La fábrica de Capachos de la Iglesia de Santa Clara

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Por José Luis Sánchez-Garrido y Reyes
Miércoles, 10 de agosto de 2016

Los recuerdos solo los tengo de algunas secuencias concretas. Yo tendría aproximadamente 10-11 años, estimo. No afirmo, diremos más o menos.

Mi padre Antonio Sánchez-Garrido Sánchez, había hecho unos Cursillos de Cristiandad, con un grupo de antequeranos, y realmente volvió de los mismos bastante cambiado, hay que decirlo. En su manera de pensar.

Recuerdo muy bien el joven rostro del activo párroco de la desaparecida Iglesia de San Isidro, tan cercana a la casa Familiar de Calle Merecillas, del Cura Don Miguel. Muy activo, emprendedor de causas solidarias, y que en alguna foto del Grupo de Cursillistas, que he de buscar, aparece en el centro de la imagen. El cura Don Miguel era ágil y bien plantado, e hizo un trabajo para mi excepcional, era una máquina emprendedora y resolutiva.

Lo que nunca comprendí, ni comprenderé, fue como la picota derribó la Iglesia de San Isidro e hizo un bloque de pisos. La Jerarquía de la Iglesia en Málaga quitó varias iglesias de Antequera, seguramente, o seguro, hizo dinero, pero se cargó un patrimonio artístico y religioso. Se alegó que había muchas Iglesias en Antequera y que las que se derribaban, no tenía interés artístico. Excusas, fue el Obispo o Arzobispo, un demoledor sin sensibilidad de joyas de arte.

Bien, pues la Iglesia de la Calle Santa Clara, no estaba en aquellos tiempos para el culto, estaba cerrada, y sin imágenes, ya hacia unos años que estaba de almacén y vendida a un particular, almacén de maderas.

Hace unos años, en una visita cultural, estuve en la restaurada Iglesia de Santa Clara, con un grupo de Antequeranos, lo leí en El Sol de Antequera, y no quise perdérmelo. Disfruté como un enano, en vez de un bloque de pisos, se ha restaurado, y ha quedado un magnifico edificio, como Sala de Arte y Exposiciones, digno de toda alabanza, maravilloso, con sus dependencias, hoy mermadas de lo que fue Convento, pero recuperándose de manera fidedigna todo lo que ha sido posible.

Al Curso de Cristiandad, dentro del Grupo, había estimo 30 personas, y de ellas, cuando encuentre la foto, en tiempos reconocía a 10-12 grandes amigos de mi padre.

Pues bien, en aquella Iglesia de Santa Clara, cerrada al culto y sin imágenes, a alguien se le ocurrió hacer un Taller de Fabricación Artesanal o manual de CAPACHOS, para las prensas de las Fábricas de Aceite, para las Almazaras.

A la Iglesia iban personas sueltas, y también familias enteras, estaba abierto las 24 horas del día y Sábados y Domingos.

Allí no hacía falta identificarse, solo ir a confeccionar capachos, sin Seguridad Social ni nada, y cualquier día, a cualquier hora, en cualquier momento.

Siempre había un encargado a turno, que entregaba al visitante “el esparto”, debidamente preparado, para con el empezar la confección del capacho para las prensas aceiteras.

Creo recordar que unas familias le enseñaban a otras su confección, o el encargado. Yo recuerdo, que mi padre me enviaba allí, a horas intespectivas, y estaba allí a ratos.

En sillas bajas, los “capacheros y capacheras”, ponían las sillas pegando a la pared de la Iglesia en todo su interior.

El encargado recibía el trabajo, hecho durante unas horas pocas o muchas, de día y de noche. Y los guardaba, a cambio le daba al que los había confeccionado, un ticket, vale por uno, dos o cinco capachos, eran como dinero, vales para cobrar. Tantos capachos, pues su numero en los vales.

Y con ello iban a Calle Merecillas, a la tienda de mi padre, a cobrar, a canjear el vale por dinero. Como la tienda se abría desde las siete de la mañana, por lo menos hasta las 10 de la noche, o quizá se abría antes, y se cerraba después. Pues allí iban las capacheras y capacheros con sus vales, para hacerlos dinero. Había familias enteras por ejemplo que estaban toda la noche haciendo capachos, para poder hacer algún dinero, para comer la familia. Yo respetaba mucho a quien iba a fabricar capachos, un trabajo honesto de muchas horas, aunque ya había verdaderos artistas en calidad y cantidad.

Yo cuando estaba allí, pagaba la confección de los capachos, y a veces cuando no estaba se me requería para que fuese para ello, pues en ocasiones se acumulaba el personal para cobrar.

La misión de mi padre, era sencilla, simplemente pagar, y llevar un Libro Registro con la hora de pago, numero de capachos, numero de personas, y nombre de alguna persona, o si era un grupo.

Después la cuenta era sencilla, con lo pagado durante unos días, entregamos los tickets, y se nos devolvía el dinero. Eramos parte de la estructura de aquella Obra Social.

El encargado enviaba un parte de existencias diario con las entradas y salidas de capachos. Yo iba a la Iglesia de Santa Clara, a comprobar los stock, en cuanto a existencias a sus pagos, y ya de las salidas eran otras personas las que cobraban.

No había beneficio, en la venta, es decir el precio del esparto, más lo que se pagaba en confección, era el precio de venta.

La actividad social estuvo varios años, aunque se me difumina en la mente y tuvo en mi opinión un notorio éxito, a determinadas horas, la iglesia estaba totalmente llena de personas confeccionando capachos, me daba ir cierto temor, viendo a tantas personas afanándose y yo más o menos sin hacer nada. Aunque procuraba ser útil, y por supuesto tratando con todo el respeto del mundo a las personas que allí iban a trabajar.

Un día cerró, no se porque, quizá por pasar de actividad artesanal a industrial, y la artesanía no era competitiva, después han desaparecido salvo algún caso testimonial los capachos, y han desaparecido, los olores que antes tenían las almazaras, y los depósitos de aceite, de cemento o de hierro, hoy son todos de inoxidable y algunos de poliéster, los menos.

Pero si, allí en tiempos muy difíciles, con muchas familias con extremas necesidades, para poder alimentarse, con niños, con bastantes hijos en muchos casos, con humildad y sencillez, iban y agradecían esta oportunidad de hacerse con algún dinerillo, del que tanto necesitaban, para requerimientos elementales mínimos. El corazón y la mente viendo aquello y hablando con los mismos, se te enternecía. Y pensaba, y con razón, que era un privilegiado, porque con mis padres a mis hermanos y yo, nunca tuvimos necesidades, se comía bien, colegios y ropa adecuada. Otras muchísimas familias, lamentablemente, no tenían literalmente ni para comer.

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Una respuesta a La fábrica de Capachos de la Iglesia de Santa Clara

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