Las Aplicaciones Aéreas de Fertilizantes Líquidos



Por José Luis Sánchez-Garrido y Reyes
2 de julio de 2013

En esta noche, ya realmente estamos a día 2 de julio, han pasado largamente las 12 de la noche, me encuentro en casa, Trini durmiendo, yo escribiendo algo antes de dormir. Como medicamento tranquilizante anímico.

Mientras miraba la televisión, sin verla, mientras escuchaba la televisión, sin oírla, me viene a la memoria las aplicaciones aéreas de Solución Nitrogenada N-32, en el año 1966, 1967, 1968, en la provincia de Sevilla.

Entonces los aviones volaban aplicando fertilizante, y lo hacían de forma importante en años lluviosos, que era lo habitual en Enero-Febrero.

Había en aquellos tiempos, pues seis o siete Compañías de Tratamientos Agrícolas Aéreos, casi todas radicantes en Andalucía,  y en Andalucía Occidental,  recuerdo una que era de Linares: Tratamientos Ortiz, creo que se llamaba, muy seria y cumplidora.

Después dejaron de utilizarse, para el abonado   ahora tengo pocos datos de cuanto se hará.  Hoy día las modernas abonadoras hacen las operaciones muy rápidamente.

Hoy hay, 10 avionetas en pistas, me contaba por entonces el Sr. Antonio Sarria. Si el tiempo nos deja, hoy saldrán  al menos 300 tdas de líquido.

Eran días de amaneceres, donde los pilotos calentaban motores y esperaba a que saliese el sol y no hubiese viento. A los pilotos le acompañaba una corte de personajes. El dueño de la finca, el encargado, los señaleros, el mecánico o mecánicos del avión, el piloto, el otro agricultor que espera para abonar desde la misma pista. El perito de la casa proveedora. Y quizá más.

Los pilotos de aquellos tiempos tenían una madera especial, había algunos que eran dueños de su avión y eran pilotos y empresarios. Otros que teniendo su propio avión, volaban por cuenta de alguna Compañía.

Especialmente nunca se me ha olvidado el Sr. Sebastián Almagro Castellanos, que era todo una institución, con proyectos de tener su propio aeropuerto en Palma del Rio, y que siempre adquiría las avionetas más modernas, las más adelantadas. Sebastián participaba en muchos concursos de piruetas aéreas, que daban escalofríos, y soñaba en una Empresa aérea grande que hoy su familia la continua y que es única en Andalucía que yo sepa.

La típica era la Piper Pawne  ó Pawni,  con deposito de 300 litros, después modelos de 400 litros, de 500 litros y si mal no recuerdo hasta de 700 litros, que no se podían llenar de abono pues serían 1000 kilos y las avionetas no podían con ello.

Los pilotos, con tanta carga en el morro y con el enorme motor, aterrizaban en pistas improvisadas, que le preparaban con tractores, pistas de todo menos seguras, salvo excepciones.

Eran en general personas alegres, que cuando tenían un buen día ganaban bastante dinero,  y el que gana rápido gasta rápido, por lo general. En comidas y bebidas y alguna que otra Sala de Fiestas, eran los días que al día siguiente sabían que no volaban.

En la relación de personas junto al avión, había más de las que he nombrado, pues era habitual tener un camión o dos de N-32, de 12 toneladas, y las “piscinas”, o “balsas”, llenas de Abono Liquido, eran como colchones, que en vez de lana, se llenaban de abono líquido,  generalmente de butilo, con su malla externa, para que no terminase inflándose demasiado y se hiciera un balón, y siguiese con la forma de colchón. Y que a veces se pinchaban,  y se quitaba el pinchazo clavando un palito en el agujero.

Y allí se llenaban con una motobomba con motor Bright Stration, que unas veces arrancaba pronto, y otras no arrancaba nunca, con gasolina, y una pequeña bomba de aluminio. Y a tirar de la cuerda, una y otra vez, hasta que el motor arrancaba, entonces se aceleraba con la mano,  formando un estrepitoso ruido.

Un avión podía aplicar al día desde nada, por el viento, hasta 20-30 toneladas, porque lo parase el viento, y si el día era bueno hasta 50-60 tdas. si mal no recuerdo. El problema era todo, la fábrica que no producía más, camiones cisterna que no se encontraban, camiones cisterna que por el viento quedaban varados en la pista, igual que las ballenas en las playas.

La fábrica Amonesa, en Málaga, cargaba los líquidos de noche y de día, los sábados y los domingos, para dar servicio. Nuestro competidor terrible la urea solida también por avión.

A las avionetas se le quitaban la boquillas completas, es más para el abono, sencillamente llevaban una barra perforada con taladros de un centímetro cada medio metro.

Era muy importante el tiempo de llenado, llevaban los pilotos, sus propias y poderosas motobombas para tal menester,  y sus depósitos de combustible en Land Rover, depósitos de 200 litros.

Los señaleros con una caña larga, y un trapo en el extremo se ponían en la linde de la parcela, para  que el piloto, al hacer las pasadas contiguas, no dejase franjas sin abonar, cuando pasaba el avión bañándolos de abono, se movían un numero de pasos hacia la nueva posición.

Había pilotos de reputada fama de buenos, de curiosos, los cuales tenían cola de peticiones, y el agricultor esperaba, “pues a mí el abono, me lo tiene que tirar, tal piloto”. Y otros pues lo que pasa siempre nadie los quería. O poco menos, pues después en la bulla, todos trabajaban.

Eran días de incertidumbre a lo mejor venía el día bueno, y si había suerte con los suministros podrías batir un record de aplicación, pero si el día era malo y no se recibía el abono, las maldiciones del piloto, y del dueño de la finca y del encargado, podrían ser terribles.

Con mi áaquina Yashica Reflex, que aún conservo, y que era una joya en aquellos tiempos, hacía mis fotos en blanco y negro.

Un día en El Coronil, metido en el campo, metido entre el trigo, vi venir a la avioneta majestuosa, a la altura apropiada sin viento, y soltando de forma homogénea  una manta de abono líquido. Así que no me quité de su trayectoria, e hice una foto muy bonita, una foto, que después ampliada a mural, ha decorado muchos sitios en Fabrica, en despachos de clientes, que le había enamorado la foto del “avión”.

El avión pasó exactamente por encima de mí mientras yo seguía haciendo fotos a la lluvia de abono,  alguna gota cayó sobre el cristal de la lente, sin darme cuenta, y dejando la lente manchada para siempre, pero ello no obsta de que siguiera haciendo buenas fotos.

En aquellos amaneceres fríos, tomando en alguna venta los cafés calientes,  y con el rocío de la mañana, pegándose la tierra mojada a la botas camperas, pues tuve mucho amigos, muchos días de teléfono inmóvil, de teléfono de cable y de esperas para que te pusieran una conferencia, y de petición de tickets para justificar el no barato importe.

Eran los pilotos como los toreros, valientes y osados, y se jugaban la vida, caerse con 500 kilos de carga, no era nada difícil, despegar en aquellas pistas suicidas, tampoco, chocar con algún cable, al atardecer entre luces, tampoco. Seguramente después de la tensión y el miedo, lo compensaban con el whisky, y quizá con ir a ver algún espectáculo en alguna Sala de Fiestas, como la Venta Eritaña, o la Venta Abajo. O algún sitio sevillano de los varios que había en aquellos entonces, tal como “La Marina”, en Calle Velarde, la copa y la conversación, alejar el miedo,  y no pensar en el mañana, con su nueva  aventura de avionetas inseguras. Lamentablemente varios perdieron su vida.

Yo era amigo de los pilotospues nos caíamos bien. Aunque no estaba demasiado con ellos, porque pronto fui secuestrado por los papeles, por los informes continuos que me pedían desde Central, por el teléfono, y por las visitas de uno a uno todos los Jefes de todas las centrales del mundo. Que hacían la escaramuza, de ir a Sevilla, a ver Abonos Líquidos, lo que nadie conocía. Y solo unos pocos trabajamos con ellos.

Antonio Sarria y yo trabajábamos codo con codo, el como hombre de campo, y yo al peor de los sitios el hombre de los papeles. Y al campo cada vez que podía. Hicimos muchas cosas de nuevas tecnologías, diremos con cierta fuerza, con diremos medida temeridad, ante lo desconocido. Y lleno de dudas, si podíamos cargarnos el cultivo o no, si podíamos estropear para siempre la maquinaria. Aprendimos equivocándonos una veces, y otras triunfando.

Y aunque en los primeros años de trabajo me entretuve en hacer dos millones de kilómetros, pronto dejé el coche, pronto empecé a ser transportado como paquete, quizá a los 30 años empezaron a transportarme, hasta hoy. Conduzco poco, siempre me llevan, o me las apaño que me lleven.

Y me viene a la cabeza las avionetas, surcando el cielo, su ruido, su desplazamiento a pocos metros de cultivo, y a la altura de los cables, de los caminos malos, donde el “Dos Caballos”  se atascaba, aunque era un portento. De las inquietudes.

Hoy Trini, me comentaba que ella había empezado a trabajar en la Zapatillera, en Antequera con 13 años y que su madre iba a cobrar el sueldo de Trini los días 10-11 de cada mes, pues ya no tenían “para comer”,  y nos casamos, y no teníamos lavadora, ni dinero para comprarla, ni televisión en blanco y negro. No teníamos un duro, pero si éramos muy jóvenes, con mucha fuerza  coraje, para bien o para mal. Y no pedíamos nada a nadie, éramos pobres pero orgullosos. Y cuando había una fiesta, era un problema porque no teníamos para ponernos ropa”nueva”.

Pero eso sí, yo al menos miraba al cielo, volando el abono líquido, en amaneceres fríos, con alguna copita de aguardiente para “calentarse”, en caminos perdidos, que ya la memoria falla y desdibuja, aunque mucho he escrito, ni se donde está lo escrito, si es que está, ni lo voy a buscar,  los estudios y análisis sobre la Aviación Agrícola Española. Y veo en mi mente, rostros sin nombre de pilotos afables, perdidos en el infinito.

Buenas noches, me voy a dormir, si es que puedo.

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