Reflexiones en torno a una escupidera

Escupidera

Por José Luis Sánchez-Garrido y Reyes
1 de septiembre de 1982

Hoy buscando en Antequera un papel en viejos archivos, encuentro de todo, menos lo que buscaba, y entre lo encontrado hay dos páginas mecanografiadas, con letra muy apretada, “muy junta”, con tachones, cuyo tema es el arriba indicado y que transcribo, más o menos.

Hace años que no las veo debajo de las camas, muchos años. Antes no había que andar por los pasillos de noche, con el suelo frío, para ir al cuarto de baño. Este problema se viene resolviendo situando el baño junto al dormitorio central, los demás pues que se apañen como puedan.

Las escupideras había que meterlas bien debajo de la cama, no al filo, para que las sabanas colgantes no se bañaran en ellas, tampoco demasiado profundas, para no tener que tenderte en el suelo para con una mano alcanzarlas. Evidentemente no podían ponerse fuera de la cama, pues semidormido podrías muy bien meterle una patada somnolienta, o al dejar la mano fuera de la cama, despertarte de pronto, con la mano metida dentro de la escupidera. Tenía su arte, habia que ponerla en la justa distancia y la misma no fija, dependiendo de la longitud del brazo de titular.

Por ello, normalmente, se colocaban debajo de la cama, en la parte de los pies, y esto también para que los efluvios gaseosos, no te diesen directamente en la cara.

La mayoría de las escupideras no tenían asa se habían roto con el uso por ser una parte muy vulnerable durante la limpieza, eran de loza. Entonces se cogían con las dos manos poniendo los dedos de una mano por debajo del reborde superior y la otra mano pues en la parte opuesta, con los dedos igualmente en dicho reborde. Algunos dedos de una mano, concretamente dos, se quedaban libres para abrir la puerta sin tener que soltar la escupidera.

Al  andar todos  los sentidos entraban en acción, el olor era más intenso ya que con el oleaje  fluía abiertamente, había que estar observando la escupidera, para que no se derramara, y el pasillo, y además como era una operación algo enojosa, pues había que andar un poco de prisa, procurando no ser visualizado por nadie, y de puntillas andando por el frío del suelo y para tener la planta de los pies limpios.  Así que la vista trabajaba, y el tacto, y el oído.

Si  eras un poco brusco, te podías mojar los dedos con alguna salpicadura urinaria. Ello no tenía la menor importancia si la meada era tuya. Pero normalmente los matrimonios tenían una sola escupidera, donde se mezclaban los amarillentos líquidos, tomando un color matrimonial homogéneo.

En las camas de matrimonio, se ponía en el lado de más recatado, se ponían dos en muchos casos, para que la otra parte, no observase la nada edificante operación de llenado de la escupidera.

Había quien meaba a media noche, y no encendía la luz para que no se diese cuenta el conyug@, en este acto vergonzante pero natural, ya que el silbido de la operación era insuficiente para despertar a la otra parte. Había que tener mucho cuidado para no mear fuera del tiesto, frase de muy antiguo utilizada como indicativo de cosas que no deben hacerse.

La meada parcial sobre el suelo, siempre era parcial, pues al salpicar en la pierna, te daba aviso de lo mal que lo estabas haciendo. Y esto tenía muchas repercusiones negativas, lo mas normal, es que lo secaras con los calzoncillos, que eran mucho mas grandes que los de ahora, y si era verano esperar que la calidez de la noche secara el suelo dejando la vespertina mancha amarilla. El pulso y el bien hacer, de los meadores, se observaba mirando el suelo del dormitorio a vez de si observabas alguna parte amarillenta. Los  buenos meadores, tenían buen pulso, apuntaban bien. Nos poníamos en cuclillas, solo apoyando los dedos de los pies en el suelo, si apoyabas toda la planta tenías el riesgo de caerte de espaldas, entonces te echabas un poco para adelante para que las rodillas apoyaran en el somier de la cama. En  esta posición y haciendo fuerza, pues procurabas mear rápido dentro de lo posible. En esta posición y haciendo fuerza, pues era normal, por consiguiente que se produjesen escapes ventosos impúdicos por la parte trasera, alguna vez, que despertaban a todo ser viviente por dormido que estuviese. Y a verdad no es un despertar agradable.

Yo meaba, cuando el hermano de la cama colindante se quedaba dormido pues bueno uno tiene sus pudores. Y lo llamabas, y le preguntabas si estaba dormido, sino te contestaba, era porque probablemente lo estaba.

Nunca, nunca comprendí porque se llamaban escupideras, cuando nadie escupía, lo lógico eran llamarse meaderas.

Casi todas estaban “cascadas”, es decir por una  cosa u otra, había recibido algún que otro golpe, y la loza se encontraba fisurada, pero sin salirse el amarillento líquido.

Cuando las escupideras viejas dejaban de servir, se ponían en el fondo de la basura, para que no se viesen. Se aprovechaban mucho al no verse y estar debajo de la cama.

A mi nunca me ha gustado una escupidera, dentro de la  mesilla de noche, era  propio de pensiones, para no fregar debajo de la cama, pero la madera donde se depositaba en la mesilla de noche a escupidera, pues se estropeaba y daba un olor feo, no era una operación limpia.

Por la mañana cada uno ponía alineada su escupidera, en la puerta de cuarto de baño, por la sencilla razón que con tantos hermanos, siempre estaba ocupado, iba por turno, y mientras se desayunaba. Viendo las escupideras alineada, ya sabías si todos estaban levantados o no, y observabas con curiosidad, quien era el mayor meón nocturno. Por el color de las meadas las madres determinaba  si alguno tenía que ir al médico: Fulano tiene unos orines que no me gustan nada, están “escoloríos” tienen un color raro.

Y los de Pepe (era yo) es muy preocupante tienen color verde.

No te preocupes madre –le decía- es que sin darme cuenta se me cayó  un caramelo de  menta. Y no era cosa de ir a buscarlo.

¡Este Pepe! –contestaba.

Era  sencillamente un espectáculo muy bonito e impresionante ver todas las escupideras alineadas, cada una en su sitio  y con orden, no había traslocación, por orden de edades.    Ademas cada uno tenía su escupidera, esta no se intercambiaba por nada del mundo, era patrimonio personal, igual que las cucharas y el tenedor, cada uno tenía su señal en la cuchara, para saber que era suya. Esto se ha perdido, ahora las cucharas no son personales, son universales.

Parece ser que había escupideras de lujo, con bellos grabados, verdaderas joyas, a mí la verdad, no creo que sea lo más adecuado para invertir , que quieres que te diga..

Lo que no soportaba, era una escupidera de plástico, por favor no, pesan poco, son fácil de volcarse por consiguiente, y además mantienen olores, sin duda. Cuando aparecieron las de plástico, fue el preludio de su extinción de la mayor parte de mundo, millones de escupideras han quedado sin trabajo y sin posible uso. Porque de macetero, la verdad que no pegan.

Mi hermana la Pequeña, me ha regalado hace años una soberbia escupidera nueva de bronce, en recuerdo de tiempos pasados que anda por ahí, realmente está, pero no se donde.

Solo los niños pequeñitos mean en escupidera. Lo que nunca se debe hacer en una escupidera, es la marranada, de hacer caca. Eso es una barbaridad, bárbara. La escupidera es para mear. Hacer caquita, o no tan caquita es una aberración monstruosa en todos los niveles. Pues bueno ha ocurrido.

Ahora en los cuartos de baño, hay toallas, antes no, antes había “toballas”, y los colchones de las camas eran de lana de borrego, como Dios manda, y uno se metía en un hoyo, con la medida y forma del dormir de cada cual.

Normalmente cuando se meaba uno se miraba, el meador observado sin duda era un sufridor.

Las escupideras tenían  color “paizo”,  no existe que yo sepa ningún museo nacional de la escupidera, y mira que hay museos de todo. Tampoco se sabe quién fue el inventor de a misma, ni quien fue el primero en dejar de usarla. Se sabe poco, no se sabe desde donde hasta cuando fue el reinado de la misma. Ni hay censos del paró que provocó su falta de ventas.

Hoy día, realmente no sabemos lo que meamos, pues no hay cuenta litros alguno, es mas ya no observamos atentamente el color, da igual. Ahora hace poco, conocí a uno que vende un ingrediente para el agua que beben las vacas con lo cual consiguen que los orines huelan a perfume.  Ahora creo yo que se mea más de día, con la consiguiente pérdida de tiempo dentro de la jornada laboral. ¿Cuántos minutos se pierden en la oficina entre idas y venidas? Pues tampoco hay censos.

Ha desaparecido entre unas cosas y otras el olor artificial a gambas. Esto está cambiando mucho, antes de calzoncillos se cambiaba uno los sábados y no había lavadoras y ahora todos los días.

Ahora debajo de la cama, en vez de escupideras, tenemos canapé, palabra que no sé, parece un aperitivo, y en vez de orina almacenan polvo. Ya no tenemos camas altas, grandes, pesadas, magnificas, ahora ya es que no hay ni somieres, desaparecieron los colchones de lana de oveja, y la “perilla” para encender la luz, ¡han cambiado tantas cosas!

Yo también he cambiado algo de ser un niño mas o menos vivaz, a ser un niño con 70 años casi.

Amen.

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Una respuesta a Reflexiones en torno a una escupidera

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