior de los escalones de la misma; allí era donde acudíamos un grupo de gaznápiros dispuesto a contemplar el mayor espectáculo del mundo; sólo había que tener paciencia y un poco de suerte. La primera batida fijaba los objetivos. Uno, dos y, si teníamos fortuna, hasta tres. Debían de darse tres circunstancia para que tuviera lugar el esperado evento: una mujer joven y atractiva o, por lo menos, que nos lo pareciera, que ésta estuviera sentada en un lugar a cuyos pies hubiera o hubiese un nudo caído o una ranura en la madera y, que el toro saliera bueno y el torero con ganas. Aquél que no tuviera prisa, y siempre que no enredara mucho en su recóndita atalaya, podría obtener la tan anhelada contemplación como premio a su paciencia.

La recompensa no era ni más ni menos que otro resquicio, menos frío que los de la madera, con su púdica envoltura. Mientras no llegaba el momento del cinemascope, es decir, hasta que la faena del torero no ponía de pie a la aficionada elegida, te consolabas contemplando unas pierna más o menos poderosas que con un poco de imaginación podían ser las de Marlene Diertrich o las de Marilin Monroe; puestos a elegir, me daba igual las de una u otra. Cuando el torero ponía de pie a la plaza se te salía el corazón por la boca mientras tratabas de centrar el objetivo en el punto álgido y apenas conseguido o cuando creías que lo tenías a tiro, el compañero de excursión, de un inoportuno empujón, te cambiaba el punto de mira con un contundente:

-¡Ahora me toca a mi, abusón, que eres un aprovechao!

En una sola ocasión el triunfo fue absoluto ya que el objetivo se encontraba totalmente libre de polvo y paja, es decir, se encontraba al aire fresco de aquella tarde primaveral. No logramos identificar a la propietaria cuando acabó la sesión, que casi fue continua pues los tres espadas triunfaron aquella tarde, y digo que casi tuvo sesión ininterrumpida, por que los tres toreros cortaron orejas y rabo; pero al final hubo pelea entre los niños por tan privilegiado periscopio. Ni supe quien era, ni su edad, ni me preocupaba, pero tampoco supo ella, que más de treinta pares de ojos la contemplaron aquella tarde triunfal, posiblemente tampoco llegara a saber que el resto de jóvenes antequeranos soñaron con la imagen que sólo uno pocos privilegiados tuvimos la ocasión de disfrutar o ¿sólo fue un espejismo una broma de nuestra vista ante tanta hambruna?

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14.-El salón Rodas

El salón Rodas no era otra cosa que un viejo cine para aquellos a los que se nos prometía el fuego eterno, con el llanto y crujir de dientes, si teníamos la osadía de ver una sola de las películas que el párroco de la iglesia de San Sebastián calificara con un 3, 3R o 4. Era, por tanto, un cine barato y con muchas películas de indios toleradas para todos los públicos; nuestro cine.

El salón Rodas, cuyo nombre siempre me llamó la atención (la isla del Egeo y su famoso coloso, cuna de una de las gestas de Alejandro Magno) era peculiar. No parecía un cine aunque lo fuera. No se, era extraño, singular, muy particular. Un salón rectangular con una galería a media altura y otra más alta, “el gallinero”, desde donde nos gustaba contemplar los eventos de la historia de los Estados Unidos de América, la historia de la Gran Bretaña y su imperio y algo de la francesa. Recordad las películas y veréis que no elucubro ni miento.

Todo el salón era de madera. Un buen día salió ardiendo. Proyectaban la película “Tres hombres malos” posiblemente los responsables de que, desde aquél lamentable día, no pudiéramos ir a patear la llegada del séptimo de caballería. Yo no podía concebir una película en la que nosotros, con nuestros angelicales piececillos, no pudiéramos emular el ruido de los cascos de los caballo, o sin poder manifestar nuestro entusiasmo ante un beso, escapado a la censura, algo más largo que lo habitual. Aquello para mi era inconcebible. Por ese motivo, y pese a gustarme mucho el cine, deje algún tiempo de acudir a las proyecciones.

Y qué te voy contar del gallinero, desde donde caía de todo al patio de butacas, desde la bola de papel intencionada y con destino prefijado, casi siempre al lugar donde se juntaban o separaban un buen par de domingas, el avioncito o la flecha de papel, las cascaras de pipas o el tonto chicle que a alguno se le escaba de la boca seguido de abundante saliva con su particular ruido (¡slaps!), cuando acertaba en el “terrao” de algún calvorota.

-¡Niño échale las cascaras a tu puñetera madre!

Cuando esto se oía en el cine inmediatamente aparecía el acomodador cegándonos con su linterna, pero allí, en el gallinero, había una gran solidaridad y nadie comía pipas ni nada parecido; te jugabas no ver el final de la película, con lo que eso jodía.

El colmo debió ser, el día que llovió en el patio de butacas, en una tarde de cine dominical con sesión doble, desde la fila de los mancos. Don Camilo José y el poeta malagueño D. Alfonso Canales inmortalizaron aquel memorable alzamiento que tuvo lugar en la vecina Archidona. No he podido encontrar en las hemerotecas locales antecedentes de este tipo en nuestra Antequera, pese a que había mucha mortificación, mucho cilicio, mucha penitencia y demasiada vehemencia entre los jóvenes vecinos de comarca del inmortal pueblo del cipote.

Cuando la película era insoportable el gallinero se resfriaba. Había que distraerse. Todo comenzaba con un sonoro estornudo que para nada se intentaba disimular, al que le seguía otro y otro y, otros muchos. Y cada uno de ellos tenía su origen en puntos opuestos, con el único fin de poder eludir la linterna y, de paso, darle un poco de guerra a aquel para quienes eramos un peligro publico, el amo de la linterna, el acomodador. Una servilleta de fino papel de seda oportunamente liada (o cualquier cosa que tuvieras a mano) era quien te permitía superar el estornudo anterior, tan sólo con “urgarte” con aquel rudo instrumento, en cualquiera de las narinas de la fosas nasales.

Mi hijo José es en la actualidad gerente de los Multicines de la Warner en la ciudad de Barcelona. David, mi hijo, con su empresa “Screen Play Video” también está en el mundo de las películas. Parece que esto del cine se lo he transmitido, siempre me ha gustado una buena película y ahora en el cine Torcal he cultivado mi afición; aunque voy por distintos motivos por los cuales llegué a llevar a Trini, siendo novios, en ocho ocasiones a ver “Los Diez Mandamientos”.

Las llamas se cargaron el Salón Rodas y la televisión hizo astillas el negocio de los cines. Ya va siendo hora de vencer la estúpida inercia de encender la televisión (pues otra cosa no vamos a poder hacer), y volver a sentarnos en una cómoda butaca del patio de un cine, para ver una buena película americana a ser posible.

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15.-La matanza

Suponía gran parte del aporte proteico de aquellas familias de la España que me tocó vivir, recién acabada la guerra mundial y muy próxima nuestra guerra civil. Nunca entendí lo de llamarla civil. Benditas matanzas, las de guarros.

Los días previos a la matanza (tema que recuerdo en este comentario), yo tenía la sensación de que se estaba gestando un gran acontecimiento, como efectivamente así ocurría. Eran esos días fríos del invierno, en los que se compraban los testamentos, los de la matanza, claro; se sacaban las viejas y enormes ollas de cobre, las trébedes del tamaño adecuado a las ollas, se limpiaba la máquina de picar la carne, se mandaban a afilar sus cuchillas y se hacia un mayor acopio de leña.

Mucho antes del amanecer se levantaban los más madrugadores para encender las candelas, llenar las ollas de agua y ponerlas a hervir, y eso requería su tiempo. Con los primeros albores del día llegaba el matarife quien daba las instrucciones oportunas para ir sujetando, sobre la mesa matancera, a cada una de las víctimas de aquel día; no era un trabajo fácil que siempre requería de la ayuda de vecinos y familiares (hoy por ti, mañana por mi); pero a mi, tanta gente, me hacía pensar que había pocos guarros para los muchos que allí estábamos.

Clavaba la faca de certero golpe en el adecuado lugar del la papada, el marrano se desangraba y la carne quedaba blanca como la nieve. A los niños nos decían que le diéramos vueltas al rabo del gorrino de turno, para que no quedara dentro ni una gota de su sangre. A mi no me gustaba darle vueltas al rabo ¿que coño tenía que ver las vueltas al rabo con el desangrado del la bestia? pensaba yo para mis adentros no libre de coraje. Los berridos de los puercos anunciaban la buena nueva hasta en la más recóndita de las viviendas del pueblo. Ese día hasta los gallos callaban.

Antes, las mujeres habían pelado las cebollas. Cocidas éstas eran picadas y mezcladas con la sangre; después se llenaban las tripas y se ponían a cocer colgadas en palos que atravesaba la boca de la olla con el agua hirviendo. Así se obtenía la morcilla; ese exquisito bocado que, junto a la cerveza, le debemos a los pueblos barbaros que invadieron nuestra península.

El agua “pelando” permitía a los hombres quitarle al guarro, ayudados de espátulas, la capa más eterna de su piel, la epidermis, con cerdas y todo. Era trabajoso, pero dejaban al marrano para comer encima de él.

Abiertos en canal los tres o cuatro cerdos, en alguna ocasión, alguno más, con hábiles golpes de mano y de cuchillo, eran desentrañados y lavados hasta sacarles brillo. Se tomaban las tripas y tras limpiarlas por fuera y por dentro, había que darle la vuelta, se dejaban en un barreño con trozos de limón, para que se orearan y perdieran su animal olor. Hecho esto se colgaban los ya limpios marranos. Ese día se comían los chicharrones y las asaduras, la blanda (pulmones) y la dura (hígado, corazón y bazo), que se guisaba con una salsa que estaba, y nunca mejor dicho, para mojar pan.

Al rato se descuartizaban con el jifero, se entresacaban las carnes y se picaban. Co ellas, debidamente condimentadas según los distintos destinos, se hacía el chorizo, el salchichón que se metía en las tripas culares y el morcón con lo que se rellenaban la vejigas.

En las cámaras se disponía unas cañas sujetas por cuerdas al techo, donde se iban colgando todas y cada una de las tripas rellenas de lo que habían sido uno cuadrúpedos que no habían hecho en su vida nada que no fuera comer y dormir. Como eran vísperas de Navidad, con parte de la manteca se hacían los mantecados, y el resto, las mantas de tocino , así como los huesos y manos se salaban. Todo era aprovechable, hasta la careta, que frita (en torreznos) o a la brasa era un bocado para hacerle palmas; con millones de calorías que para que no se sintieran solas se hacían acompañar de pan recién hecho; ya no digo si lo que te metías entre pecho y espalda era un guiso de papas.

Hemos rememorado en alguna ocasión aquello (para los niños era una auténtica fiesta), que para los mayores tenían como objeto llenar las despensas de nuestra casas, y que nuestras madres eran las encargadas de ir dosificando el material a lo largo de todo el año de lo que quedaba, porque mi padre siempre espléndido, regalaba a la familia y a los vecinos y amigos supongo que el 50%. Pero hoy no son más que meros actos sociales con los que evocamos aquellos fastos que tan buenos recuerdos nos han dejado en nuestra memoria y alguna redondez en el talle; pero como yo digo, aquello que te cuesta tiempo, dinero, buena compañía y disfrute no hay que ponerle pero alguno. Bienvenido sea el rosco en la cintura que con cariño, buena mesa y mejor vino hace su presencia. Ya habrá tiempo de rebajarlo (toda una eternidad) durante nuestra estancia en esa vivienda definitiva con vistas al mar o a la montaña, según el gusto.

Las casas eran auténticas factorías alimentarias que permitían a nuestras madres no perder diariamente tiempo en el mercado. En verano se hacían mermeladas con las distintas frutas, se envasaban los tomates frescos pelados y el tomate frito, lo mismo se hacía con los pimientos asados, mientras se ponían a secar aquellos destinados a la matanza; se metía en vinagres pepinos, guindillas y cebollas; en otoño se hacía dulce con los membrillos, se guardaban las nueces, se metían aceitunas en agua. Con el aceite ya agotado de tanta fritura se hacía jabón.

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16.-El viejo instituto

Cuando vi demoler el viejo palacete que albergó durante tantos años el Instituto de enseñanza media, al que le dio nombre el poeta del particular siglo de oro antequerano, Pedro Espinosa, sufrí en silencio, sufrí bastante, como se sufría antes, como sufre ahora quien de verdad padece. No como lo hacen esos niños que aumenta hasta el infinito los ya de por si excesivos decibelios, gritando y gesticulando, sin una sola lágrima, para que nadie tenga la menor dudad de su incuestionable e inevitable sufrimiento (media guantá que diría un castizo no educado en democracia). Aquél histórico edificio fue sustituido por un horrendo inmueble (de alguna forma hay que llamarlo), muy funcional y con mayor cabida. ¡Qué mal gusto!, ¡qué horror!.

El Instituto Pedro Espinosa con su hermoso claustro y su fuente cayó victima del pico y de la pala, como tantos edificios, casas solariegas, palacios o modestas pero honrosas casas unifamiliares, como en la que yo nací y he podido recuperar con el apoyo de mis hermanos y porque hablar de mi casa es hablar de mi buena vecina de siempre Socorrita Artacho. Menos mal que la democracia le puso freno y ahora se cuida, aunque no siempre acertadamente (pero eso es lo de menos) las fachadas y el entorno de los edificios que merecen la pena conservar. Siempre quedaré agradecido a ese magnífico alcalde D. Jesús Romero.

En aquél instituto abrí los ojos al mundo. Había un buen profesorado y cuarenta alumnos por aula. Viven en mi memoria D. Antonio Rodríguez el director, D. Manuel Chaves y sus magníficas clases de historia, el profesor de literatura don Germán Arteta Errasti, el artista y profesor de dibujo don Emilio del Moral, las clases de Filosofía de la señorita Tere; las clases de educación física y las de Formación del Espíritu Nacional (la clase de política) que si te afiliabas a la Falange podías ausentarte de ellas.

Recuerdo a D. Antonio Mochón, el cura, con sus clases de religión y su chiste:

-¿Cuantos ojales tiene la sotana de un cura? ¡pensad! ¡pensad!

-¿No lo sabéis?

-Pues tantos como botones

Respondía Don Antonio mientras se reía abiertamente contagiandonos todos…ja, ja, ja, ja, ja; los había que se retorcían de risa en el suelo, pues ello les daba la posibilidad de sacar mejor nota. Cómo olvidar al Sr. Alarcón, el bedel del instituto durante toda la vida.

A propósito de curas y puesto a recordar, quien ha olvidado aquellas preguntas y respuestas del catecismo en nuestra infancia. Lo hago con el mayor respeto. Sólo critico las palabras que ofrecía el catecismo del padre Ripalda destinado a niños que aún no habían cumplido los diez años.

-¿Soy cristiano?

-Si, soy cristiano por la gracia de Dios.

-¿Qué es ser cristiano?

-Ser cristiano es ser discípulo de Cristo.

La cosa se complicaba con aquello de Dios y trino.

-¿El Padre es Dios?

-Sí, el Padre es Dios.

-¿El Hijo es Dios? -Sí, el Hijo es Dios. -El Espíritu Santo es Dios -Sí, el Espíritu Santo es Dios. Y la pregunta del millón -¿Son, por ventura, tres dioses? Claro que no era menor el lío que nos hacíamos con las

personas, los entendimientos y las memorias, y otra cosa de la que no recuerdo más que aquello de esencia, presencia y potencia.

En los recreos poníamos a prueba la resistencia de los zapatos con un partido de futbol. Mi puesto preferido era el de portero donde apenas habías de moverte. Algunos me decían:

-¡Cabezón, para con la cabeza!

Tenía una cabeza grande, sí señor. Menos mal que a los 22 años dejó de crecer, pues en las milicias ya medía 59 cm de perímetro, no había gorra de mi talla; siempre he ido creando problemas.

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17.-La cocina y la lavadora

La cocina era la habitación más visitada de la casa. La mas tibia durante el invierno con la candela a punto todo el día y la más fresca durante el verano.

Recuerdo a mi madre, mi querida y buenísima madre, bregando en ella toda la mañana, poniendo y quitando ollas del fuego, catando la comida y sazonándola si la encontraba falta; pelando “papas”, picando cebolla, desplumando una gallina o troceando un conejo para ponerlo con arroz. Con sus mil olores, a pan caliente, a judías con chorizo, a “papas” a lo pobre con huevos camperos y un chorizo frito, o guisadas con carne, al jamón recién abierto; la cocina era una invitación a pecar contra el quinto pecado capital, la gula.

Al anochecer, tras el paréntesis de la tarde, la cocina volvía a recuperar su protagonismo para preparar la cena; la cena de mi años jóvenes: un par de huevos con patatas fritas ¡quien la pillara!. Guisado de papas, el caldo magnífico. Mi madre, la mejor cocinera del mundo, y eso que Trini es una artista.

Comíamos en la cocina, el comedor se reservaba para los días especiales. Tras la comida, la rescoldos de la lumbre te invitaba a la conversación, a la larga sobremesa, un auténtico peligro para quien tenía que seguir trabajando. Las mujeres eran quienes mejor disfrutaba ese rato; lo tenían merecido.

En aquél entonces las madres, las que habían vivido las hambres de la guerra, parecía que disfrutaran cuando veían a sus hijos dar por terminado un buen plato de lentejas o un buen cocido al que no le faltaba de nada; no había precocinados ni comidas de plástico. Un niño con mofletes y con roscas en brazos y muslos era un niño sano. Hoy día, con el colesterol, los triglicéridos esos y el azúcar en la sangre amenazándonos desde cualquier consulta de médico que se precie, estar rellenito no es nada saludable; claro que si las redondeces se obtienen a base de toneladas de chuches, hasta yo lo entiendo.

Desde la cocina se veía el patio. Una de las primeras lavadoras que llegaron a Antequera fue un magnífico regalo que mi padre hizo a su mujer. Una lavadora automática Bru. Cilíndrica con tres patas con ruedas, su manguera para tirar el agua usada, que doblada en su porción más distal se podía enganchar en el borde y así evitar que se derramara el agua durante el lavado.

Durante algún tiempo fue un espectáculo para todo el vecindario femenino que desfiló para dar la bienvenida al estratosférico artilugio. Algunas repetían la visita acompañadas del marido, que solía venir un poco forzado. Se asomaban temerosas y se marchaban con sana envidia ; había opiniones para todos los gustos.

-¡Eso es un buen marido y no el que Dios me ha dado a mi! Dijo alguna.

Con la lavadora se acabó restregar, se terminaron los molestos sabañones, el lavadero pasó mejor vida y con ella también cambió el concepto de jabón que dejó de ser pastilla (jabón Lagarto) para convertirse en viruta de jabón; creo recordar que el primer jabón viruta se llamaba “Jabón Saquito”; después llegaron los detergentes, con aquellos la ropa olía a limpio, con estos la ropa huele a blanco y hoy día el blanco es nuclear, desprovisto de gérmenes y no se cuantas cosas más, logrando que las hijas y nietas de nuestras madres laven más que nunca.

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18.-Juanillo el de la arena

¡Arena blaaaanca! ¡Arena coloráaaaa! ¡Arena blaaaanca! ¡Arena coloráaaaa!

Así pregonaba Juanillo su mercancía, sin muestra de cansancio, hasta acabar con el producto o con su recorrido. Siempre fiel a su cita diaria con las calles de Antequera. Si volvía ligero de peso a su casa el día había sido bueno. Quizá haga cincuenta años que dejamos de escuchar su pregón.

Y veíamos a Juanillo, con su andar tranquilo, cruzar la calle cuando era requerido, doblando una esquina, subiendo o bajando una cuesta, al sol, a la sombra, bajo la lluvia, al frío y al calor, con sus bolsones a la espalda llenos de arena de los pinos, con la que Antequera dio brillo y esplendor a sus cobres y limpieza a sus sartenes. La colorá para el cobre y la blanca para las sartenes.

Cuando murió Juanillo, aquellos cobres relumbrantes, rutilantes, casi áureos, quedaron deslustrados, se apagaron y las sartenes se tiznaron como nunca con el hollín.

Hoy, con tantos artículos para la limpieza en el mercado, a ninguno se le ha ocurrido ponerle, al mejor de esos productos, el nombre de “Juanillo el de la arena”, mucho más prosaico y elocuente que el mister no se qué o el tonto del algodón. Ahora, eso sí, nunca se ha fregado ni se ha sacado tanto brillo como hoy día, ni tan siquiera cuando se hacía para otros.

Juanillo. Juanillo el de la arena. Figura mítica, toda una institución de las calles de Antequera. Juanillo el de la arena, es de aquí, es de los nuestros, es parte de nuestra historia, la sencilla, la que no recibe parabienes ni homenajes.

¡Arena blaaaanca! ¡Arena coloráaaa! ¡Arena blaaaanca! ¡Arena coloráaaa!

Cómo me gustaría ver rotulado en alguna de las calles de nuestra querida Antequera:

Calle Juanillo el de la arena

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19.-El cementerio de los moros

No lo he logrado hasta ahora, pero algún día conseguiré ubicarlo. ¡Está todo tan cambiado!

Al pie del Cerro de la Cruz o a media ladera, pasada la cruz Blanca, a la derecha del Camino de la Quinta, por allí estaba el cementerio de los moros. Cuatro muros, uno de ellos abierto por una verja, lo cercaban.

Los cristianos en su camposanto, los moros en su rauda, los ahorcados en su fosal. No podían mezclarse. Los primeros desde allí iban al cielo donde poder contemplar a Dios, los moros marchaban con la hurís que el Corán promete a quien de la vida por el Islán, los otros nadie sabe donde.

A los niños nos tenían prohibido acudir al cementerio moro ni allá donde se daba sepultura, aunque no cristiana, a los ahorcados. Pero como dice la Biblia “el agua bebida a hurtadillas es más dulce, y el pan comido a escondidas es más sabroso”; basta que algo sea prohibido para que se estimule el interés, máxime en un niño; así que no hubo niño antequerano que no anduviera por sus alrededores, pues tampoco la curiosidad te daba el coraje suficiente para adentrarte en cualquiera de ellos.

No he olvidado, de aquellas charlas veraniegas en la puerta de mi casa, cuando oí referir que algunos madres, esposas, padres e hijos, acudían al cementerio a maldecir a aquellos que habían matado a sus hijos, en aquella atroz guerra que nos dividió a los españoles. Malditos quienes provocan las guerras. Por desgracia he visto que en esto de matar, no importa el hecho de quitarle la vida a alguien, lo que importa es quien es el autor de la muerte. Malditos también quienes así manipulan mirando hacia otro lado según quien y qué guerra.

Ahora sólo hay un cementerio. Quinientos años de cristianismo (casi cuarenta de nacional catolicismo), fueron suficientes para hacer olvidar los 700 de mahometismo, como estos fueron suficientes para hacer olvidar el cristianismo y el arrianismo se olvidó por prescripción del poder establecido (como antes se había impuesto de igual forma) y, estos, a su vez, para abandonar a los dioses romanos. Quien invade destruye e impone su ley y su religión (los Reyes Católicos fueron los penúltimos en hacerlo). Pero ante la nueva invasión por el estrecho, ante la nueva marcha verde, al venir con las mezquitas entre las piernas, pronto volveremos a ver la nueva rauda. Ahora sí podemos hablar de tolerancia, pero de la de los españoles.

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20.-Ramón el relojero

En la calle Merecillas, frente al estanco de Madrona, tenía su taller Ramón el relojero. Abierto al zaguán de su casa tenía una habitación acondicionada a tal uso. Tras atravesar aquél, una campanilla anunciaba la llegada del cliente.

Allí se encontraba Ramón con su monóculo siempre pegado al ojo (¿se lo quitaría para dormir?), inclinado sobre su mesa de trabajo de doble folio de cristal y abarrotada de relojes despanzurrados. Siempre me preguntaba, ante la cantidad de muelles, tuercas, manecillas, ruedas dentadas, suelta por su mesa, cómo podía saber cual era de cada reloj. Con sus esparteñas, su silla y su cojín, siempre sentado y rodeado de estantería repletas de relojes colgados por la hebilla, de relojes de pared y de sobremesa, para ambientar su trabajo.

Siempre le hacíamos la misma pregunta; él se la esperaba

-¿Para cuando estará el reloj?

Nunca variaba la respuesta

-¿Veremos si tiene arreglo!, pásate por aquí el mes que viene.

A tu lógica y por tanto esperada protesta tampoco cambiaba la contestación el bueno de Ramón:

-Lo siento, tengo muchos delante de ti.

Me gustaba mirar el trabajo del arúspice de las entrañas de los relojes (relores decían algunos), era minucioso, delicado, sin prisa, microscópico, les veía hasta el alma. Con aquellas pinzas tan finas en su terminación, y aquellos atornilladores milimétricos, poniendo y quitando muelles, tornillos, coronas; rara vez se le caía alguna pieza.

Cuando por fin te lo arreglaba, había que comprobar que no atrasara o adelantara y, si esto ocurría, se lo volvíamos a llevar para que él le diera el toque maestro con sus pinzas. Creo que muchos de los relojes que había en su mesa de trabajo no tenían arreglo, o nadie había vuelto a preguntar por ellos.

Recuerdo mi primer reloj, un Cauni Prima que costó 375 pesetas. Lo recibí como un auténtico acontecimiento, con sus números y manecillas fosforescentes para poder saber la hora por la noche sin encender la luz; aquello hacía el artículo, pero la verdad que por la noche, mientras dormías no te dedicabas a ver la hora que era.

Antes un reloj se averiaba y se lo llevabas a Ramón para que lo arreglara; un reloj podía durarte toda una vida. Los hijos solía recibir de sus madres el reloj de su padre cuando este moría. Ahora

hay quienes compran relojes cada día, pues las modas también cambian en este asunto. Si un reloj se te rompe mejor lo tiras pues ya sabes la respuesta: te va a costar arreglarlo más que comprar uno nuevo. No se si es que no saben ni desentrañar un reloj o es que ganan más dinero, con menos trabajo, vendiéndote uno nuevo.

Creo que aun conservo aquél mi primer reloj.

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21.-Aquél Jueves Santo

Tenía poquísimos años; iba a cumplir los 14. Tuvo lugar en la calle Lucena, a escasos cien metros a la derecha de donde la calle Merecilla pierde el nombre. Yo estaba esperando el paso de la procesión. No me acuerdo quien estaba conmigo, cuando alguien, tampoco recuerdo quien, me dijo:

-Te voy a presentar a una amiga.

Me volví, sus ojos me dejaron KO y me temblaron las piernas; quedé metido hasta las ancas.

Y así fue. Así de sencillo.

Aquél Jueves Santo la vi por primera vez y no he querido dejar de verla desde entonces. Quince años tiene mi amor y luego 16, 17, 18… por suerte para mi hasta hoy.

Lo mejor su infinita paciencia y nuestros tres hijos.

¡Tiene mérito Trini al soportarme!.

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22.-Don José García Berdoy

Había finalizado mis estudio universitarios, lo que hoy llaman ingeniaría técnica agrícola, pero que yo siempre he preferido llamarle por su nombre: Perito agrícola. No me gustan los eufemismos. Terminé siendo el número uno de mi promoción. Como ya he dicho antes, no era tonto, y tampoco era mal estudiante.

Había que colocar al niño, no estaba el tiempo para perderlo, ni entonces había masters ni cosas por el estilo. Así que, ni corto ni perezoso, mi pariente Rafael Sánchez Carmona habló con don José García-Berdoy Regel y, gracias a su recomendación, entré a trabajar como meritorio (hoy le llaman becarios) en Amoniaco Español S.A. Al poco tiempo conseguí un contrato. Antes, como ahora y mientras el mundo sea mundo, existían las recomendaciones, el enchufismo, el amparo del familiar o conocido y que no falte; no conozco a nadie que recomiende a un zuro.

De esto hace ya muchos años, pero de esta forma me introduje en el mundo de los fertilizantes que han ocupado, hasta la actualidad, toda mi vida de trabajo. Un año en Antequera con Don José García-Berdoy en las oficinas que tenía en la Cuesta, todo un ejemplo de tradición, historia. Había muchas fotos en su despacho (como ahora las hay en el mío). Fotos que le gustaba comentar a D. José. Fotos con historia, de principios de siglo, con el abuelo y los principios de la empresa.

Don José García-Berdoy, amén de proporcionarme mi primer trabajo, además de haber sido quien me introdujo en el mundo de los fertilizantes, fue mi preceptor, ya que me explico muy didácticamente, los entresijos de esta industria; enseñanzas que yo no desaproveché y, además, me hablaba muchísimo de Don Cristóbal Toral (el pintor antequerano que pronto tendrá un museo), a quien tenía un enorme cariño.

Don Antonio Montesinos Hipólito, D. Enrique Guzmán, el Sr. Casaus, la historia de los fertilizantes. Don José Luis Valera y la Azucarera Antequera, con su técnico Telesforo Carpintero, con sus silos de remolacha, la centralita; detrás los pienso y los abonos.

Estoy muy agradecido a la Familia García-Berdoy.

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23.-La lechería

La lechería que había en mi calle, La Peña, la mantenía su propietaria limpia, inmaculada, blanca como lo que en ella se despachaba, leche recién ordeñada, con su aroma y su espuma característicos e inconfundibles. Su alto mostrador nos lo ponía difícil a los niños, ya que si no encontrábamos un alma caritativa se nos colaba hasta el perro.

Grandes lecheras de aluminio eran los únicos recipientes del establecimiento, ya que allí no había cartones ni botellas. Cada cual llevaba su lechera. El horario era corto. Supongo que a las 10 de la mañana toda la calle ya había desayunado, un buen tazón de leche y pan migado en él, otras veces la tostada con aceite, o con miel complementaba el desayuno; no había entonces estas margarinas de hoy día que gracias a la TV, a nuestra torpeza y mal gusto han desplazado a nuestro zumo de oliva.

Supongo que la leche que hoy obtenemos después de pelearnos con un tetrabrik (a mi me gusta llamarle cartón) y eso que pone abre fácil, no será menos mala, pero aquel color y el aroma de aquella leche, aquella nata que había que retirar tras cocerla, si querías migar pan, yo no he vuelto verla desde que aquél local cerró las puerta para el pueblo de Antequera. Lechería La Peña.

Los niños de la calle Merecillas no crecimos con la leche en polvo de los americanos, sino con la leche de La Peña y se nos notaba en nuestras crecidas, eramos los niños más desarrollados de toda Antequera; la envidia de las madres de otros barrios.

La leche, en aquellos tiempos en los que no había quitamanchas, solucionó no pocos lamparones de una ropa que tenia que durar algo más que la temporada.

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24.-Los inefables hermanos Nateras

Empedernidos andarines. Conocen hasta la piedra de menor tamaño que pueda haber en Antequera. Calles plazas, riscos, árboles, casas, casonas, palacetes, iglesias, conventos, jardines, todo se lo han pateado una y otra vez, no hay rincón en Antequera ni a 30 km. de radio que haya sido capaz de permanecer fuera del alcance de sus pies y de sus ojos.

Ambos, antiguos funcionarios de correos, han transformado el paseo en un arte. Joviales, callados, siempre con al sonrisa en los labios.

Quisiera conocer mi pueblo en un largo paseo con estos don andarines antequeranos. Hace unos días se los sugerí. Hablamos de edades y me puse de mal humor por mis 60 años cumplido; mientras ellos, mayores que yo, no lo aparentan ni en la arruga ni en el ímpetu de su marcha.

Les he llamado inefables, que quiere decir que no se puede explicar con palabras, así que debo dejar de hablar de ellos, si pretendo que lo sigan siendo.

Mi poco tiempo dedicado al paseo me está pasando una factura tremenda, hasta la silla con ruedas del despacho me permite no tener que levantarme para acudir al armario a tomar alguna carpeta o papel. Se que es bueno andar para el colesterol, para las articulaciones. Envidio a los hermanos Nateras por su afición, y no sólo porque muevan su corazón, sino que mientras proporciona salud a su cuerpo, también enriquecen su alma, aprenden, hablan; cada día les espera un nuevo encuentro en su paseo.

Voy a hacerle caso a mi amigo Federico, quien al andar por Granada cámara digital en ristre, está conociendo su ciudad, a sus gentes, rincones que ni él ni otros muchos han reparado; me contaba que le ocurre con frecuencia que al terminar de hacer una foto alguien, mirando el objeto de la foto, le comenta: paso por aquí todos los días y no había reparado en esto.

De esta forma mejoraré mi salud y, además, dispondré de un magnifico archivo de mi querido pueblo.

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25.-El jardín con mapa

No he conocido en el mundo un jardín con mapa como lo había en Antequera. Un mapa de España en relieve hecho con hormigón. Tenía una pieza rota en el mar Mediterráneo, por ese motivo nunca lo conocí con agua. Siempre aquél Mare Nostrum estuvo vacío.

Al ser en relieve sobresalían todos los accidente geográficos. Al sur se distinguía todo el sistema penibético con Sierra Nevada; más arriba los montes de Toledo y, por encima y a la derecha, el sistema Ibérico… Nunca logré identificar la Peña de los enamorados, pero allí estaba Antequera, Málaga, Sevilla, Granada, Madrid, Barcelona. No faltaban el mar Menor, la Albufera, la Bahía de Cádiz, el estrecho de Gibraltar, el mar Cantábrico, los cabos de Finisterre, Ortegal, el portugués San Vicente, Gata y el de Creus…

Si Antequera tenía el privilegio de ser la única ciudad con un mapa en un jardín ¿por qué lo quitaron? ¿por qué pusieron en su lugar un trozo de césped, que ni dice ni enseña nada? Hay cosas que no logro entender. Menos mal que ahora lo van a poner de nuevo, ¡menos mal!.

El mapa en el que nuestros nietos puedan aprender la geografía que parece que ahora no es necesario enseñar en las escuelas, que el río Ebro nace en Fontibre, pasa por Miranda de Ebro, Haro, Logroño y Zaragoza y desemboca en Tortosa; que el Guadalquivir nace en la sierra de Cazorla, pasa por Córdoba y Sevilla, donde se hace navegable, y desemboca en Sanlúcar de Barrameda; o que el Guadalorce, nuestro río, nace en el puerto de los Alazores, riega los campos de Antequera, recibe al río Turón en cuya confluencia se ha creado el embalse del conde de Guadalorce, penetra, a través de la garganta del Chorro, en la Hoya de Málaga para morir en el Mediterráneo. Saber que el pico más alto de España es el Teide y el más alto de la península Ibérica, donde está la España continental, es el Mulhacén.

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26.-La calle Merecillas

Nunca he sabido lo que significa el nombre de la calle donde me crié, la calle Merecillas. Si alguien lo sabe que me lo diga ahora o que calle para siempre.

Aquella calle era como un pueblo donde había de todo. Dos catedrales del vino, de vino Blázquez por supuesto, uno con tapas de boquerones en vinagre, donde el titular Luis Tortosa bebía y parlamentaba con los clientes y el de José Cuesta Anguita, desaparecido prematuramente tras una caída de espaldas desde una moto; dejó esposa y muchos hijos. La peluquería del amigo de la familia, el Séneca de nuestra calle, Antonio Jiménez Mingorance, de frases equilibradas y juiciosas, nada de cotilleo. Entonces se pensaba, se meditaba, se discurría, se filosofaba en torno a un buen vaso de vino, y se hacía con elegancia, con equilibrio, con moderación, sin grandes alharacas ni gestos ni ademanes, pues ninguno trataba de imponer sus criterios.

Recuerdo La Adriana de D. Antonio Olmedo Tobarias y señora; todo limpieza y calidad durante los años que se sostuvo el establecimiento de charcutería. Sus hijos han tenido el detalle de buen gusto de poner una placa de cerámica en la fachada de la casa donde estuvo tan acreditado comercio.

Casa Jacinto, en la esquina con la calle La Laguna, la mercería del barrio, donde había de todo, repartido entre sus estanterías de madera. Cientos de cajas de botones con la muestra al frente, las de puntillas igualmente con la muestra, carretes de hilo para máquina y bobinas de hilo para agujas de mano y muchos muchos años de ajuares y de historia con la vainica, la vainica doble y el punto de cruz y conversación, mucha conversación; también se cogían puntos de medias cuando las medias no tenían una postura sino muchas, medias con costura que tan difícil resultaba poner en línea y más tarde sin costura.

La conocida tienda de La Peña con José y Paqui, dueños y hermanos. Los vecinos Artacho, amigos eternos, Emilio Trigueros Castillo y los Atanasio. La amistad se medía por metros, cuanto más cerca más amigos, haciendo bueno ese dicho: el mejor hermano es tu vecino más cercano. Quiero recordar a Vicente González el carpintero, al agricultor José Valverde Guerrero y sus cortijos del Pozo y la Dehesilla; el Hotel Colón Chico con Pedro el del Colón y Presen, la hija; los lateros, Manolo Cordón el empleado de telefónica y sus hijos; buenos amigos, sobre todo Jorge que vive en Málaga y hace algunas visitas a Antequera..

Todas las casas eran unifamiliares. No había casas de pisos. Ahora es todo lo contrario, muchas bloques de pisos y cada vez menos casas de aquellas, y pese a esto cada vez hay menos gente en la calle.

Recientemente, un moderno ejecutivo asentado en Antequera, hablaba de lo poco que los antequeranos habíamos hecho por nuestro pueblo, que el desarrollo sufrido en nuestra ciudad era debido a los foráneos. Yo no estaba de acuerdo con aquella aseveración que tenia interés demasiado personales; pensé que no todos los antequeranos salimos a buscarnos la vida fuera, que los que quedaron, algo habrán hecho por su pueblo y aquellos que salimos también habremos colaborado en el desarrollo de otras ciudades, entre ellas la del moderno ejecutivo, si la tenía.

Algún organizaré alguna reunión de los antiguos vecinos de la calle Merecillas, pues me gustaría poder oír y abrazar a tantos y tantos que guardo en mis recuerdos y de los que no he sido capaz ni de conservar el nombre.

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27.-Los entierros de antes

Lo de tener que morirme me cabrea bastante y más ahora que tengo una nieta; aunque pueda ser tan natural y tan cierto como nacer. Sé que inevitablemente esto me tendrá que ocurrir algún día; quiera Dios y mi salud que tenga lugar lo más tarde posible. Y espero que cundo haya abandonado este mundo, como decía Cicerón, estar muerto me sea indiferente.

Antes la gente se morían en sus casas donde eran velados. Hoy, tanto si tiene lugar el óbito en un hospital como si es en el domicilio familiar, a los de la funeraria les falta tiempo para llevarse al cadáver a ese magnífico negocio al que llaman tanatorio, lo meten (al muerto) en una pecera con doble acristalamiento donde lo dejan expuesto como a un besugo pero con sudario. Todo muy aséptico, todo muy cómodo para el difunto y sobre todo para la familia; la cual dispondrá de todo el tiempo libre para recibir condolencias y llorar al finado.

-¡Parece que sonríe!

-¡Qué expresión de felicidad se le ha quedado en la cara!

-¡Qué guapa está!

-¡Qué buena era la pobre, con lo que ha sufrido, y ahora que empezaba a disfrutar de la vida…! seguida de un largo suspiro para que se note.

Cosas así y otras por el estilo pueden oír aquellos tenga el morbo de asomarse al escaparate.

Antes con sólo oír la campana de la iglesia sabías que alguien había pasado mejor vida, como se suele decir; era casi como mirar las esquelas del periódico. Si tenías interés sólo habías de preguntar por quien teñía la campana y enseguida tenías pelos y señales sobre el difunto: quien era, de qué familia, qué le quitó la vida, si dejaba hijos y cuantos, si dejaba esposa y querida si la hubiera, y la hora del entierro. Hoy se muere el vecino (o la vecina) del quinto derecha, teniendo tu ocupado el quinto izquierda y, con suerte, te enteras de la octava porque la familia pone una esquela en el periódico agradeciendo a sus amistades sus condolencias por tan sensible pérdida.

Antes el cadáver era velado en su casa, vestido con la ropa de los domingos y con zapatos recién limpios y brillantes, rodeado de sus familiares, amigos, vecinos y, por qué no decirlo también, de curiosos y desocupados. Cuantas enlutadas viudas no se han preguntado:

-¿Y ese que me ha dado un beso, un abrazo y un pellizco en la mejilla quien es?

Cuando quien lo hacía era una señora de buen ver, ni te cuento las mil y una preguntas que se hacia la desconsolada viuda; pero si quien no la conocía era el pueblo… para que os voy a decir.

Las cajas de antes eran más sobrias, menos femeninas, yo diría que menos americanas. No les faltaba nunca abundante brillo, y casi nunca un crucifijo; tener falsas asas de adorno era ya un detalle de persona pudiente. Hoy no se de qué material las hacen; con ocasión de mi asistencia a una de estos eventos, pude acercarme a la caja y tocarla de forma disimulada, di unos ligeros golpes con los nudillos y tuve la absoluta certeza de que estaba hecha de poliéster. Ya ni te entierran en madera noble, te meten en una envoltura de plástico con cremallera y a la sintética caja.

Antes, cuando alguien fallecía, se guardaban sus cosas con respeto. Hoy les falta tiempo para tirarlas aun estando de cuerpo presente.

-¡Cuantos trastos guardaba!

Era duro para la familia estar las 24 horas que obliga la ley velando al cadáver; pero todo estaba previsto. Se vaciaba una habitación donde se ponía el ataúd con el fallecido en su interior, cuatro velas en las cuatro esquinas (de mayor o menor tamaño según la categoría), una cruz a la cabeza de la caja y alguna silla, pocas (no solían estar muy solicitadas), acompañaban al fallecido; aunque no era infrecuente encontrar a su vera a dos mujeres cuchilleando, que no rezando. El resto, es decir los vivos, andaban por las restantes habitaciones de la planta baja de la casa, donde, con la ayuda de los vecinos, se habían puesto todas las sillas en fila alrededor del zaguán, pasillo y en la sala de estar, para que nadie estuviera de pie. Y si falta alguna silla siempre estaba la diligente vecina dispuesta a traerse otra de su casa, siempre que no fuera la del comedor o de la salita;

-¡Tampoco voy yo a contribuir a que quede mejor que el velatorio de mi pobre Pepe, que en paz descanse!

De vez en cuando se repartía un caldito caliente que casi nadie rechazaba. Tabaco cada cual fumaba del suyo. En los mejores sillones de la casa y en el lugar más accesible estaban la viuda y las vecinas dandole consuelo. No había ninguna duda de la pena que reflejaban una y las otras. En distintos corros se elevaban túmulos orales a la figura del que en vida fue bondadoso con los demás o no se escatimaban, pese a la situación, frases que nunca se habían atrevido a decir en vida del que velaban. Había cometarios para todos los gustos:

-Le gustaba mucho el vinillo,

-El cigarrillo no se le caía de la boca,

-Era un buen hombre.

-Llevaba “mu” mala vida y lo bien que lo ha llevado su santa mujer, que por fin va a descansar,

-Recuerdo cuando estábamos haciendo la mili un día que nos fuimos de putas…

-Pues estuvo unos años tirandole los tejos a la María…

-Le ha dado tiempo a casar, por cierto muy bien, a sus hijos…

-Una vez en la escuela se llevó una buena bofetada porque dijo que la ultima obra de misericordia era desenterrar a los muertos…

-para prepararlos para el juicio final, aclaró a continuación, para sólo conseguir otro guantazo

Era fácil averiguar de quien venía cada comentario. Nunca faltaban algún cuenta chistes que no desaprovecha cualquier ocasión para lucirse y animaba a otro a contar los suyos.

¡Qué pena que aquellos velatorios hayan desaparecido! Eran como el mejor epitafio que se podía dedicar a quien tenía el mal gusto de morirse.

Pasada la noche, la larga noche del velatorio, en la que los vecinos y amigos se iban turnando para acompañar a la familia (ahora para no tener que hacerlo todos se ponen de acuerdo para recomendarle a la viuda que se marche a casa para dormir un rato), llegaba la mañana del entierro. El señor cura ataviado con la ropa adecuada y escoltado por dos monaguillos, igualmente engalanados para el caso, y con sendos cirios en sus portacirios, acudía a la casa del que dejaba viuda y huérfanos. Tras rezar un responso comenzaba el entierro. Primero a la iglesia donde tenía lugar el funeral, andando desde la casa, y el muerto, como los buenos toreros, a hombros; un golpecito en la esquina del féretro era la forma de avisar que alguien te iba aliviar de la caja que se clavaba en tu hombro como una losa. Todos, o casi todos, colaboraban en el paseíllo, a algunos les gustaba repetir aunque no fueran parientes ni vecinos.

Finalizado el funeral, las mujeres volvía a la casa; no era costumbre que estas fueran al cementerio (yo creo que volvían a la casa para ponerla en orden tras el velatorio). A partir de ese momento, aunque el marido hubiera sido el sinvergüenza más granuja de todos, aunque el marido le hubiera dado la vida que ella no le desearía al peor de sus enemigos, a partir de ese día, su marido había sido un santo varón al que ella había idolatrado y a quien iba a echar mucho de menos el resto de los días que Dios quisiera tenerla en esta tierra, donde ya ningún interés podía existir para ella. Como siempre digo, has de moriste para que te valoren y te quieran, aunque te resulte indiferente a esas altura.

Por su parte los hombres acompañaban al difunto al cementerio y hasta que no quedaba enterrado y bien enterrado, ninguno abandonaba el campo santo. La cruz de la caja solía entregarse a alguno de los hijos.

Hoy lo sacan de la vitrina los empleados de la funeraria, lo suben al furgón para acercarlo (al difunto) hasta la iglesia que no suele estar más allá de 30 o 40 metros, sacan una especie de camilla con patas abatibles terminadas en ruedas y así lo llevan hasta el pie del altar; en ocasiones, tras el funeral, algún vivo que quiere hacerse notar, se acerca a la caja e invita a otros a sacarla a hombros hasta el furgón. Y desde la puerta de la iglesia, en el cómodo furgón funerario, hasta el sepulcro.

En mi infancia había un aprendizaje de la muerte, la muerte tenía una proyección social que hoy se está perdiendo en favor de la privaticidad, que no va más allá que el repaso de las esquelas del periódico y la presencia, si conviene, en el entierro. En todas las épocas la juventud se ha preocupado poco o nada del menor de todos los males (como decía Bacón), la muerte, pero hoy tengo la sensación (parafraseando a Dante), que la juventud no tiene la esperanza de la muerte, es como si ellos, en el momento de nacer, no hubieran llegado a un acuerdo con la muerte, pese a que inconscientemente hoy la buscan por muchos y más fáciles caminos que antes; a las cifras me remito.

Antes se guardaba el luto. Las mujeres riguroso negro y para los hombres, corbata negra, brazalete del mismo color o un botón negro en el ojal de la chaqueta. No acudir al cine ni a otros espectáculos formaba parte del luto.

Los entierros de entonces eran mucho más bonitos, más humanos, había en ellos más delicadeza y menos indiferencia. En los de hoy, como en todo lo que nos rodea, solo hay prisa; en este caso, la de quitarse el muerto.

Alguien me contó que vio en un cementerio una lápida cubierta por un espejo donde todo aquél que se acercaba podía leer:

-Aquí yace el que ves

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28.-El Sol de Antequera.

El Sol de Antequera, decano de la prensa malagueña, fue fundado en 1918, más de cuatro mil números y alguna centena han salido a la calle. Su director actual D. Ángel Guerrero Fernández lo cuida y lo mima y, lo ha transformado, como podemos leer en el subtítulo, en la Institución predilecta de la ciudad de Antequera.

Puedo decir con orgullo y con agradecimiento que llevo muchos años suscrito a él, posiblemente en torno a los cuarenta años, casi toda mi vida.

Me comentaban hace algunos días, en una conversación sobre nuestro semanario, que a principios del siglo pasado, en un pueblecito minero de la provincia de Almería se llegaron a publicar hasta tres semanarios a la vez. Que hoy, con la televisión que todo lo destruye y con la escasa afición que hay a la lectura (que no sea la deportiva y la rosa), se publique y se mantenga un semanario como este, tiene, al menos para mi, mucho mayor mérito que lo referido de antaño. Por eso mis felicitaciones para su director y su plantilla de trabajadores.

Para los que vivimos fuera de Antequera, recibir este semanario, aunque sea con retraso, es todo un anhelo semanal. Decía Balzac que lo mejor de la vida son las ilusiones de la vida y, qué duda cabe, que recibir noticias de mi pueblo es una ilusión informativa, que sirve para no despojarte de todo lo que me vio nacer y crecer, y mantener viva la sensación de no haber abandonado ni a mi tierra ni a sus habitantes.

La empiezo a leer por las esquelas, quizá el motivo de este introito no sea otro, que mi generación esté llegando a ese punto en el que empieza asentirse mayor, y como un acto reflejo, persigas no

faltar a la despedida de alguno de los que la componen, aunque sea con un simple recuerdo al leer su nombre. Después caen todas las demás páginas.

Las ideas, las nuevas ideas son diamantes puros, a los que sin duda alguna hay que darles la bienvenida; pero no hay que despreciar lo antiguo, para mi tiene mucho valor, no he dicho viejo, y mucho menos, cuando, además, ese decano sirve para mantenernos al día a aquellos que añoramos nuestra ciudad.

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29.-Los cines de verano

Todos los cines de verano que alimentaron de imágenes, sueños e de ilusiones nuestros virginales cerebros han desaparecido. El cine Cruz Blanca y el cine San Pedro ambos de Don Cayetano Romero, el cine Carrera, el Plaza de Toros y el Ideal Cinema.

Ir a un cine de verano tenía sus ventajas, pero también tenía inconvenientes. Podías comer pipas, te podías inflar a comer pipas, si el bolsillo te lo permitía, a dos reales el cartucho. Cacahuetes, piñones, garbanzos torraos, chufas, era lo que había entonces; afortunadamente no existían las “chuches” de ahora a las que les han adelgazado el nombre (como a casi todo, la “seño”, el “recre”, las “mate”, las “vacas”, los “debe”), mientras que a sus pequeños e inactivos consumidores les aumenta el perímetro.

Si eras un poco tiquis miquis te daban la película. Como a un amigo mio, para quien lo de las pipas era un auténtico suplicio, pues tener que soportar millones de “cric” salidos de decenas de bocas, era superior a su capacidad de aguante. Yo le decía que comiera él también, pero ni así. En los cines de invierno, donde no se podían comer pipas, su enemigo eran los chicles; aquellos chicles “bazoka”, una autentica prueba de fuego para la dentadura, aquella que soportaba los tres o cuatro primeras mordidas, no había duda, sería eternas y sin necesidad de gastar en el dentista.

Ver la película en una tumbona de playa era otra de la ventajas. Por contra, la megafonía, que solía ser de peor calidad (y si a esto se añadían los comentarios en voz alta a los que eramos más proclives por tener la sensación de que estábamos en la calle), era, al menos para mi, uno de los mayores inconvenientes de los cines de verano, pues siempre me ha gustado ver y oír.

Al final, para apagar la sed de las pipas, la gaseosa, con abundante carbónico, lo que permitía, a los más cafres, competir por el regüeldo más bestia. Recuerdo uno al que sólo le faltó el fuego.

Ser vecino de un cine de verano era como tener una abono para todo el verano. El inconveniente era para el que trataba de dormir con la ventana abierta, máxime el día que había sesión doble.

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30.-Las casas

Cada día quedan menos. Casa unifamiliares, planta baja, un piso y las cámaras. Fachada a la calle con puerta principal flanqueadas por dos rejas en el bajo, tres balcones en el primer piso y otros tres balcones o ventanas a la altura de las cámaras.

Un pequeño zaguán tras la puerta principal, limitado por otra puerta menos fuerte y más artística, con mirilla, aldaba y timbre como los de las bicicletas, que años más tarde se suplió con el timbre eléctrico. Tras la puerta un distribuidor: con la escalera que daba acceso a la primera planta y a las cámaras, la entrada al patio y a la cocina, y las habitaciones que daban la fachada principal, un gabinete para recibir a las visitas, el cuarto de estar y un pequeño retrete con un lavabo en el patio. Al otro lado del patio la despensa y el saladero.

En la primera planta estaban los dormitorios y el cuarto de baño. Los dormitorios con sus camas y colchones, los ventiladores en el techo y los roperos. Las camas de hierro pintado de negro y rematadas por adornos de cobre. Las colchonetas elásticas y los colchones de lana que en verano nos proporcionaban calor pero en invierno servían para arroparnos. Las mantas que te proporcionaba abrigo y peso. Los armarios donde se tenía guardada lo ropa de la temporada, mientras que la restante se guardaba limpia y alcanforada en baúles.

No faltaban las escupideras o jarros de mear (para aguas menores) que te evitaban, el las frías noches del invierno, tener que acudir al gélido cuarto de baño. Las utilizabas de rodillas en la cama, con el inconveniente de poder perder el equilibrio (los colchones y colchonetas de antaño no tenía la tersura de los de ahora), y arrojar su contenido en la cama, o bien, y era la forma menos arriesgada, te ponías de puntillas en el suelo (para evitar su frialdad en la totalidad del pie), con las rodillas apoyadas en la colchoneta y el jarro entre éstas. Así hacías tus necesidades en aquella edad que la necesidad tocaba pocas veces a nuestra puerta a lo largo de la noche. Siempre salpicabas algo fuera, pero muy especialmente cuando el despertador ponía punto final a tu sueño y te pillaba siempre con la tienda de campaña.

El cuarto de baño, glacial en invierno, fresco en verano, era sencillo, sin piezas galácticas. Un retrete con su cisterna cuya cadena solía estar todo el años rompiéndose; un bidé que siempre se ha dicho que era para las mujeres, pero que es muy práctico para quien tiene pelos en salva sea la parte para después de hacer aguas mayores; un lavabo y una bañera. Sí una bañera monda y lironda, a la cual, como mucho, le podía salir una tubería por la parte más ancha con una alcachofa como remate. Un espejo, una repisa de cerámica o de cristal y un armario para los útiles propios y para meter las pocas medicinas que se utilizaban entonces, completaban la decoración.

Rematando la casa estaba la cámara. Espacio por lo general abuhardillado por efecto de las cubierta de la casa. Tenía dos fines: si tenías alguna tierra era el lugar donde guardar el grano. Si no tenías tierra, que era lo más frecuente, servía para guardar todos los trastos viejos que había producido la casa desde su construcción.

Y para terminar, el patio, con cientos de macetas y un jazmín o un galán de noche, o ambos. Era la zona preferida por las mujeres, pese al trabajo que les proporcionaba. Pero no era su obligación, se trataba de su afición, su entretenimiento, su pasatiempo, su propensión, su gusto, su distracción, su hobby como diríamos ahora. Nadie se lo imponía ni le pedía cuentas sobre su estado y el de las plantas, pero los mantenían inmaculados.

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31.-José Luis y su Guitarra

Escribía Cervantes que “donde hay música no puede haber cosa mala”. Es una opinión muy respetable, aún incluso sin tener en cuenta quien la escribió. Pero no siempre es así.

No es menos cierto que la música es un arte complejo, profundo y misterioso, esto creo que lo decía Lopoldo Stokowski; mientras que don Luis van Beethoven nos recordaba que la música es una revelación más excelsa que todas las sabidurías y las filosofías. Verlaine, el poeta romántico simbolista de la musicalidad y el erotismo en la poesía, decía, conciso como un rapsoda: “la música ante todo”; es lo mismo que hoy dicen millones de adolescentes ante un ricitos que mueve el trasero como lo pueda hacer una mulata del Caribe o brasileña (salvando las distancias entre estas y el ricitos), a la vez que, con voz atiplada, recita cualquier estribillo acompañado de algunos sones. Se las saben todas (las canciones), incluso antes de que salgan al mercado; son capaces del delirio ante el gesto de quitarse el pelo de la cara (como nosotros lo pudimos ser ante Gilda quitándose el guante), o descubrirse un trozo de su torso como quien no quiere la cosa. Hasta lloran. Lo que desconozco es qué tipo de sentimiento es el que, ante el espectáculo contorsionista de cantante de moda, les incita al lloro.

Nada de esto es nuevo. En mi adolescencia ya había quienes delante de los Beatles o de Elvis (nada más y nada menos) se tiraban de los pelos o se desmayaban. Eran menos las que así lo hacían y no tan tiernas como ahora.

En aquella feria del mes de agosto, de hace ya algunos años, no faltó tampoco, como siempre, la banda sonora, la desagradable banda sonora de los feriantes de los columpios, a todo volumen por un mínimo de cuatro bafles por columpio; era imposible elevar más su volumen. Aquel año hubo unanimidad en la canción escogida, o no tenían otro disco. El cantante era José Luis (y su guitarra) y la canción “Mariquita, chiquita y bonita”.

En aquella feria del mes de agosto no faltaron los puestos de patatas fritas a la entrada y las insoportables bolas de algodón de azúcar engarzadas en un junco seco que se te quedaba pegado hasta las orejas cuando abrías la boca y dabas un bocado al aire; era más práctico comer patatas fritas. Estos puestos no tenían música, pero al fondo se oían José Luis y su guitarra.

Tampoco olvidaron volver un año más las casetas de tiro, donde con una escopeta de plomos y un poco de buen tino, tirabas unas bolas de anís (masticables) o rompías un palillo con lo que ganabas la chuchería que colgaba de él. Al fondo Mariquita…

No faltó aquél año el revoloteo de las faldas de las niñas en las barquillas, los “topetazós” que recibían en los coches de choque; digo yo que deberían de gustarle (algo hitchcokdiano), pues, pese a las caras que ponían (de pocos amigos) cuando las empitonábamos dos o más coches a la vez o cuando le dabas un sutil toque en el lateral trasero, repetía una y otra vez el paseo. Y Mariquita en plena trompa de Eustaquio. Las barcazas y los gritos de las jovencitas y Mariquita. Los caballitos con los papás y los nerviosos e inquietos niños que no esperaban a que se para el columpio para subirse ni a que el anterior ocupante del caballito se bajara y José Luis y su guitarra.

Al fondo del ferial el circo para los niños y el Teatro chino de Manolita Chen, la primer transexual español, lo máximo que se permitía en materia de destape y de insinuante ordinariez y, hasta allí, también llegaban las notas de Mariquita chiquita y bonita.

La música no es cosa mala, pero Mariquita bonita y chiquita a millones de decibelios por encima del máximo soportable por el oído humano es un auténtico martirio, una tortura un tormento que cuando eres joven tienes que sufrir si quieres ir a los cacharritos de la feria y lo mismo ocurre cuando eres padre y llevas a tus hijos a los columpios. Siempre me he preguntado cual es el motivo de este martirio, pues ni de joven ni de niño lo que lleva a los columpios no es la música.

Y una pregunta: ¿es que los alcaldes y los concejales de festejos no tienen hijos o es que no les guata la feria? ¿serán, por ventura, sordos?

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32.-La biblioteca de la Caja de Ahorros

La señorita Rafi Vallespín, con una delicadeza propia de quien ama a los libros, cosa que se nota enseguida, cuidaba el orden de aquella biblioteca, donde un libro jamás estaba fuera de su sitio, ni el que estuvieras leyendo.

Todos los libros estaban fichados y archivados de dos formas: por autor o por el nombre de la obra; junto a estos fundamentales datos, encontrabas la edición y el año, la editorial, la ciudad donde se editó y el lugar de ubicación del libro en la biblioteca.

Entrando a la izquierda se encontraban estas fichas, allí pedias la referencia y la señorita Rafi te lo proporcionaba, bien para su lectura en la misma biblioteca o para hacerlo en tu casa; no todos los libros podías llevártelos a tu casa.

Había por aquél entonces unos 12000 volúmenes, lo que a mi me parecía una barbaridad; todos, como he dicho, en su sitio, y un sitio para cada libro; estaban ordenados por materias: poesía, teatro, ensayo, novela…

La biblioteca era como un santuario. Allí no se podía hablar, ni mucho menos fumar y eso que aún no nos ponían en los paquetes de cigarrillos que el fumar mata y cosas tan agradables o similares (también matan los coches y no los venden con recomendaciones semejantes); no se dan cuenta que lo que puedan ahorrar en gasto sanitario en los no fumadores, nos lo habrán de dar en forma de pensión durante más años, además de otros fármacos que con carácter preventivo (para retrasar la muerte) nos irá metiendo la industria farmacéutica, con el fin de alargar nuestra pesada vejez.

Hoy, con más bibliotecas por superficie que nunca, como ha ocurrido con casi todo, se ha desvirtuado también la función de éstas, que se han convertido en un lugar donde se va a estudiar los apuntes (la lacra de nuestra universidad) tomados en clase o fotocopiados; ya casi nadie pide un libro para consultar o para leer. Yo he ido haciendo poco a poco una biblioteca, mi biblioteca, la habitación más noble de mi casa antequerana: 85 metros cuadrados y más de una decena (quizá dos) de miles de libros en sus estanterías, una mesa con papel y lápiz y una buena chimenea; pero sobre todo muchas ganas de divertirme en su interior.

Hoy, como los bancos y tantas otras cosas, aquella biblioteca también se ha fusionado.

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33.-El día de los difuntos

Cuando digo que me gusta ir al cementerio casi nadie me comprende y muchos se llevan las manos a la cara para exclamar ¡por Dios que mal gusto tienes!

Un cementerio, menos el día de los difuntos, es un lugar de paz, sosiego, quietud, calma, que invita a pensar mientras paseas.

Es cierto que en los cementerios se ha perdido el buen gusto y predomina, no el de la persona que encarga la parcela, sino el del marmolista que ofrece lo que tiene según su gusto u otro más vulgares y, en ocasiones, el horrendo disparate de decorar la lápida con los colores del equipo de futbol de los amores del difunto. Las flores de plástico han sustituido a las naturales. Ya nada nos recuerda a aquellos cementerios decimonónicos, llenos de esculturas, como el antiguo cementerio de Recoleta de Buenos Aires (rodeado de restaurantes), el cementerio barcelonés de Monjuich, el de Comillas (también modernista), el primer patio del Cementerio de Granada, ese curioso cementerio circular de la Habana donde acuden las mujeres cubanas que desean quedarse embarazadas, o el cementerio de Los Placeres, en Lisboa, donde yacen los restos de Pessoa .

Hoy podemos ver muchas fotos pegadas a la lápida, como si no bastara el nombre; con dedicatorias para todos los gustos. La más frecuente:

-“Tu mujer e hijos no te olvidan”

Con menos frecuencia poder leer:

-“Tu esposo e hijos no te olvidan”; por una sencilla razón, nos morimos antes que ellas.

A nadie se le ha ocurrido copiar (o al menos yo no lo he visto), la leyenda de la tumba de Groucho Marx:

-“Perdone señora que no me levante”

Ni la del marqués de Sade: -“Si no viví más fue porque no me dio tiempo”

Ni la de don Miguel de Unamuno:

-“Solo le pido a Dios que tenga piedad del alma de este ateo”

O aquellos otro que alguien contó:

-“Lo pasado pasado está, lo que importa es el futuro”

-A la memoria de mi hijo. Espero que ahora deje de salir por la noche.

-“Vine al mundo sin que nadie me pidieran permiso y así me marché”

Me gusta acudir al cementerio, aunque sea el día de los difuntos, y ver hacendosas a las mujeres enjaezar, como si de una fiesta se tratase, las tumbas donde descansa lo único que dejaron en este mundo quienes murieron, sus huesos; pero también supieron dejar el recuerdo, por eso están allí sus hijos, padres, esposos o hermanos, pues mientras alguien los tengan en su memoria no habrán muerto del todo.

Estaba viviendo y trabajando en Sevilla, con la relaciones rotas con Trini. Era el día de los Difuntos, yo subía en un dos caballos al cementerio con la ventanilla levantada (abierta, en el dos caballo las ventanillas se levantaban hacia fuera, no se bajan) y Trini volvía del cementerio; iba comiendo castañas y ni corta ni perezosa, al verme, me arrojó una con tan mala fortuna que casi me deja tuerto. Me bajé del coche enfadado y le dije ¡por chispa no me dejas tuerto! Trini se puso a llorar desconsoladamente, ¡era todo un espectáculo! Por favor, le dije, sube al coche, te llevo y te serenas; así lo hizo y hasta hoy no se ha bajado del coche.

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34.-Industrias Masagar S.l.

Industrias Masagar era el nombre de una fábrica de fideos y pastas que había en la calle Talavera, conocida popularmente como calle del Gato, donde había que entrar, si te acompañaba algún vehículo, marcha atrás, pues después no tenías espacio para dar la vuelta y cargar.

Su nombre se obtenía de la siguiente forma: “Ma” procedía de Francisco Matas Ruiz, y Sagar de Antonio Sánchez-Garrido mi recordado padre.

Cuatro plantas, con su montacargas, y una máquina, que conocíamos como la “loca” por que se ponía a echar fideos y apenas daba tiempo a cortarlos y ponerlos en las bandejas. Con el montacargas se subían y se tendía en los tendederos de madera, de allí se tomaban y se hacían madejas que se situaban en zarzos tejidos con varas y cañas para completar el secado. En canastas de 10 0 12 kilos de peso, se metían en camiones donde cabían 500 canastas o banastas, Curro las llamaba banastas. Yo pensaba que esto de nombrarlas de una u otra forma era como decir bacalao o bacalado. La harina se traía del molino El Dorado, también de la familia y de otros molinos de Antequera.

El encargado era el malogrado tío Paco Reyes. Después la fábrica paso a ser propiedad de mi hermano Antonio, quien la modernizó, tanto en la materia que producía (estrellitas, letras, macarrones…) como en la maquinaria; también cambió las viejas banastas por cajas de cartón.

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35.-La venta callejera

Hoy en las calles sólo suena el rugir de los automóviles y motocicletas y el grito desgarrador de alguna criatura de pocos años que trata de convencer a sus padres de su victimismo. Por tanto muy buena voz deberían tener hoy los pregoneros. Pero tal y como están los tiempos, a una buena voz, hoy, se le puede sacar más rendimiento dedicándola a otra cosa.

La venta callejera, tan frecuente en mi niñez, evitaba muchas veces tener que acercarte a la tienda. Si pasaba el que anunciaba chumbos de la costa, tenías solucionada el postre de ese día; claro, que también tenías garantizado un pertinaz estreñimiento si te pasabas en el número de higos chumbos que ingerías, y como te los vendían pelados solo tenía que pincharlo y al coleto; después venía la visita al médico ante tamaño atranque y la lavativa.

Me contó un cirujano que estando de guardia en el hospital, el médico que había en la puerta le mandó a un estreñido por este motivo; el cirujano llamó al médico y le dijo:

-¿Tienes dedo índice?

-Sí, dos, dijo el interpelado

-Pues sólo tienes que empezar a metérselos por el culo a esa pobre criatura azolvada, para romper el atranque; para esto no se necesita un bisturí.

Nunca me vi en tal situación, pero hasta que rompías el atranque, sentarse en el trono del señor Roca no era precisamente un deleite. Alguna lavativa, no se si por éste u otro motivo, si me aligeraron los bajos en alguna ocasión.

¡Hay molletes calentitos! Anunciaba otro, y estos con los chicharrones de manteca “colorá” y un buen café con leche, era la mejor forma de empezar el día, pues eran capaces de resucitar a un muerto. El pan también lo vendían a diario. Muchos de ellos, sólo con oírlos te permitían saber, de forma más o menos aproximada, la hora.

Otros, en los comienzos del otoño, traían acerolas y con la compra de un cartucho te daban un canuto de caña para tirar el hueso; arma peligrosa con la que no se evitaban bromas y disgustos todos los años. Darle un huesazo a una pobre criatura que ese día pasa por delante de tu casa, encendía la sangre de la victima, y con razón; a mi no me gustaba aquél juguete. Hoy con las acerolas hacen por ahí el pacharán.

También vendían caña de azúcar “cañaduz” que los niños nos gustaba mordisquear hasta sacarle todo el zumo azucarado de su interior.

36.-Las tiendas de comestibles

Había muchísimas tiendas de comestibles en la Antequera de mi niñez. No sabría calcular cuantas, pero muchas, 80 por decir un número que me sabe a muy corto. Había varias en cada calle, cada 100 metros se abría una.

El pescado, la carne y la verdura se solía comprar en el mercado, pero todo lo demás, garbanzo, alubias, arroz, café, azúcar, especias, salazones, conservas, pastas, embutidos, cerillas, aceite, vinagre, estropajos y demás útiles de limpieza… se adquirían en las tiendas de comestibles, las cuales se abastecían en los almacenes como el que tenía mi padre, donde acudían hasta altas horas de la noche, en motocarros, camiones pequeños o incluso en carrillos de mano para transportar lo que adquirían al por mayor y después vendía al detalle.

Hoy la mayoría de aquellas tiendas que se esparcían por toda la ciudad (todo el mundo tenía una tienda a mano), han desaparecido y las pocas que no lo han hecho es porque se han transformado en pequeños supermercados; ¡reciclarse o morir! Las grandes superficies, esos monstruos que han sustituido a los jardines y parques para los paseos, han engullido a aquellos pequeños comercios admirablemente llevados por magníficos profesionales, generalmente atentos y de buen humor con la clientela y, dispuestos a vender a cualquier hora.

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37.-Mamá Pura y mamá Carmen

Mis dos abuelas, es una opinión, eran bastante más inteligentes que mis abuelos.

La abuela Pura era todo bondad, todo cariño, todo corazón y para que no le faltara ningún adorno era además una mujer guapa. Vivía en la calle El Río, en una vieja casa digna de un museo de antigüedades. Dicen que debajo de mil blanqueos de la fachada podían encontrarse las piedras que la mantenían. Tenía un patio con árboles y suelo inclinado a dos o tres niveles.

La abuela Carmen era todo perfección, orden; la reina del orden. Muy inteligente y calculadora, tanto en la economía doméstica como en el hacer cotidiano. Para aquella época era una mujer pudiente. La abuela Pura disponía de una economía más endeble.

Dos abuelas tuve, las dos me cuidaron y me mimaron, las dos, como no podía ser de otro modo, también murieron.

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38.-La música en el Paseo del Olmo

Volvemos con la música. Primero pasaba el camión de riego (una auténtica reliquia), que quitaba el polvo del parque donde después acudíamos los antequeranos a pasear y a escuchar piezas de zarzuela, pasodobles, música culta de autores españoles o extranjeros; de todo un poco nos ofrecían aquellos conciertos populares al aire libre de la Banda Municipal.

Era una hermosa y agradable costumbre que también parece haberse perdido hoy día o no coinciden sus conciertos con mis rápidas estancias en Antequera. Aquellas mañanas de domingo, tras la misa, con nuestras mejores galas, el paseo, ese hermoso cielo antequerano que Dios no has dado, el aroma de las flores, los pájaros, el susurro de los árboles y como colofón, llenandonos hasta el alma, el concierto.

Sobre un templete se instalaban los músicos, donde la juventud se mezclaba con la experiencia de 30 o 40 años siendo miembros de la banda. Antes de que el sol calentara en exceso el director levantaba su batuta y comenzaba: tachin, tachin…..que embriagaba nuestros oídos mientras los niños comían un barquillo o un caramelo; el tiempo que les duraba no molestaban ni a los músicos ni a aquél que acudían a escuchar las melodías que salía de los instrumentos de viento (la mayoría) y alguno de percusión que componían la banda municipal.

Hoy con la revitalización de la semana Santa, se han multiplicado las bandas de cornetas y tambores y, parece que ha vuelto la preocupación por el mantenimiento, en buen estado, de las bandas municipales. No debe acabar su trabajo en las procesiones.

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39.-Recuerdos

La nostalgia engendra muchos y buenos recuerdos, y yo no soy una excepción en este menester; llevo 122 folios hablando de ellos y sigo con otros. Recordar, posiblemente, es una forma de mostrar agradecimiento.

Quien no recuerda el Bazar Mejías, con el señor Román, modelo de empresario, emprendedor. Los jardines del Corazón de Jesús y los patos. La alameda con las farolas en el centro.

El viejo Parador de Turismo con sus grandes y cuidados jardines, hoy abandonado. Da pena verlo en el estado en que se encuentra, casi en ruinas. Cuando decías que ibas a comer al parador te miraban de arriba a bajo, aún no entiendo por qué. Con pocas habitaciones pero acogedoras y entrañables, buena comida en la mesa, con una porra Antequerana cercana a la gollería que consigue Trini.

Las monjas de la Inmaculada y sor María Martina. ¡qué buena era! Fray Pedro, cura maestro en los Carmelitas, con su tremenda caña de bambú con la que golpeaba sobre las palmas de las manos abiertas (otros lo hacían sobre los nudillos), horrible castigo cuando hacías méritos para recibirlo, pero peor aún cuando no habías hecho los motivos suficientes para ese cañazo, aunque fuera sobre las palma de la mano. La iglesia de San Isidro, con aquél cura joven llamado Don Miguel, hoy transformada en un bloque de pisos.

Las magníficas clases de matemáticas de Don Alejandro Herrera Durán en la calle Río o las de la señorita Amelia en la calle Cantareros; es que eran muy duras las matemáticas en aquellos años. Recuerdo también las clases de mecanografía que recibí, siendo muy joven, de don José Amat, eran terribles; llenar tres folios con la letra “a”, a cuya tecla debía percutir con el dedo meñique, en aquella máquina de escribir marca Underword o hispano Olivetti, que necesitaban un martillo para hundir la letra elegida, era un auténtico castigo.

Los tres bancos, el Central, el Hispano y el Español de Crédito y la Caja de Ahorros; todos proporcionaban abundante puestos de trabajo; conseguir uno en cualquiera de ellos era un sueño.

La noche de Reyes Magos, con los zapatos limpios y reluciente en el balcón para que supieran que tenían que detenerse en aquella casa y a la mañana siguiente aparecían aquellos juguetes con los que había soñado durante todas las navidades

Los Juegos Reunidos Geiper, con 12, 18, 36 y 52 juegos; creo que los había con 108, lo cual debería ser el delirio, algo celestial para un niño de aquella época. Los juguetes de hojalata, ninguno con pilas, cuerda a lo sumo; el Mecano, aquel juego con el cual podías construir casi todo; los revolver con cartucheras y cinturón, rifles como los de John Wayne, los balones de badana, que salían en la dirección que les apetecía nunca en la que tú pretendías, los caballitos de cartón…

Las muñecas de trapo y los cochecitos de madera para las niñas. El diábolo y aquella pala de madera con un tarugo del mismo material que llevaba un elástico grapado y al cabo de él una pelota de goma; eran juegos de niña, como saltar a la comba o jugar con una pelota tirándola contra la pared mientras se acompañaban de un canturreo y el trabajo que les costaba cuando la pelota la tenían que pasar por debajo de las piernas; habían e recoger la ropa para que la flor de pitiminí no la alcanzaran algunos ojos masculinos pendiente del descuido; repetían una y mil veces el pase por la entre piernas y siempre recogían, con la feminidad que les distinguía, su falda sin dar la menor oportunidad a los mirones; lo mismo ocurría cuando al salir de la comba, ésta les levantaba algo la falda, y ellas flexionando la rodillas y sujetando con las manos la parte posterior de sus vestidos, siempre te dejaban con la miel en la boca.

Las procesiones que hacíamos los niños en vísperas de la Semana Santa. Aún conservo el niño Jesús que posesionábamos montado sobre un trono hecho con las cajas de madera donde venían las latas de atún y el queso.

Quien puede olvidar a aquellos tenores y barítonos de la calle que pregonaban sus productos ¡chumbos de la Costa! ¡cañaduz! ¡membrillos y gamboas! ¡acerolas! ¡moras! ¡granás1 ¡castañas pilongas asadas! ¡molletes! ¡el afilador! ¡se arreglan paraguas y cobres viejos!

No se si los demás lo recordáis, pero yo no he olvidado a aquella zapatería Cumbre, ni a aquella chiquilla arreglando el escaparate, a la que yo iba a recoger todas las tardes. Tenía un jefe con nombre apropiado, se llama Amable, y Charo, para mí modelo de ejemplo a seguir.

En fin, al sur de Europa o al norte de África, según se quiera ver, los primeros asentamientos en la antigua villa de Antikaria, con su magnífica vega, donde bien pudieron parecer Adan y Eva, se asentaron poblaciones en la edad de piedra, de bronce, fenicios, romanos, godos, árabes y castellanos. En las pequeñas huertas de la vega se pierden las raíces de mis antepasados donde vivieron plagas, sequías, sudor y trabajo, mucho trabajo, aislamiento y un recuerdo especial para los antequeranos que formamos la diáspora, por toda España, y en el extranjero desde Europa hasta las antípodas; pero muy especialmente en Cataluña y en Alemania.

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40.-Entrevista a mi tía Sole (cuatro de julio de 1998)

A mi abuela Pura la llamaban la niña Virgen de lo bonita que era. Nació en el campo junta a Pepe Quintana, donde vivía Rafael Sánchez Carmona y Juanita. Vivíó en la primera casa de arriba, subiendo mano izquierda, en la Cuesta de Rojas; después se mudó a una casa más abajo y más tarde a la casa donde nació madre Carmela.

Mi tía Teresa era la mayor de los hermanos de mi padre, estaba casada con Rafael Pérez Alamilla que tras hincarse un clavo de un arado murió de tétanos; tuvieron una hija que nació muerta. Murió hace 14 años, era 20 años mayor que Sole. Mi padre murió a los 69 años de edad en ….

La tía Paca, casada con Antonio Campos un pequeño agricultor, murió con 86 hace dos años; a Antonio mi padre le llamaba el Sandra pues decía Sandra en ver de anda. Tuvieron seis hijos: Loli que murió con 17 años de un problema cardiaco y Antonio, que falleció en Alemania en un accidente de automóvil. Pepe casado con Reme tiene dos niños y dos niñas: José, Juan Carlos, Reme y Eva. Paqui casada con Juan Ruiz, tienen tres hijos: Antonio, David y Trini. Puri está soltera y Carmelita tiene una niña.

Mi tía Concha casada con Juan Prados, tiene en la actualidad 83 años, tiene cuatro hijos: José que le ha dado dos nietos; Juani uno sólo; Manolo le ha dado tres y Antonio ha añadido a la lista de nietos un Jorge y un Federico.

La tía Sole ha tenido tres hijos: Bernardo que falleció en accidente; Sole que cuenta en la actualidad 30 años casada con un sobrino de Pepe Ford, Juan Cuesta; José con dos niñas Cecilia y María Teresa y un varón Bernardo.

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41.-Despedida

En este andar efímero por el mundo etéreo de masas orgánicas organizadas, que piensan, sienten y viven; donde estamos para conseguir, probablemente, un mundo mejor, de recoletos rescoldos, de sentires y anhelos sublimes de felicidad e infelicidades, como el río que nace, donde la persona se fusiona con el entorno y donde se es lo que se hace; una Antequera pujante y dinámica como es ahora, se asienta sobre nuestros antepasados estentóreos y coetáneos, irradiando fulgores de esperanza sobre una base sólida pero de frágil memoria.

En esta despedida inconsecuente, donde no se puede decir aquello que sientes y no sabes expresarlo, queda el áurea traslúcida y opaca del devenir, al que sí convendría proporcionarle museos y salas del ayer, museos y salones de fotos, de enseres, de recuerdos de los que ya no están hoy entre nosotros y, seguramente, mañana lo estarán aún menos, pues ni un leve recuerdo los resucitará por un instante.

Los que aun desconocen, por la edad, la nostalgia, en este mundo sin freno que vivimos, seguramente agradecerán (cuando les llegue el momento), los recuerdos que nosotros hoy les dejamos y que podrán unir, como decía el poeta, al enjambre de abejas irritadas, de un oscuro rincón de la memoria salen a perseguirnos los recuerdos, a sus personales recuerdos, que cuando empiecen a llamar a su puerta lo harán, probablemente, arreciando muy fuerte, si conservan la memoria.

Dejemos memorias del ayer, no porque te lo agradezcan (tu no estarás aquí para poder constatarlo), sino, por que con toda seguridad encontrarán quien las recoja, las acaricie y les ayude a embellecer sus últimos días, pues la memoria, la nostalgia de lo que un día amamos, aunque no fuéramos consciente de ese amor, puede llegar a enriquecer la realidad vivida; o como decía Marcial: poder disfrutar de los recuerdos, es vivir dos veces.

Termino recordando Garcilaso de la Vega, el poeta toledano herido de pasión por doña Isabel Freyre, “Elisa”: ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quería! Juntas estáis en la memoria mía, y con ella en mi muerte conjuradas.

FOTO 1.-Yo soy el primero por la derecha. En mí se apoya Juan de Dios Artacho, al lado mi hermano Antonio, mi madre y mi abuela Pura, madre de mi padre. Delante, mi hermano Juan Carlos. Al lado de mi abuela, mi padre y el cura, mi cuñado Gabriel y mi hermana Mely. Inaguración del Almacen en Calle Merecillas, supongo sería el año 54.

FOTO 2.-Cuando era Hermano Mayo del Niño Perdido, sobre el año 1964.

FOTO 3.-A la derecha mi hermana “la chica”, mi abuelo y abuela por parte de madre, la hermana de mi abuela, Trini, con José en los brazos y Eva en la barriga.

FOTO 4.-Mi padre de torero, el tercero por la derecha, toreó poco, aproximadamente 30 segundos.

ÍNDICE

  1. Prólogo.
  2. Antequera.
  3. El Hoyo Café con leche.
  4. Los braseros de picón.
  5. Los mulos y demás fauna munícipe.
  6. La misa del domingo.
  7. Las calle.
  8. Las colas de la procesión.
  9. Los corsarios.
  10. La tienda.
  11. El viejo Mauli.
  12. La Mallorquina.
  13. Los toros, por decir algo.
  14. El salón Rodas.
  15. La matanza.
  16. El viejo instituto.
  17. La cocina y la lavadora.
  18. Juanillo de la arena.
  19. El cementerio de los moros.
  20. Ramón el relojero.
  21. Aquél Jueves Santo.
  22. Don José García Berdoy.
  23. La lechería.
  24. Los inefables hermanos Nateras.
  25. El jardín del mapa.
  26. La calle Merecillas.
  27. Los entierros de antes.
  28. El Sol de Antequera.
  29. Los cines de verano.
  30. Las casas.
  31. José Luis y su guitarra.
  32. Biblioteca antequerana de la Caja de Ahorros.
  33. El día de los difuntos.
  34. La industria Masagar.
  35. La venta callejera.
  36. Las tiendas de comestibles.
  37. Mamá Pura y mamá Carmen.
  38. La música en el paseo del Olmo.
  39. Recuerdos conglomerados.
  40. Entrevista con mi tía Sole.
  41. Despedida.

8 respuestas a Recuerdos de anteayer

  1. Anónimo dijo:

    Fluidez, amenidad, … ¡buena prosa!

  2. lola dijo:

    Hola, buenos días, estoy escribiendo la historia de mi familia antequerana. He llegado a un punto en el que he encontrado donde vivió por última vez mi bisabuela(calle merecillas, 4). Por mi imposibilidad de viajar más a ese maravilloso lugar, internet es lo único que a diario puedo leer para seguir mi investigación. Me gustaría saber si ud. ya que también conoce la historia de esa calle si por casualidad me podría ayudar en mi investigación y si por suerte sabe algo de esa casa y sobre todo quién vivió allí sobre los años 30-40, muchas gracias y enhorabuena por el blog. Un saludo Lola Montero.

    • José Luis Sánchez-Garrido y Reyes dijo:

      BUENOS DIAS SRTA. LOLA MONTERO. RUEGO ME FACILITE EL NOMBRE Y APELLIDOS DE SU BISABUELO, ASI COMO SU PROFESION, Y SI SABÍA EL NUMERO DE LA CASA, ES PARA PREGUNTAR A ALGUNO DE LOS VECINOS ANTIGUOS.

      ESPERO SUS NOTICIAS. QUE LE VAYA BIEN SU INVESTIGACIÓN.

      SALUDOS.-JLsÁNCHEZ-GARRIDO

  3. lola dijo:

    Me alegra saber que me puede ayudar a saber algo más de mi familia antequerana. Mi bisabuela se llamaba María de la Concepción Montero Rubio y su último domicilio (visto en su certificado de defunción) fue en la calle merecillas número 40. Ella falleció en el 1949, con unos 90 años y he oído a mi padre que trabajó en alguna de las fábricas de la lana.
    Por otros documentos que he conseguido, ella tuvo a mi abuelo(José Montero Rubio) en la calle juan casco 33. Mi padre vivió en la calle cuesta salas n 4 aprox.
    He estado un par de veces en el registro histórico de Antequera donde he podido coger alguna que otra información.
    Lo que no me cuadra es que mi abuelo tiene los mismos apellidos que mi bisabuela y en su partida de nacimiento pone que mi bisabuela era viuda de José Soto Rodríguez, aunque no se casó nunca con dicha persona. (sería hijo ilegítimo???)
    Mi padre se fue de Antequera a los 8 meses a Loja, ya que destinaron a mi abuelo a ese pueblo, aunque iban a Antequera a visitar a su abuela.
    Bueno si encontrara alguna información, fotos que tuviera alguna vecina de mi familia y sobre todo de mi bisabuela si algún vecino se acordara de ella y supiera la historia verdadera.
    Muchas gracias por todo. Si ud. prefiere me puede contestar a mi mail.
    Un saludo Lola Montero(antequerana de sangre)

  4. pues acabo de encontrar este blog y estos recuerdos de mi infancia que aunque de Córdoba Montoro y Conil tiene algunas cosas en común. Yo estoy en ello hace años y espero algún día editarlos.

  5. Pingback: EL VIEJO CEMENTERIO MORO. Cometerium Infideles. | LUNA NEGRA. Antequera Insólita.

  6. Anónimo dijo:

    Hace una semana “tropecé” con tú bloc.Me encanta su lectura y tus vivencias.Genial.
    Tropezar no es malo ,encariñarse con la piedra si.En este caso por supuesto que no,enhorabuena.

  7. Juan Antonio Fernandez Molina dijo:

    Buenos días.
    Soy descendiente de familia antequerana, mas concretamente de la familia que residía en los años 50 en la casa anexa a la iglesia, en la calle belén 1, eran la familia Fernández Machuca y De La Vega, la verdad es que sé muy poco sobre mi familia,cómo vivió,y qué ocurrió en aquellos años,por favor si sabe algo al respecto le rogaría que se pusiera en contacto conmigo o me comentará algo. Mi correo es juan_antonio2525@hotmail.com.
    Un saludo y gracias.

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