Los Reyes, la familia de la madre de mi marido

Por Trini García Varo
13 de enero de 2013

Para hablar de mi suegra de Teresa Reyes Ortega, hay que pensarlo bien, porque era única, tan buena y tan sencilla, buena hija, buena madre y mejor suegra y abuela.

Teresa Reyes era hija de Rafael Reyes y Carmen Ortega, que tuvieron tres hijos y dos hijas: Rafael, Paco, Manolo, Carmela y Teresa. Teresa era mi suegra. Carmela murió muy joven. De los cinco solo vive Manolo, triste es decirlo pero así se acaban las familias.

Vivían, como no, en Antequera. El padre de mi suegra, el abuelo Rafael, había sido carpintero y tenía una carpintería en la Cruz Blanca. Hacían carros para ser tirados por caballos y mulas, antes cuando apenas si había algún coche que otro. La abuela Carmen ama de casa pero muy especial, le gustaba leer mucho, leer y aprender, quizá ese gen, lo haya heredado mi marido. Carmen Ortega, era muy guapa, siempre iba muy arreglada y limpia y le gustaba tener siempre las manos muy arregladas, eso lo recuerdo bien, cuando íbamos a verla siempre nos miraba las uñas.

Rafael Reyes, era muy alto y muy delgado, un hombre guapo, pero no tan perfecto como su mujer, mas bien un poco desastre, ella siempre le regañaba.

Antes de vivir en la Calle Cruz Blanca, vivían en el campo, en una Huerta del Partido Arroyo.

A mi suegra Teresa, le gustaba contarme cosas de la familia cuando nos sentábamos por las tardes en la mesa camilla de la cocina en la Calle Merecillas.

Me contaba que en casa de sus padres en la Cruz Blanca, en aquellos tiempos en las casas no había agua potable y como era casa de familia muy grande, tenían que lavar mucho, y el agua la tomaban de una fuente que había precisamente frente a su casa, a un lado de la Iglesia de la Trinidad, con su grifo puesto. Mi suegra se levantaba a las seis de la mañana para coger la vez, me contaba que se llevaba una serie de cubos y que pasaba mucho frío. Algunas veces durante la guerra, a esas horas pasaban los aviones de la guerra y se iba rápido toda la familia a refugiarse en los sótanos de la Iglesia.

Otra cosa que me contó fue que su hermano Paco, al que quería mucho, siendo un niño, durante la guerra, entraron muchas personas asaltando la casa en el campo estando él se asustó y salió corriendo, corriendo, con otras muchas personas colindantes. Pasó mucho tiempo y se temía por su vida, no había noticias algunas.

Había pasado mucho tiempo, un día llamaron a la puerta de la casa, era un forastero que traía una carta de Paco Reyes. El tío de Pepe, mi marido. La carta tenía una fecha muy atrasada, llevaba escrita mucho tiempo pero aquel hombre indicó que no podía salir de su escondite, para entregarla, esta buena persona, le prometió al chavalillo Paco, el cual estaba muerto de miedo que le llevaría la carta a su familia, aunque fuera lo último que hiciera en su vida.

En la carta Paco contaba que en su huida, ya no sabía solo el regresar y siguió con los demás, y andando por los montes llegó desde Antequera a Málaga. Y conoció a este hombre, y entonces escribió la carta a su familia. En la carta Paco, contaba que salió huyendo de la huerta, muerto de miedo, cuando vio entrar a aquellos hombres llevándose todo lo que veían, y matando a los vecinos, entonces no pensó en familia ni en nada sino en correr con otro grupo. En Málaga se fue a una pensión, y de allí a casa de una familia que le dio cobijo, era muy difícil viajar, y muy difícil volver a Antequera.

La alegría de la familia fue tremenda, sabían que Paco estaba vivo, mi suegra me lo contaba con lagrimas en los ojos.

En Málaga la mencionada familia acogió muy bien a Paco, la familia tenía varias hijas y con una de ellas, cuando se acabó la guerra se casó, y se vinieron a vivir a Antequera, no tuvieron hijos.

Paco era fuerte, trabajador, estuvo unos años como encargado de la Fabrica de Fideos y Pastas para sopa de mis suegros, y después puso un Gran Taller mecánico-industrial, junto a su hermano Manolo, Talleres Hermanos Reyes.

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