Texto integro del Pregón de la Semana Santa de Granada de 2013

Pregon

Este es el texto íntegro del Pregón Oficial de la Semana Santa de Granada de 2013, pronunciado el domingo 17 de febrero en el Teatro Isabel la Católica por la periodista Encarnación Ximénez de Cisneros.

A MODO DE PRESENTACIÓN.

Nací un tanto protestona y un poco depresiva. No es que quiera hablar mal de mí. Es que nací un tanto protestona y un poco depresiva. Y no miro a nadie de mi familia. Eso me hizo perderme muchas cosas, seguramente hermosas, de la vida; perdida en quejas o en buscar mi autoestima. Las cosas son así, no voy a flagelarme; pero es lo bueno que tiene la edad, que vamos aprendiendo.

¿Os podéis creer -¿puedo tutearos, verdad?-, que, incluso, dudé en ir al trayecto de mi vida? Sí, dudé antes de tomar el avión a Tierra Santa, ¿os he contado el viaje? Es broma, me lo habréis escuchado decenas de veces. Y dudé, porque no me creía capaz de ser parte de una gran familia por unos días. Tan acostumbrados estamos a veces a ir de independientes que el trabajo -y hasta el ocio- en equipo, se nos puede hacer cuesta arriba. Por eso, y es mi opinión, no sabemos apreciar como debiéramos la vida de hermandad, el sentido cofrade en su pleno sentido. El hacer de un yo, hasta justificado, un nosotros entrañable. El dejar lo que quiero para pensar en lo que puedo dar; el vernos como únicos para darnos cuenta de que tenemos muchas cosas en común.

Este pregón, ya lo he dicho antes de subir aquí, es la forma más afortunada que tengo para pedir perdón; con el propósito de enmienda que ya hace mucho tiempo me guía. Perdón no por lo que hice, porque sólo se equivoca quien hace cosas, sino por lo que dejé de hacer. Es más fácil quejarse que aportar. Es más fácil lanzar una crítica que arremangarse y ponerse a la tarea. Lo leí en esos envoltorios de azucarillos que tanto nos endulzan las mañanas: “no es cuestión de hacer cosas extraordinarias, sino hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien”. No sé si este pregón será el que más os guste; pero yo sí espero que sea el que esperáis; el que me nace del corazón; el que me hace sentir a gusto en este atril; el que debe justificar que sea yo la que tenga el honor de realizarlo. Sólo eso pretendo. Que no es poco.

Como nací un poco protestona; hoy, para hacer ver mi cambio; voy a quejarme poco -aunque algo me quejaré-. Y como tengo propensión a venirme abajo, aún sin motivo, voy a poner el listón alto. Como dirían mis hermanos, voy a intentar ser como Lucecita, viendo sólo la parte positiva -aunque propondré algunas cosas-. Recordando sólo lo bueno, y también cosas malas que me han permitido mejorar. Porque, no quiero llevaros a engaños, lo mejor ha sido cuando me he dado cuenta de que me equivocaba y cuando he sabido rectificar. Lo mejor ha sido cuando no me he portado adecuadamente, y me he encontrado con vuestra comprensión.

Yo soy mucho de frases. Una, me la enseñó mi hermana Mila y con el paso del tiempo cada vez le doy más valor “ten cuidado con lo que pides, porque igual se te cumple”. Debemos aprender a pedir, pero sabiendo que esta vida no es una cuestión de capricho, aunque nos parezcan adecuados. Esta vida es una cuestión de principios que vamos haciendo a medida que el tiempo pasa y que vamos adaptando. Por eso, aún en los momentos equivocados, siempre hay una luz. Y, por eso, y esta es la segunda frase que me anima mucho en el día a día, y que aprovecho para pediros, esperando de verdad que se cumpla: “quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”. Y esto sirve, incluso, si al final no os gusta el pregón. Felicidades igual no me las merezco, pero un abrazo vuestro será el mejor aplauso que pueda recibir.

Sé que soy noticia por ser la primera mujer pregonera oficial de la Semana Santa de Granada. Soy periodista y sé que eso da buenos titulares, y lo acepto. Y hablaré de la Semana Santa desde mi visión de mujer; y hablaré del papel tan importante que la mujer ha tenido y tiene en nuestra vida cofrade. Pero quien os habla es, eso, cofrade, criada en el ambiente sevillano y confirmada en esta tierra que me acoge desde hace ya veintitrés años -pasado mañana se cumplen-.

Y quien os habla es una cofrade que lo es, como tantos de vosotros, por ese ambiente familiar que tuve la suerte de vivir; por unos padres que me guiaron por un camino que tantas satisfacciones me ha dado; y por buenos amigos que me enseñasteis a amar a Granada y a su Semana Santa.

A cualquier de vosotros podría dedicar este pregón; pero lo tengo claro. Lo dedico a mis padres, y podría dar muchas razones. Lo dedico a mi padre, cofrade de corazón que me hizo visitar distintas semanas santas andaluzas -con el dolor de perder la nuestra- para que “las conozcas y luego decides cuál prefieres”; y se la dedico a mi madre que apoyó siempre; y que supo hacer de la rivalidad macarena-trianera, un asunto que, lejos de dividirnos, nos unía; algo divertido que yo continúo aún con mi marido.

La verdad es que siempre me decanté por la Virgen marinera. Es, quizás, en lo único que no pude dar gusto a mi padre; aunque hoy he querido rendirle homenaje con la marcha dedicada a la Reina de San Gil. A mi madre no le importará, seguro. Y dedico este pregón, a alguien muy especial: a ese bebé con cuerpo de hombre, que se llama Jesús como nuestro Salvador y que cada día reparte felicidad en quienes lo conocemos y cuyos padres y hermano, y el resto de su familia le dedican su tiempo, dando testimonio del mayor compromiso cristiano y social. En él represento a muchos otros con nombre y apellido. Y lo dedico a esos mayores que se han vuelto niños, por edad y por duras enfermedades y a los que siempre tenemos que recordar cuando eran fuertes y nos daban todo y que, aunque no parezca que no nos reconocen o no nos escuchan, yo sé, lo sé, sienten nuestro calor y cariño. Y dedico este pregón a esos amigos que, por mis errores, se quedaron en el camino y aún no he podido recuperar.

Este es mi acto de sincero arrepentimiento; es, tal vez, la única oportunidad de teneros aquí reunidos, y a los colegas de los medios de comunicación -que es mi otra vida-; y al público que pueda tener a bien escucharme a través de la cámara o el receptor. Esta es mi declaración más íntima de que todo se puede cambiar; hasta nuestra Semana Santa; es una cuestión de abrir el corazón, y los sentidos; y, entonces, la vida se entiende de otra manera.

En mi quehacer “de capillica” han ocurrido muchas cosas, algunas parecidas a la que cualquiera hayáis podido vivir; otras no, afortunadamente para vosotros, Espero que, entre unas cosas y otras, sirva esta ocasión para reafirmar nuestra fe católica y nuestros compromiso cofrade.

Poneros cómodos, incluso cerrad los ojos -bueno, un rato, que hay mucho que ver-; no soy yo la protagonista; sólo quiero que mi voz os lleve a vuestros propios recuerdos, a vuestras propias vivencias; y que, juntos, hagamos entender el por qué, año tras año, celebramos la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo.

CUMPLIENDO EL PROTOCOLO.

Arzobispo, alcalde, presidente de la Federación, autoridades…

Aquí estoy. Llego el día y ni siquiera puedo quejarme de no haber tenido tiempo para hacer el pregón. Primera mujer y la que más meses he tenido para pensarlo y para padecerlo. Así lo tengo que confesar. Y no es, y lo recuerdo para los amantes de la estadística, el mayor tiempo que he tenido para hacer un pregón porque yo tuve un año y pico para hacer el del Realejo. Por cierto, también fui la primera mujer. Y no es un grato recuerdo porque el motivo de que se suspendiera -era el año 2004- fueron los terribles asesinatos -no tengo otra palabra- del 11-M. Guardé el texto en un cajón y pedí a Dios que nunca tuviéramos que pasar de nuevo por esa circunstancias.

Ya veis, escribir el pregón oficial de la Semana Santa de Granada me ha permitido tirar de los rincones más escondidos de mi corazón para buscar recuerdos, sensaciones e inspiración. Y, a veces he reído y otras tantas he llorado. Tengo una tranquilidad. Hablo de lo que quiero, de lo que me gusta, de lo que me hace vibrar. Sólo por ello, gracias.

Gracias al presidente de la Federación -lo que hubiera disfrutado hoy mi tía Carmen a la que conociste- por la confianza que tanto él como la junta de Gobierno han tenido en mí. Gracias al vocal de Cultura y pregonero también José Manuel Rodríguez Viedma por su complicidad. Gracias arzobispo (no estoy siguiendo el puro dictamen protocolario), no sólo por estar hoy aquí, sino también por tantos momentos compartidos en la plaza de las Pasiegas, o en las iglesias, y en cuantos sitios hemos coincidido, hasta en Nazaret, bien que me lo avisó -“aquello es pequeño y nos veremos”-. Gracias por su apoyo para vivir este momento. Gracias alcalde, porque impulsa desde su responsabilidad la Semana Santa y porque siempre ha tenido una palabra amble. Gracias, vicepresidente de la Diputación; periodista antes que político; aunque en nuestra profesión la política siempre está presente. Gracias, Don Andrés, consiliario; porque en los momentos en que lo necesité, siempre conté con su comprensión.

Cuando estaba escribiendo este capítulo de agradecimientos ya me emocionaba, ¡a ver ahora, en vivo y en directo! Les doy las gracias desde el corazón porque les considero amigos; personas con las que no sólo tengo una relación profesional o de cortesía. A mí me da igual el puesto o la dignidad que les revista; eso sólo puede hacerme que cambie el tratamiento en público; pero lo que me importa es la persona. Guste o no guste a los demás; quien me merece la pena, me merece la pena siempre. Como a mi amigo Juan, hoy concejal de Cultura, -brillante presentador del cartel oficial de este año-, mi Juanillo de los Escolapios, qué buenas charlas hemos tenido, y hasta discusiones que nos tuvieron distanciados. Hasta ese día, ¿recuerdas? Cuando se le entregó el Nazareno de Plata a Pimentel y toda la cofradía de los Escolapios allí presente se hacía una foto, y me cogiste del brazo y me dijiste, “ven a la foto, tú también eres de los nuestros”. No lo olvido.

Y puesta a dar las gracias, miro este teatro y podría hacer una Mirilla, y podría poner una vivencia de casi todos los que estáis aquí. Y el título sería sólo una palabra, Gracias. Sería la Mirilla de mi vida, pero mi director y amigo, Eduardo hoy me lo ha dado libre. Mi amigo Eduardo y su mujer Mari Carmen, que no sé cómo siguieron hablándome después de la paliza que les pegué en la primera cena que compartimos, cuando él estaba recién llegado, aún como subdirector. ¿De qué hablamos? Imaginaros, de Semana Santa. Gracias a mis compañeros de profesión por el respeto con el que siempre me habéis tratado y que me han ayudado en estos meses previos.

Gracias a mi marido, Ramón por haberme enseñado el verdadero corazón de Granada, entre otras cosas que he aprendido, y sigo aprendiendo de él. He tenido muchos regalos de Dios, tenerte a ti de compañero de viaje, aún en los momentos duros, ha sido una bendición. Como lo es el resto de mi familia que por más lejos que esté en kilómetros, más cerca la tengo. Y gracias a mi presentadora, Emilia Cayuela. Lo tuve claro desde el principio. Reunía todo lo que yo quería: mujer, cofrade, compañera y, sobre todo, magnífica persona. Se implicó desde el primer momento y supe que la grandeza de este escenario lo sería aún más teniéndola a ella cerca. Gracias, Emilia, si antes me sentía muy unida a ti, ahora ya, ni te cuento.

Y tengo que terminar este apartado, con pena, porque los nombres casi se escriben por si mismos en el papel. Pero no quiero abusar. Solo deciros que este momento es más especial aún porque estáis aquí conmigo. Va por vosotros.

MI DECLARACIÓN DE FE.

Hay un lugar de Granada que nadie puede tener; no es por su importancia histórica, que la tiene, ni por su belleza, que la posee; sino por el sentimiento. Tres de la tarde. Campo del Príncipe, Dos veces sólo lo he vivido en la distancia; pero cuando estaba aquí, lo he compartido con toda la familia. Sin cita; sabemos donde encontrarnos; sin miedo a las inclemencias; con paraguas o en manga corta; con micrófono o sin él. Tres de la tarde. No hay silencio más hermoso, no hay aglomeración más solitaria; porque uno a uno, nuestros corazones, en un latido íntimo, piden… Y se cumple, claro que se cumple. Tres deseos pedí yo en mi primer año, y los tres se cumplieron -luego dicen que Granada es ingrata con los forasteros-. ¿Cómo no voy a creer?

Y creí, y supe que en ese, como en otros momentos, sabemos ser orgulloso Pueblo de Dios. Sin diferencias. Porque somos como Jerusalén: historia de todos, propiedad de nadie. Pero nos une una misma creencia, DIOS. Yo he visto unidos, junto al canto del gallo, algunos más lo habéis visto también, un rezo ortodoxo, una misa católica y la llamada del muecín; y la oración ante el Muro Occidental, que no de las Lamentaciones. Los lamentos que suenan vienen de la propia Jerusalén, repartida por conveniencias, tantas veces destruida y otras tantas levantadas; sangrando por dentro y a veces también por fuera. Sí, podríamos ser como Jerusalén; pero ella es santa, tres veces santa y nosotros no llegamos a ello. ¡Qué más quisiéramos!

Nos falta coraje. Lo decía el vicario general en Tierra Santa… “Ningún cristiano debería morir sin conocerla. Como peregrinos, no como turistas. Y sentir si alguna vez lo dudamos que el hijo de Dios se hizo hombre. No lo dicen los edificios, ni los monumentos, ni las piedras… lo dice el corazón que se pone a palpitar con más fuerzas, lo dicen los ojos que se humedecen sin poder evitarlo, lo dice la piel que se eriza sin roce alguno… lo dice el lugar santo”. Recorrer los sitios donde Jesús anduvo te da otra visión; te sientes más cercano a él: a su nacimiento, su infancia, su familia… su palabra. Y te parece verlo, y hasta escuchar su voz, y te mueves fascinada por aquel pescador de hombres, y te dejas mecer por las aguas del Lago Tiberiades, sintiéndote parte de ese Mar de Galilea… Su murmullo nos trae la paz, como las campanas nos acercan la voz de Dios, y cuando enmudecemos las campanas estamos callando a Dios. Me estoy acordando de aquellas personas que denunciaron a un convento por hacer sonar, como lo llamaron, ¿ruido? A un convento. O quienes afirman que nuestras procesiones perturban el descanso. Se me ha venido a la cabeza y, ya que estamos, doy mi opinión.

Me ha tocado por circunstancias viajar en estos últimos años a países de otras creencias, y me han despertado, que se lo digan a mi hermana Concha, a horas intempestivas las llamadas a la oración. Y lo acepto. Es su tradición y yo la respeto. Igualmente he sufrido fiestas cívicas, celebraciones varias y, puesta a sufrir, me han retumbado los claxon de los coches cuando les venía bien. Y me ha fastidiado, pero no siempre hay que denunciarlos. Aunque a veces, ganas entran de llamar a la fuerza pública. Si alguien sufre una agresión por las campanas, la música o cualquier otra cuestión, cuestiones razonadas, están en su derecho de buscar una solución, pero decretos por otros motivos, no puedo aceptarlos. Ya lo dije en otro pregón y lo repito, aquí cabemos todos, pero nadie debe imponer su criterio.

Es verdad que esta nación ha sido declarada aconfesional, pero que yo sepa y lo confirman los números somos una gran mayoría de católicos. Y no somos mentes obsoletas; muy al contrario, estamos vivos y más que deberíamos estarlo. Y queremos celebrar nuestra Navidad, y la Semana Santa y las liturgias, y todo aquello que nos gusta y nos corresponde. Mostrar nuestras creencias no es exhibirnos. Yo me siento acompañada cuando me pongo al cuello la medalla de mi hermandad, sintiéndome protegida y orgullosa de ser parte de un mismo proyecto. Hoy no quería, no debía mostrar mis preferencias; pero llevo a gala este rosario que lleva mi angelote. El que llevamos a la vista las mantillas, y algunas presidencias -que lo son no para lucirse-; y al que se agarran, en el anonimato, los penitentes y los costaleros, y los músicos, y cualquier componente de las estaciones de penitencia. Hay mucho más fondo de lo que se quiere ver.

Hay excusas para criticarnos, tan simples, como que luego no cumplimos con nuestras obligaciones. Es verdad que quizás no todos, estemos cada domingo en Misa. No hay excusa, pero la religión se puede vivir de muchas maneras.

Os hablaba al principio de mis dudas antes de ir a Tierra Santa. Nunca había hecho una peregrinación. Y es algo para vivirlo. He disfrutado, ya lo he dicho, visitando los Santos Lugares, e imaginando que del sentimiento de sus calles podía sacar mejores enseñanzas. Y es que, aunque nunca he pensado en mi epitafio, no porque rehúya el que todos debemos morir, sino porque soy claustrofóbica, sí se me ocurre el más deseado: “intentó siempre ser una buena persona”. O mejor, una persona buena. Y para eso tenemos que convivir. Porque la soledad nos viene dada, o nos la buscamos; o, simplemente nos toca. Y la soledad no es sólo la sensación de ausencia. La más dura soledad es la falta de esperanza. Y, por eso, nunca deberíamos cerrar nuestras puertas a nada ni a nadie.

¿Qué cristianos somos cuando volvemos la cara? Y lo hacemos, vaya si lo hacemos. Y lo hago, vaya si lo hago. Siempre hay una excusa para decirnos que ese no es nuestro problema. Incluso, a veces, la Iglesia parece mirar hacia otro lado. No soy yo quién para decirle lo que debe hacer. Pero tampoco soy ajena a que hay que estar alerta para que también nosotros seamos tolerantes. Si Dios todo lo perdona, ¿quién de nosotros podemos condenar? No seamos como nuevos fariseos, dejémonos de hipocresías. Veamos a las personas desde su interior. Todos conocemos personas que no lo parecen, pero son. Y quienes pareciéndolo…, no llegan.

Más claro, no me sirven los que comulgan todo el día, cumplen el padrón de perfectos cristianos y son, sin embargo, seres maliciosos para sus hermanos. No me sirven quienes no miran de frente porque sus ojos están dirigidos a ver cómo fastidia al contrario. A mí me gustan los que Jesús llamó “limpios de corazón”, quienes viven para hacer el bien; y son felices sabiendo felices a los demás. De nosotros se espera, así lo entiendo, que “la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda” ni para presumir de generosas obras, ni para simular como bondad lo hecho sólo para beneficio propio.

Seamos honestos…

El sabernos incomprendidos, sólo por ser diferente, nos hace estar más solos. Y no hay peor soledad que la se vive entre el gentío.

¿Alguna vez en la salida de las cofradías, en su paso por las calles, en los actos que hacemos en nombre de nuestros titulares, bajamos los ojos de su rostro y miramos alrededor? ¿Alguna vez nos preocupan más las lágrimas del hermano -sean de alegría o de tristeza- que los estrenos del paso? Me lo pregunto muchos días y aún no tengo la respuesta; pero os puedo asegurar que en la algarabía de la Semana Santa busco también el calor de mis hermanos. Un cristiano no puede cerrar los ojos, un cristiano no debe callarse, ¿de qué sirven los fervores cofrades si no tienen continuidad en nuestra vida diaria?

Cerramos la iglesia, colocamos a las imágenes de nuevo en su sitio, nos quitamos el capillo, el costal o la mantilla y no somos capaces de oír su dolor “¿también tú vas a abandonarme?” Y bostezas por el cansancio, y te sacudes las motas de emoción y buscas aliviar tu vacío estómago y le susurras “no te preocupes, volveré el próximo año”. Y la soledad de la iglesia se hace nuevo dolor. Claro que, hablando de la Iglesia, con mayúscula, y sin dudar de lo que significa y a quien nos debemos, no vamos a negar que a veces resulte complicado entender a algunos de sus representantes.

Y es que, podemos pensar en consiliarios que, pensamos, no terminan de conciliar; en quienes no logran transmitirnos su apoyo… No hablo de que sean personas “inadecuadas”, pero lo cierto es que parece que no siempre se sienten cómodos en su labor… Por ver, hasta he visto a algunos que se han encerrado en la sacristía cuando el propio arzobispo ha ido a ver salir las procesiones…Y eso tampoco es. Aquí, todos tenemos que aplicarnos a la tarea, haciendo bueno el dicho de que obras son amores. Pero hay también sacerdotes entregados. Hay consiliarios y párrocos que te entienden, que te escuchan, que ejercen como amigos, y que saben darnos el lugar como cofrades. Yo me quedo con ellos, y los aprecio y me siento profundamente agradecida, porque me hacen sentirme aún más integrada en esta comunidad católica a la que, por bautizo, por confirmación, pero, sobre todo, por decisión, pertenezco.

Y es que, tal vez sea verdad que nos gustan demasiado las charlas y poco las conversaciones. Es más fácil callar para luego largar. Y no es una frase hecha. En mi época de secretaria de Federación lo que más recuerdo como anécdota es que en el apartado de ruegos y preguntas no gasté mucha tinta; pero doblando la esquina, surgían dudas y reproches y hasta sugerencias. Y yo me decía -y les decía- “¿y no era mejor haberlo planteado en la reunión?”.

Así que tendremos que mirarnos en nuestro interior para saber en qué nos equivocamos nosotros antes de lanzar denuestos fuera. Porque hablando se entiende la gente. Bueno no siempre, pero habrá que seguir intentándolo. Como decía, un cristiano no puede cerrar los ojos, un cristiano no debe callarse.

Haciendo este pregón, un día cualquiera me pegué a esa versión tan edulcorada de Los Diez Mandamientos. Me la sé de memoria. De chica me gustaba porque mis padres me llevaban al cine a verla, y eso era una gran fiesta (de casi cuatro horas). Y mi madre me decía al salir “cierra la boca que te va a entrar frío”. Son momentos inolvidables que los guardo en la memoria. Ahora la vuelvo a ver principalmente por eso, porque alivia la nostalgia de mi infancia. Y ahora de nuevo me quedo embelesada cuando la ponen, porque sigo esperando, yo también, una señal. No aspiro a ver la zarza sagrada ni necesito, por supuesto, recibir unos mandamientos divinos que yo conozco bien.

Lo que intento es comprender, aún más, aquellas palabras divinas: “Yo soy el soy. Quien no tiene ni principio ni fin”. Es El que está ahí siempre. El que tanto se esforzó por hacernos sentir su Verbo: “el que no es carne sino espíritu” y su luz ilumina a todos los hombres. Pero no la podíamos ver. Y, por eso, se hizo hombre, y habitó entre nosotros. Ahí comienza esa parte de la historia, de nuevo misteriosa, y de nuevo tan auténtica. Y ahí, llegó el nacimiento en Belén, con buey o sin buey, con mula o sin mula, que a veces nos quedamos en la anécdota.

Jesús nació porque nuestra desconfianza e incredulidad hizo que Dios nos mandara a su propio Hijo, y, ¿para qué ocultarlo? Ahí nos dio la Navidad y la Semana Santa. Puede parecer frívolo lo que os estoy contando; pero es así de divino. ¿Qué más necesitamos de Dios para escucharle con claridad? Tal vez, como dijo Jesús, dejar de escuchar… otras cosas.

El Padre nos dejó diez mandamientos; y su Hijo, añadió uno nuevo: el resumen de lo que significa ser cristiano: “que nos amáramos todos como Él nos amó”. Sonaba casi igual a amarás a tu prójimo, pero no todos tenemos un prójimo que lo da absolutamente todo. El mandamiento de Jesús es nuevo, porque él si nos amó por encima de todo: de su divina procedencia, de su orgullo, de sus tentaciones, de su dolor y del dolor que provocó a quienes le querían. Jesús nos dio la posibilidad de creer nuevamente.

Tan sencilla fue su enseñanza que aún hay quien no la ha escuchado. Pero si hubiera oído las palabras del Mal se hubiera mostrado ante nosotros con poder y oropeles; y el sabía que son menos lo que mandan que los que obedecen. Lo que Jesús quiso realmente fue habitar entre nosotros para conseguir su Asamblea Santa. También podemos preguntarnos si Él no podría, en su misericordia infinita librarnos de tantos males. Hagamos historia, que aquí hay tantos buenos conocedores de ella. ¿Cuántas oportunidades nos da el Señor para salvarnos? ¿Y cuántas hemos desperdiciado? “Quien más te quiere te hará llorar” no es una amenaza, como no lo es “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Cuesta llegar a creerlo, pero yo lo siento. Dios es tan grande, que nos ha hecho seres con criterios propios. Él nos da la vida y él nos la quita. En medio, podemos elegir.

Y entonces, ¿por qué sufren los más vulnerables? ¿Qué culpa han podido acumular? Sinceramente, no tengo respuesta; y, sinceramente, es una de las grandes incógnitas a las que me enfrento día a día. El dolor de los desvalidos, la impotencia ante el sufrimiento ajeno, son difíciles de comprender. Puedo confesar públicamente, porque en privado ya lo he hecho, que cuando mis padres se fueron intenté enfadarme con Dios. Y no pude. Cuanto más desesperada me sentí, más supe que sólo en Él está la respuesta. Pero el camino es duro, muy duro. En nuestra vida son fundamento la Fe, la Esperanza y la Caridad. Caridad, palabra no siempre valorada, absurdamente en contradicción con solidaridad, que es, al fin y al cabo, lo mismo, pensar en quienes lo necesitan.

Y siempre ha hecho falta, pero ahora, es más evidente. Y, por eso, alabo que las hermandades y cofradías den a conocer su labor en este aspecto. Sabemos que siempre se ha hecho, pero desde dentro, y eso, el no contarlo, nos ha dado, a veces, mala prensa. Parecía que los cofrades estábamos al margen del mundo real. Hagamos públicas, pues, todas las iniciativas que se llevan a cabo para paliar los delicados momentos que estamos pasando: con desahucios, con carencias de lo más imprescindible, y con un paro que, más allá del grave problema económico, genera también desesperación, desconfianza y problemas sociales que no debemos olvidar. Hablemos del esfuerzo para la puesta en marcha del economato, gran idea, contemos las bolsas de trabajo, las donaciones anónimas, el contacto con quienes nos necesitan. Contémoslo, porque eso da fuerzas para seguir.

Porque alguien en su casa -quien tiene la suerte de conservarla- viendo pasar los días con un “no” permanente a su solicitud de trabajo; sintiendo el paso de los años -“eres mayor”, te dicen- o la negativa por falta de experiencia -¡cómo la van a tener si a un joven no le ofrecen oportunidades! Pues, ese alguien en su casa va desgastando la autoestima, el ambiente familiar y nos lleva a preocuparnos de su mente, y de su corazón.

La caridad en estos casos, no es sólo dar; es entender; y no cerrar los ojos a que, en esta ocasión, el lobo -ya saben, la representación del mal- está más cerca de lo que pensamos. La caridad, hoy, es unir lo material con una labor que mantenga la esperanza y que profundice en la fe… fe en Dios, claro, pero también fe en el ser humano.

No soy yo quien más sigue sus designios, pero me quedaron grabadas las palabras de la parábola de los talentos: no tengo todo lo que quisiera -y no hablo de bienes materiales-; pero intento sacarle el mejor partido. Vivo para potenciar mis buenas cosas, y para aliviar las malas; esa es mi forma de actuar Así Jesús no tendrá que apartarme de su lado. Así podré sentir su mirada; así podré, de nuevo, imaginarme surcando el Mar de Galilea; así me sentiré más cerca de Jesús…

COFRADE, A LA GLORIA DE DIOS.

Llegué a Granada pensando que lo sabía todo de Semana Santa. No por sevillana, que también -qué queréis-, sino porque mi padre me había enseñado tantas cosas que creía no podía conocer más. Y me equivoqué, y algunos de esos errores me llevaron a tonterías. No todas irreparables.

Yo soy esa cofrade que, tanto se equivocó que en el libro del 75 aniversario de la Federación, escrito por mi antecesor en este atril. Antonio Padial, aparezco en la reseña de miembros de la Junta, sin hermandad. Pág. 367, sólo tienen que mirarlo. ¿Por qué? Es una larga historia que no me merece ser recogida en este pregón. Pero la quería contar. Porque os aseguro que también tiene su parte positiva. Os la puedo contar si queréis, otro día.

Yo soy cofrade de sentimiento, ya lo he dicho; de las que cualquier música con aires de marcha, me pone los vellos de punta; y eso, que no sabéis lo queme cuesta identificarlas por el nombre. Música, parte fundamental de nuestra Semana Santa; música que en Granada tiene grandes maestros, compositores… aquí tenemos a una de sus grandes representaciones, la Banda Municipal de Granada a la que quiero dar las gracias por estar hoy aquí conmigo. Y gracias a los coros y solistas, y a todo el equipo de este teatro. Y a ti, maestro Ruzafa, amigo, ¿qué puedo decirte? Que eres un orgullo para nuestra ciudad y que ¡gracias!

Bueno, pues a lo que iba. Tanto me gusta la música que un día se me ocurrió hacer un ciclo para enseñar a los más pequeños el encanto y la dificultad de nuestras formaciones, Marcha cofrade. Encontré dos estupendos compañeros de viaje, y, aunque con un principio un tanto tortuoso y a veces deprimente, conseguimos hacer una marca. Volverá, si Dios quiere; porque es bueno que tengamos iniciativas; porque es bueno que las empresas, y yo tengo una, apoyemos actividades de la Semana Santa; porque es bueno que, junto al sentido religioso, valoremos también nuestra aportación cultural. Porque es bueno avanzar… Yo soy cofrade de sentimiento, ya lo he dicho; y de también de apasionamiento, lo he contado; pero no crean, también soy como la mayoría de los que estáis aquí, una todo terreno.

A ver que recuerde; he hecho de limpiadora, cocinera -de esto poco, por la buena salud de los demás, principalmente-, camarera -no de llevar la mantilla, sino de ponerme detrás de la barra-; de barrendera, y aquí hasta con la mantilla puesta; he tocado el bombo -porque de cantar, poco- en aquel estupendo coro, Aulaga, que tantas satisfacciones nos dio; he hecho de periodista y de presentadora, pero claro eso no tiene mérito, es mi profesión; y hasta de cartera, que cuando la economía no daba para más -no creeréis que sólo en la actualidad pasamos apuros- llevaba casa por casa la correspondencia de los actos.

He puesto claveles, en aquella época en la que había mucho que tapar porque los pasos estaban poco terminados; y he salido de mantilla. Y cuando mis cervicales me dijeron basta, de diputada de calle (un sitio muy especial, donde te empeñas en echar una mano a quienes lo pasan peor que tú; porque en ese cometido, se hacen más kilómetros, pero tienes la posibilidad de moverte; y eso para los pies y para el frío, es fundamental. Todas estas vivencias durante años han sido un aprendizaje del espíritu cofrade, granadino. Ay, aquellas cuaresmas en las que prometía a mi marido… a las diez estoy de vuelta; y cuando empezabas a reunirte, a charlar, a apasionarte…, el tiempo se hacía tan volátil que ni el reloj marcaba las horas.

Porque aunque la Semana Santa puede parecer siempre igual, cada año es totalmente distinto. Por eso, es bueno, hacer cosas nuevas. Cada año podemos buscar sensaciones que no hayamos vivido antes; en el dintel de una puerta cualquiera; en el recodo de una calle, compartiendo con un nuevo hermano, en el regreso más íntimo. Conocer para sentir; sentir para disfrutar; disfrutar como oración. Ese instante que ha quedado en el recuerdo es una gran alabanza a lo que queremos; y así nos sentimos orgullosos de nuestra Semana Santa, que no sólo de nuestra hermandad. Cómo echo de menos a tantas personas, familia y amigos, que ya no están y que hicieron de su saber y su cariño, una enciclopedia de la que tanto aprendí. ¡Cómo espero que estén disfrutando ya en el palco del Cielo! Y cómo deseo que su recuerdo siempre nos acompañe, porque así siempre estarán a nuestro lado.

Este es un año importante. Es el año de la Fe; es el momento que el Pontífice nos ha concedido para pensar en cómo necesitamos creer, porque necesitamos esa confianza absoluta en que hay algo más de lo que vemos. Y hablando de confianza la tenemos, la tengo, en que la decisión de Benedicto XVI es para bien de nuestra Iglesia. Es también el año de la Magna Mariana. Era un petición popular, sobre todo desde que vivimos la Passio Granatensis, A mí me gustan las coronaciones, y las salidas extraordinarias, y todo aquello que mantenga espiritual y turísticamente nuestra Gran Semana Santa. Ahora le toca a la Madre unirse a esa celebración del año de la Fe, y a la celebración también del centenario de la Coronación de nuestra Patrona, la Virgen de las Angustias.

Sabemos que es un momento difícil para estas efemérides; es un tiempo de pocos medios; pero sabremos salir adelante. Lo haremos con la dignidad de la moderación que los tiempos requieren: pero con la seguridad de que todos vamos a apoyar, incluso, lo que no terminamos de ver claro. Y si estamos ahí, será un éxito. Porque somos Iglesia, porque somos grupo de cristianos, porque somos Semana Santa, aún en días de gloria.

Y ahora sí, permitidme que ejerza, con orgullo, de mujer, de primera mujer pregonera oficial. A quienes no entendéis de la importancia de que una mujer -el que yo lo sea no es la noticia- suba a este estrado, va más allá de la pura anécdota. Yo soy cofrade de cuna, pero no tuve derechos hasta que llegué a Granada. En la hermandad de la familia, allá en mi Sevilla, los estatutos quedaban claros “Las mujeres sólo podrán ser admitidas para participar de las gracias espirituales y lucrar las indulgencias concedidas a la Hermandad”. Tal vez, por eso, los hombres pagaban una cuota y nosotras, menos. Cinco pesetas y tres en el año 67 cuando mi padre se pudo hacer hermano. Tengo todavía el estatuto con su nombre que entonces le entregaron.

Era tan claro el mensaje que se volvía a repetir en otro de los artículos. “No podrán formar en las filas de la Cofradía más que los hermanos varones”. Yo intenté, lo he contado alguna vez, saltarme esa prohibición. Tenía el pelo corto y podía pasar por chico saliendo de mi casa con el capirote y hablando lo menos posible. Sabía que otras lo hacían. Pero mi padre nunca lo permitió. Así que tuve que ver como él salía, y mi hermano Manolo, y mis primos; y años después mis sobrinos. Pero yo no.

Aún hay lugares -no aquí, pero aún hay lugares- donde esto sigue ocurriendo. Y podemos echar una mano.

Me conocéis. No soy amante de las estadísticas, ni de las cuotas, pero sí rechazo los hábitos absurdos. El que yo entiendo ha hecho que hasta ahora no hubiera una pregonera. Llevo años oyendo hablar, no de que hubiera veto a la presencia femenina; pero sí alguien dejaba caer que no había ninguna mujer “con suficiente valía”. Alguna vez me preguntaron y se me ocurrieron no uno sino muchos nombres. Mujeres como los hombres, cofrades; mujeres como los hombres, comprometidas; mujeres que, gracias a Dios, aquí en Granada han podido y pueden ser capataces, costaleras, hermanas mayores, miembros de la Federación, y presentadoras de carteles y pregones de hermandades… es decir, de todo. Y yo no estaba acostumbrada a eso.

En Sevilla lo que más pude hacer -además de disfrutar en la calle de mis procesiones- fue pasear de mantilla por las iglesias del brazo de mi padre, visitando los monumentos. Los pendientes y el broche me lo prestaron. La mantilla sí era mía, la compré de coraje cuando vivía lejos de la tierra pensando que algún día podría necesitarla. Y es esa misma mantilla que he portado en mis salidas en las estacione de penitencia en esta tierra granadina que me dio, como cofrade, lo que mi tierra natal, Sevilla, no me permitió.

Ahora, yo miro desde el corazón a las orillas del Guadalquivir que la bañan, y les digo que una sevillana, orgullosa de serlo, es la pregonera oficial de la Semana Santa de su nuevo hogar, el definitivo -salvo que Dios disponga otra cosa-. He podido cumplir mis sueños y, además, tengo ya continuidad de sangre granadina Y allá, en la Calzada, mi parte de vena sevillana también se hace patente cuando desfila mi ahijado Luis haciendo sonar su tambor como un rezo más.

¡Cómo podía imaginarme estas bendiciones!

Unos dones que me llenan de felicidad. Mi niña Irene -a mis otros sobrinos nietos como que les viene un poco lejos esto de la Semana Santa- es hermana desde el mismo día que nació y ya ha salido en procesión. Un ratito, pero ha salido; y me ha acompañado a muchos actos, y ha sentido la música a todo volumen sin rechistar. Y hoy está aquí. Mi niña Irene hará lo que quiera de su vida. Eso es tradición familiar. En su vida cofrade, si la elige, podrá llegar a ser lo que desee. Sin ningún tipo de restricción. Será lo quiera, hasta presidenta de la Federación de Cofradías… y eso -tiene cuatro años, hay tiempo- es una satisfacción. Yo me siento orgullosa del trabajo de la Asociación de Mujeres Cofrades de Granada a la que pertenezco desde su germen. A quienes piensen que somos un grupo de faldas aburridas, incluso a quienes lo dicen siendo de nuestro propio sexo, les digo, como en toda opinión contraria a la mía, que les respeto, pero se equivocan. Visualizarnos era una necesidad, y lo hemos conseguido.

¡Cuántas veces hemos visto, por ejemplo, mesas redondas de costaleros, sin contar con algunas de las componentes de las cuadrillas femeninas! -¿las más antiguas de España, puede ser?-.

Y la responsable de la Asociación, ¿la conocéis, no?, me encantó cuando dijo que muchos de quienes organizan estas cosas que “son los primeros que protestan cuando se realizan actos de mujeres costaleras, porque, según ellos, nosotras mismas nos discriminamos”… Por cierto que hace poco hemos visto una convocatoria en la que se habla de estudiar el trabajo del “hombre costalero”… Así se escribe la historia. Y es que aquí había algunas diferencias que se han limado con el tiempo; pero no desde la imposición. Dicen, y sólo hay que ver los datos, que la batalla por la igualdad de las mujeres es de las más largas y persistentes, y así hay que seguir. Porque nos avala la razón.

Porque además de los derechos que una sociedad como la nuestra nos otorga, hay algo que no podemos olvidar. Con permiso de los abuelos y los padres, las abuelas y las madres -yo no me puedo incluir en este capítulo, pero casi-, son, en una gran parte, la semilla de una casa y, también, de la fe y la educación cristiana.

Mi padre era quien salía de nazareno; pero en el ambiente de alegría y de recogimiento, mi madre tenía mucho que ver: ella preparaba las túnicas, los capirotes y antifaces, quien llenaba los sofás o tresillos como más os guste, con todo lo necesario para la salida; ella quien hacía bocadillos rellenos de ilusión y dulces torrijas manteniendo tradiciones que no hace falta perder. Y era ella quien nos esperaba en casa con la sonrisa en la boca para preguntarnos cómo nos había ido y para aliviar nuestro cansancio. Miro este auditorio y veo a muchas, muchas mujeres que podrían estar hoy aquí enarbolando no sólo la Semana Santa, que es de todos, sino una Semana Santa con un sabor femenino, que puede tener, en muchos casos, vivencias distintas. Mujeres de Granada, desde mi humilde posición os digo. Seguid así. Siendo persona antes que nada, y viviendo como mejor podemos, nuestra forma de ser.

Mujeres de Granada, nada es imposible. Hoy damos un paso más; pero, mujeres de Granada, sé que lo sabéis: el mundo no está hecho en masculino o femenino; el mundo es un tiempo que Dios nos permite compartir y disfrutar; y donde, todos, todos y todas como marca ahora la corrección “lingüística” tenemos que poner lo que está a nuestra mano para conseguir un mundo mejor. Porque, mujeres y hombres de Granada, si no trabajamos por ello, ¿cómo adorar a un Cristo y a su Madre que sufrieron para darnos la salvación? Por eso, os digo también, hombres y mujeres de Granada, cada uno por su lado no llegamos a ningún sitio. En la procesión de la vida también hay que guardar la fila. Si no, perdemos el rumbo. Hombres y mujeres de Granada, aquí está nuestra Madre. Ella también era Mujer…

MIS DESEOS.

Un pregón es puro deseo. Deseo… Una palabra no siempre entendida.

Y es una palabra llena de belleza. Si se utiliza bien. ¡Hay tantas formas de pensar en el deseo! En el de los justos; porque ya dice el proverbio, “¡que el deseo cumplido es dulce al alma!”.

Deseos bien entendidos, los que nos conducen a la paz, los que no nos crean desasosiego; los que no envilecen. O falta de deseo, que no es conformismo. Así lo entendía alguien muy vinculado a mi profesión. San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Lo dijo de forma explícita: “Necesito muy poco, y deseo muy poco lo que necesito. Apenas tengo deseos; pero si hubiera de nacer de nuevo, no tendría ninguno. No deberíamos pedir nada ni rehusar nada, sino entregarnos a los brazos de la divina Providencia sin perder tiempo en ningún deseo, excepto el de querer lo que Dios quiere de nosotros”.

Lo que Dios quiere de nosotros, ¡cuán difícil es llegar a saberlo con certeza! Pero deseo es también ese sentimiento afectivo hacia algo que apetece. Y en un pregón, como promulgación en voz alta que se hace públicamente de algo que conviene que todos sepan; yo quiero desear, y me surgen muchas ideas. Deseo el gran libro de la Semana Santa de Granada. Algunos buenos ejemplos ya tenemos; pero nos faltan aún más volúmenes, sin partidismos; sin querer adoctrinar, sino sólo contar; sin que el corazón se equivoque de camino, pensando más en el aplauso; y que sea con rigor y veracidad. Libros del que, una vez escritos, no tengamos de qué arrepentirnos, que luego lo impreso queda. Libros que no se hagan viejos a poco de publicarse.

Deseo que nuestros carteles no siempre se fijen en los marcos incomparables y que se queden en los sentimientos irrepetibles, aquellos que se producen en cualquier rincón, aunque en éste haya casas de fondo y no palacios; que está bien vender la Semana Santa fuera; pero toda la Semana Santa. Por eso, deseo que haya guías en los lugares más transitados que expliquen, mejor que ilusionen, con ver las cofradías en todos los lugares; desde el barrio más recóndito al centro más turístico. Porque vendemos ciudad.

Una ciudad que, deseo, tenga el apoyo de sus hosteleros. Que lo hacen que lo hacen estupendamente bien pero ya vale que otros estén llenos porque hay Semana Santa y no sean capaces ni de llenar una botella de agua o ceder el baño para un imprevisto. Y fijaros que no hablo de dar dinero, que en las cuentas de cada uno, yo no me meto. Porque anhelo, y eso sí es de envidiar de quien lo tenga, una ciudad, esa que he dicho que vendemos, porque hay que hacerlo, donde nos demos cuenta de que esa semana no sólo es Santa para quienes creemos, sino también para muchas cajas; y para muchas personas que encuentran trabajo en esos días.

Deseo que pase esta crisis que nos atenaza; y que de su dureza saquemos las enseñanzas necesarias para que no se vuelva a repetir. Hay cosas que nunca volverán; entre ellas, ojala, la corrupción, la avaricia, la falta de motivación, la necesidad permanente de cosas materiales… Recuperemos la cultura del esfuerzo, el vivir acorde a la realidad, el pensar en compartir; en remar todos en la misma dirección.

Y, además, como no podía ser de otra forma… Deseo un mundo cofrade sinceramente cristiano; sin excepciones, sabiendo quienes somos y adonde vamos. Somos miembros de la Iglesia y vamos hacia donde ella nos lleve. Creemos, por tanto, en la Iglesia como lo rezamos en nuestro Credo, porque se hizo para nuestra la salvación; y creemos en un verdadero Dios y verdadero hombre; no en la talla que diestras manos crearon para ensalzarlo, sino en el sentido que hay en esas obras. Creemos en el Papa; porque es infalible en cuanto todo a lo declarado con respecto a la doctrina. Dejemos que como hombre pudiera errar en cuestiones mundanas; pero no dudemos de que su enseñanza tenga detrás el halo del Espíritu Santo.

Por eso, también podrán errar todos, de los consiliarios -ya he hablado de ellos- y los hermanos mayores, y las juntas de Gobierno y los miembros de la Federación. Cualquiera de nosotros. Pues aquí estamos nosotros para pedirles que cambien o sugerirles ideas. No para enfrentarnos, porque, seamos sinceros, algo que nos guste a todos es imposible. Ni Jesucristo lo consiguió. Así que al día y a la hora que nos toca. ¡Y si no funciona, reunión!

Este mismo año vamos a tener novedades… ¿Cómo podemos saber qué tal irán antes de verlas? ¿Por qué queremos mantenernos en que los cambios son irreversibles? Confiemos en nuestra libertad de mejora y desarrollo. Deseo una Catedral aún más accesible. Hemos superado con creces la década entrando con nuestras hermandades; pero esta humilde pregonera, quisiera ver abierta nuestra Casa para que personas sin posibilidades económicas para palcos; con dificultades físicas de cualquier tipo, pudieran ocupar los asientos, como en cualquier otra celebración religiosa, y disfrutar -bien abrigados que el frío no perdona- del sentimiento religioso, de las procesiones. Se podía intentar; también las hermandades entremos como “de prueba” y bien que nos hemos ganado el sitio -¿alguien lo dudaba?-.

Deseo que la formación siga siendo una prioridad para nuestras corporaciones. Lo que mejor se conoce, más se ama. Y nos hace falta saber mucho, de muchas cosas, principalmente de nosotros mismos. Deseo que se vuelva algún día a Roma, con una imagen como orgullo de la tierra; como deseo que vuelva el Papa y exhibir uno de nuestros pasos -como en el JMJ- porque en ambos casos, hacemos catequesis en la calle, vendemos ciudad y legitimamos nuestra creencia de Iglesia. Pero, cuando lo hagamos, que sea con el apoyo total de esta comunidad cofrade en la que estamos inmersos.

Deseo que mimemos a nuestros artistas; maestros de la gubia, del pincel, de los metales, de la música, de la flor o de la aguja. Porque si nuestras inversiones en patrimonio son buenas, mejor lo serán cuando creen riqueza en la propia tierra. Que está muy bien que vengan cosas de fuera, siempre que aquí no haya quienes sepan hacerlo igual y, hasta mejor. Deseo lugares para ensayos de las bandas, su labor genial con una juventud que es capaz de sufrir las inclemencias por cumplir con su vocación. Y merecen algo más.

Deseo que se estudien puntos intermedios para las hermandades que están más alejadas de la Catedral y que no tienen donde refugiarse ante cualquier incidencia; que se aprovechen todas las infraestructuras existentes o se habiliten nuevas, que no sólo protejan los bienes materiales sino también a las personas que los acompañan. Lugares como la Real Chancillería podrían estar alerta por si hiciera falta su colaboración. O las puertas preparadas para abrirse el Palacio de Congresos y alguna cubierta para proteger las imágenes, además de lo que la propia hermandad porte. Con dignidad, mucha dignidad, que las tallas son la representación de nuestras creencias y los hombres y mujeres que la acompañan también son dignos de atención. Tampoco cuesta tanto.

Y es que es necesario el apoyo de todas las instituciones, sean del ámbito que sean; implicación con la sociedad, en uno u otro sentido. Nos tienen que entender y nosotros tenemos que participar. Por eso, deseo cabildos en los que nadie falte; porque la cofradía lo necesita; y necesita que haya cofrades que estén ahí, con cargo o sin cargo, pero asumiendo responsabilidades. No me vale el “todo está mal” o “no hago falta”.

Las cosas se pueden ver de distinta forma según el sitio en el que esté sentado cada cual; y las hermandades serán lo que nosotros queramos que sean. Y, para eso, hay que implicarse. De corazón. Deseo que salgan los originales, porque eso significa -excepciones puntuales no incluidas- que se saben conservar y que las restauraciones, en su caso, se hacen de forma primorosa; para preservar del tiempo y proteger su valor; que los lifting son otra cosa.

Deseo que sepamos honrar a quienes nos precedieron en las labores de gestión de las hermandades. No digo de mando, porque aquí no manda más que quienes procesionamos. Yo no creo que nadie se meta en una cofradía para promocionarse socialmente; si creo que algunos nos equivocamos -yo misma he confesado muchos errores-; pero aquellos que estuvieron y fueron, siempre deben formar parte de nuestra historia. Porque seguro, y esto sí lo puedo asegurar, no todo les habrá salida mal. ¿Podremos recordarlo?

Deseo que si han de salir nuevas hermandades -no pongamos puertas a la devoción- se haga desde una necesidad real, de una demanda palpable; y no desde el rebote de quienes quieren hacerse su cofradía a medida. Pasaron los peores momentos, porque casi tenemos que pedir un censo de hermanos “rebotaos” que iban de un sitio a otro a ver si alguien les hacía caso… en lo suyo, claro. Y eso, tampoco.

Deseo que nuestras hermandades tengan el acompañamiento que necesitan. Me gusta que los Ejércitos, las Fuerzas de Seguridad, y cuantos nos cuidan, rindan honores a nuestros titulares. Porque para mí, ellos, como en el mensaje de Jesús, son garantes del respeto, de la paz. Aprovecho para rendirles homenaje por su esfuerzo, sobre todo en las misiones en el extranjero donde tanto han hecho por la convivencia.

Porque deseo que busquemos, entre las normales discrepancias, el objetivo permanente de reconciliación; que el perdón que yo he querido pedir en estas palabras, sea un perdón de verdad. Porque, como dijo Santa Teresa, “si no hemos perdonado nosotros, demos sentencia contra nosotros, que no merecemos perdón”.

Deseo que nos una la medalla y el sentimiento; por encima de la vestimenta que podamos portar el día de salida. Que ni costaleros, ni bandas, ni mantillas, ni penitentes ni roquetes -qué me gusta esta palabra- sean distintos más que por sus ganas, su esfuerzo y su amor… Amor, ya lo sabéis, mi palabra preferida. Y, deseo, por encima de todo, que no confundamos seriedad con recogimiento; que no confundamos penitencia por tristeza; alegría por desmadre; y orgullo por vanidad. Dejemos de calificar y de cuantificar…

Seamos acogida de nuestros Titulares, seamos Iglesia, parroquia, colegio o convento… Convento, ¡cuánto debemos agradecer a nuestras monjas que miman y rezan; que rezan y trabajan; que rezan y creen…! Y que rezan cantando. Ellas son… esperad, así me lo cuentan. Va por ustedes, hermanas.

ESTA ES TU HERMANDAD.

Hemos visto a todos los Titulares que procesionan en nuestra Semana Santa. Hemos visualizado sus rostros, sus pasos, su entorno, su devoción… pero puede que esperéis algo más.

¿Queréis que os hable de vuestra hermandad?

Escuchad porque esta es la vuestra.

Tu hermandad está llena de ilusión y se supera cada año para llevar a la calle la fe y el amor a sus titulares. Tu hermandad es ese grupo de personas que deja de pensar en el yo para trabajar en un nosotros que la hace fuerte y que genera admiración. En tu hermandad se vive durante todo el año la Semana Santa y son muchos más los que así la sienten que quienes sólo aparecen en la salida como si no fuera su ellos.

Tus titulares nunca se siente solos porque cada función, cada acto, cada convocatoria cuenta con el respaldo de sus hermanos, de sus devotos, y crean en esas ocasiones, una imagen tan bella como la propia procesión. En tu casa de hermandad, la que existe físicamente, o la que se siente en muchos rincones con el simple calor de sus cofrades, hay sentimiento fraternal y el problema de uno, en el momento que el resto se entera, pasa a convertirse en un problema compartido; en el que cada cual pone su granito de arena.

En tu cofradía hay orgullo de lo que se tiene, pero no rivaliza con el resto, porque no hay competencia en el amor a Jesús y a su Madre; no hay final del camino, sino día a día; no hay trofeo sino más trabajo. Tu hermandad es un ejemplo cristiano, porque, no sólo has colaborado con ella, la apoyas y, tal vez, también procesionas, sino que dejas ver en tus palabras y en tus acciones qué creencia guía el camino diario, esa que recibimos de nuestros mayores y que trasladamos a las nuevas generaciones.

Tu Hermandad, esa que yo bien conozco, se preocupa cuando a otra toca quedarse en el templo, cuando hay alguna incidencia, cuando algo perturba su normal funcionamiento. Cuando esto, porque Dios lo manda, ocurre, es la primera en tender su mano. En esa cofradía que tanto amas, hay tiempo para la caridad, y para la formación, y para compartir.

Puede que a tu hermandad le guste que las cosas se hicieran de otra forma; pero sabe cómo trabajar por ello: sin enfados, sin altanería, sin desprecios… Porque aceptas que, o estamos -y estamos con todas la consecuencias- o nos podemos ir. Aquí nadie está obligado; salvo al sentimiento de grupo, Y el grupo tiene un solo objetivo; un solo Señor, una sola fe. “No pienses que es humildad callar cuando prevalece lo malo y rehúsas defender lo bueno. Huye de una humildad que, con la omisión, se viene a hacer necedad”. Lo dijo Quevedo.

A mí me gusta de tu hermandad cómo se respeta a los mayores, se cuida a los jóvenes, y se da ejemplo a los niños, esos niños que son el mejor mensaje de que Dios no ha perdido aún la esperanza en la Humanidad. Y no son, para tu cofradía, prioridad estrenar o embelesar con nuevos enseres o proyectos. Muy al contrario, éstos son una forma de realzar la presencia de los titulares en la calle, a mayor gloria de Jesús y de su Madre.

En tu cofradía he visto el amor con mayúscula, el esfuerzo, la fe inquebrantable -aún en los momentos de duda-, el proyecto de presente y futuro para la comunidad católica; el deseo honesto de dar sin esperar recibir. Porque los estatutos que un día se aprobaron y al que te debes, las medallas que en un momento te impusieron; la responsabilidad, en definitiva, que asumiste no es algo más de tu vida; es el fundamento de tu vida cofrade. Y lo sabes. Tu hermandad tiene un nombre, pero no hace falta nombrarlo, aquí todos somos cofrades. Sé que tu hermandad es la mejor; porque con su ejemplo nos hace mejor a quienes la compartimos.

¿A qué he hablado de tu hermandad?

Y ahora, si me lo permites, te voy a hablar de tus días grandes…

Has vivido todo el año, pero ahora intentas no perderte ni lo que hace tu cofradía ni lo que hacen las demás. Es difícil porque hay muchas coincidencias, pero sabes enviarle tu cariño. Empiezan los que más tienen que prepararse -por una cuestión física más allá de lo religioso- y vives las primera “igualás” y luego el retranqueo que cuando me enteré que era eso, me quedé prendada.

Has realizado el triduo, novena y función principal, has realizado pregones y presentado carteles, y hasta conferencias y mesas redondas, que hay que prepararse, de acuerdo al reglamento interno de tu hermandad. En la póstula, donde siempre echas de menos un poquito más de dinero, pero agradeces el cariño recibido, comienzas la cuenta atrás definitiva. Vives la misa de las palmas como luego -salvo que tus horarios te coincidan- acudirás a los oficios y a la vigilia pascual. Semana Santa no sólo son procesiones.

Toca acudir a los partes meteorológicos; y hacer balance del número de hermanos que te van a acompañar; y nos acordamos de los que nunca más podrán estar entre nosotros, y que nunca olvidaremos; los que cualquier motivo o pueden les impide acudir, Y hasta nos acordamos de quienes, por decisión propia han tomado otro camino.

En nuestros rezos, antes de la salida, a todos los tenemos en cuenta; para eso somos cofrades.

La Iglesia se va llenando; las tenemos de tantas clases: en las que todos cabemos y en las que no; las que tienen los pasos dentro y las que todavía los tienen “aparcaos”; las que no tienen problemas de montaje y las que, con mucha prisa, deben compartir el espacio con otras a las que hay que dejarles el lugar. Esa es la cuestión: cada cual a su sitio. El que te toque, sin protestar porque alguien menos antiguo que tú va mejor colocado. ¿Mejor colocado? Como si fuera una carrera. No vamos ni a ver ni a que nos vean; vamos a acompañar. Ya tendrás tiempo de comentar si algo no te gusta. Ahora prepárate, por dentro y por fuera.

Murmullos, charlas, a veces jaulilla de grillos, y una voz desde el atril que pide “por favor, vamos a mantener el silencio, estamos en la casa de Dios”; y en un momento se hace el silencio. Sólo un momento… porque continúan las emociones, los saludos, colocarnos el último detalle, desearnos suerte… No me pidas que critique eso… sé que no está bien; pero, a veces yo lo hago, no lo puedo evitar. Y entonces, se oye la voz del párroco, con suerte también el consiliario que, junto al hermano mayor -estas imágenes deberían ser imprescindibles- nos exhorta, nos bendice, nos felicita… Falta muy poco.

Sé que en tu hermandad concretamente, las cosas no son así; las normas exigen un silencio que, perdóname, no te hace ser más seria; te hace ser la que eres. Pero tú también lo sabes, desde el corazón el rito es el mismo, aunque tú lo hagas en silencio. Alegría, nervios, entrega… Semana Santa.

Sigamos soñando. Como el tiempo es estupendo -los otros días los paso de largo vaya a ser-, sabes que un minuto o dos, se abrirán las puertas y, es increíble, notas cómo el pulso se te acelera, los ojos se humedecen, y todo en ti se hace sentimiento. No te has parado a pensar la de horas que vas a tener que estar en la calle; que el calorcito de ahora -cuando tienes suerte- será después frío helador. No has pensado el tiempo que vas a pasar sin comer, beber, fumar, sin reposo para tus pies, tus brazos o tu cuello… Lo pensarás a la vuelta, pero, ahora, que abran ya que quiero salir.

Adelante Cruz de Guía, márcanos el camino… Vámonos a hacer liturgia en la calle…

Vamos a la calle que es ya es semana grande, vamos a vivir el momento con alegría; vámonos a dar expresión pública de fe. Que se entienda por qué y para qué hemos venido. Vamos a la calle a sentir; guardando en nuestros corazones las anécdotas y dispuestos a dejarnos llevar. Sales a la calle y tras dar las gracias, empiezas a ver rostros conocidos entre la multitud que te encuentras. Y te olvidas de la educación mal entendida de tener que saludar a todo el mundo. No es día de relaciones públicas. Puede bastar una mirada cariñosa, tal vez un leve apretón de manos, discreto. Dejemos para otros días los besos y abrazos, y saludos cuando formamos parte del cortejo.

La procesión está hecha para el recogimiento. Aprovecha y recuerda a qué instante de la vida de Jesús estás acompañando. Recuerda a qué advocación está dedicada la Señora. Debes saberlo, las tuyas y la del resto, porque si no, ¿qué estamos adorando? ¿Sólo un paso? Tiene que haber algo más. Tienes que saberlo, aunque no siempre seas capaz de explicar porque esa imagen, justo esa, se te clavó en el corazón y ya nunca podrá salir de él. Y en ese recorrido, desde el recogimiento, escuchas las voces que te rodeas.

Y alguien dice, “perdona, ¿quién es este Cristo?” Y respiras hondo y piensas, ¿qué hable de mi Cristo? Y alguien dijo, con “age” sevillano “¡pero hombre de Dios, si el Cristo es una inspiración divina! ¿Qué quiere que le diga del Cristo? Cuando estamos delante de Él, es como si se paralizaran los sentidos. En su cara se fundó, la clemencia, la ternura, la Bondad… y la Aflicción… Ya le digo, estas no son cosas para expresarlas con palabras”.

Y sigues adelante, confiando en que todos lo entienden como tu.

Y alguien más pregunta, “¿cómo es la Virgen? Vaya cosa, ¿usted cree que yo puedo decirle cómo es la Virgen?” ¿Es que hay alguien capaz de decirlo?”. La mire, por donde la mire -en la iglesia o en la calle- es maravillosa. Y, a partir de ahí, te dejas llevar por los sentimientos.

Por ese compromiso de quienes procesionan, tu Hermandad hace un recorrido de los que marcan ejemplo. Vive su barrio, sea cual sea; cumple las normas de la carrera oficial, y hace vivencia de todo ese año de espíritu cristiano en unas horas en la calle.

A tu hermandad no le preocupan los comportamientos inadecuados porque eso ya no se permite. Ni vestimentas más propias de fiestas que de una procesión; ni personas que se salen de la fila pero, bien cubiertas por la medalla, hacen su especial recorrido: fuman, comen, beben y hasta dándole un besito a la pareja… en fin, no seré quien yo condene, pero ¿se han dado cuenta cómo hieren al resto de los hermanos que no quieren hacer eso? Tu Hermandad sabe que un año es muy largo, y hay que disfrutarlo, pero está pendiente de que su andar no perjudique a otras cofradías con las que comparte calle. Y, por eso, cumple los horarios que, si vienen cortos, pues habrá que hablarlo con Federación, con diálogo.

Yo voy a ver a tu hermandad, porque vuelve a su templo bien organizada; sin “espantás” que hace frío o, algo peor, para no perderse el encierro. Sé que es duro, pero no salimos a la calle para disfrutar sino para acompañar. Y cada cual tiene su sitio.

Por eso, porque el comportamiento de tu hermandad es ejemplar, completamos la estación de penitencia con el corazón imbuida de la felicidad del deber cumplido. Y ahora, más que nunca, desde la satisfacción de haberlo conseguido, los corazones se abren, llegan los abrazos, las lágrimas, los buenos deseos… Hemos vuelto, felicidades para mi hermandad. Ha sido el orgullo, una vez más. Semana Santa de Granada, nuestro encuentro más cercano con Jesús y con su Madre. Momentos de recogimiento y de alegría. Para muchos, como leí en una plegaria una ocasión de vivir y revivir los días más hermosos…

“Cuando estés cansado, cuando estás en desacuerdo

Con lo que te rodea, cuando estás

Desesperado y te sientes

Profundamente desgraciado

Acuérdate, tan solo un momento

De los días hermosos,

Cuando reías y bailabas,

Cuando estabas alegre con todo

Como un niño sin problemas

¡No olvides los días hermosos!

Cuando horizonte,

Por lejano que lo veas,

Aparece oscuro, sin ‘luz’

Cuando tu corazón está lleno de tristeza

Y, quizás, también, lleno de amargura, cuando aparentemente

Toda esperanza de nueva alegría

Y felicidad han desaparecido

Te lo suplico

Busca cuidadosamente entre los recuerdos

Los días hermosos.

Los días en que todo marchaba bien,

Sin nubes en el cielo,

Cuando cerca de ti había alguien

Que te hacía sentir amparado

Cuando podías todavía entusiasmarte

Por la persona que hoy

Te ha desilusionado o,

Quizás engañado.

¡No te olvides los días hermosos,

si los olvidas no volverán más!

Vuelve a ser dueño de ti mismo

Llena tu espíritu de pensamientos alegres

Tu corazón de misericordia

De dulzura y de amor,

Tu boca de una sonrisa,

Y todo volverá a ir bien”.

Y A MODO DE EPÍLOGO.

Os debo confesar cuánto me he agobiado, algunas veces pensando cómo debía hacer este pregón. Mucho me importaba que os gustara, pero al final me he di cuenta, de que lo importante, lo más importante, olvidando mi imposible poesía y mi torpe prosa, era haceros sentir orgullosos de ser cofrades, de amar la Semana Santa.

Amar, esa es la palabra mágica. Nada puede existir en el mundo si no es con amor.

Amar nuestras tradiciones, nuestra fe, nuestra hermandad…

Amar… «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (Carta de los Corintios, 13; 4-8)

Y en las cofradías, pese a quien pese, nos amamos. Conscientes de lo que somos. Dijo el padre Hiniesta: Gracias a las hermandades con todas sus deficiencias, Jesús se va a la calle en busca de los suyos que se le perdieron en un recodo de la vida. Sólo pretende animarles en la búsqueda del camino de vuelta”.

Y nosotros podemos hacer mucho, desde el camino de ida. Pensando en el futuro, en esos niños que hacen de nuestro trabajo un proyecto en el que sólo hay un final: Gloria a Cristo Señor, a su Padre, y a su Madre, Gloria a los hombres de buena voluntad; Gloria a la Palabra Divina…

Por eso he hecho este pregón. Donde estamos todos.

Quienes bajo una misma fe, sacamos a la calle advocaciones que, por una y otra razón, se han hecho un hueco en nuestros corazones. Corazones que hoy, más que nunca, debemos cultivar, no para nuestra hermandad, sino para nuestra fe: sin presiones, sin perezas, sin miedos. Dime qué Semana Santa quieres, y te diré la que tendremos. Tengamos seguridad de que podemos y que la fuerza, como la luz no puede venir solo de los demás, debemos sacarla de nosotros mismos.

Somos mucho más de lo que creemos, podemos dar mucho más de lo que intentamos; y sabemos cómo hacerlo. Lo estamos demostrando en la Semana Santa, esta que nunca más debemos volver a comparar con alguna otra. Que ni es mejor, ni es peor, sino que es la nuestra; que no imita, sino aprende; que no envida, sino admira; que no compite, sino comparte. La que nos hace, si lo aprovechamos, un poquito mejores.

La historia se repite hermanos. De nuevo llega la Semana Santa y con ella el amor de Dios se hace aún más grande. Debemos estar alegres. Su hijo va a morir pero para volver de nuevo a resucitar. Vivamos la Cuaresma con el espíritu de preparación que se requiere. Hay tiempo para rezar, para las cofradías, para los cultos, para reír y llorar… para todos los sentimientos que Dios nos concedió. Porque somos personas puestas en este mundo para algo; para algo que sirva, para dedicarlo a los demás…

Y si algo hay que ofrecer, yo creo que, por encima de todo, nos debemos dedicar a dar y recibir amor. Seamos ejemplo para los niños. Ellos aprenden de nosotros y nosotros debemos aprender de ellos. Está escrito “Yo os aseguro, si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18.3). En ese Cielo donde no hay más brújula que la que nos ofrece la creencia de verdad. Una verdad que hacemos palabra con la oración, ese gran regalo que Dios nos dio. Donde está la respuesta y donde, aprendemos a ser más fuertes… hasta el final.

Y mientras llega, mira a tu alrededor, a esa gente que quieres y que te quieren. Sé que lo sabes, pero te lo voy a recordar: siéntete feliz de estar cerca de tu familia y tus amigos, diles lo importante que son para ti; repítelo una vez más; porque es bueno sentirnos cerca de ellos; háblales y escúchales; Coge sus manos y demuéstrales que les quieres; regálales un abrazo sin dejarlo para mañana; mañana para ti es hoy. Pide perdón o date por perdonado. No lo demores, que es importante. No neguemos ni una palabra de cariño que es el mejor alimento del alma.

Seamos verdadera familia, para que Él, con su hijo Jesús, nos guíen, y para que, junto a su Madre, la Virgen María, nos acompañen siempre. Las campanas suenan; escuchemos la voz de Dios. Oigamos el mensaje divino. Es Semana Santa. Nuestra Semana Santa.

He dicho.

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