Mi Madre: Teresa Reyes Ortega

Por José Luis Sánchez-Garrido R.
13 de agosto de 2012


(Mi madre, detras de Trini, en el bautizo de mi hija Eva)

Sin duda, la persona que más he querido en mi vida. Hace aprox. 20 años que falleció. Y quizá llevase con Alzeheimer 8 años. Así como he dicho en alguna ocasión, mi madre murió dos veces, una cuando perdió totalmente la memoria, y otra cuando su corazón dejo de funcionar.

Yo pensaba que a mí me quería más que a todos mis hermanos, o me lo parecía, con tantos y tantos detalles, y con tantas muestras de cariño, de las que era beneficiario. Después con los años, hablando con mis hermanos, pues todos piensan igual que yo. Que ellos eran “el ojo derecho”. Para mi madre, todos sus hijos éramos el ojo derecho.

El espíritu de sacrificio de mi madre era tremendo, gigantesco, colosal, por encima de todo era que sus hijos comiesen bien, vistiesen bien, y sobre todo fueran educados y estudiasen. Eran sus cuatro ángulos de visión. Ello a los hermanos nos une, es el cemento que fragua nuestra relación. Con mis hermanos no hay compromisos, nos entendemos en todo, nos reímos de todo, nos perdonamos todo, aunque haya poco que perdonar, y solo estando juntos es día de fiesta para nuestros sentidos. Habrá quien no lo entienda, pero es así, porque así es.

Se levantaba “con las claras del alba” y no paraba durante todo el día. En aquellos tiempos no había los adelantos que hay hoy, en invierno se pasaba mucho frio, y en verano mucho calor. No se conocían los aparatos de aire acondicionado, y sí mucho los ventiladores metálicos amputadores de dedos, y cabezas oscilantes. Ventiladores negros como la noche oscura, y pesados plúmbeos como se estuviesen rellenos de plomo. No había lavadoras, se lavaba a mano, estropeándose las mismas, con aquellos jabones corrosivos. No había las modernas cocinas, sino que había que prender la hornilla, con leña, y un pequeño trapo, que se empapaba en aceite y se le prendía fuego, al que se le llamaba “torcía”.

El pintado de la casa, cada tres años, era todo un zafarrancho, de poner todo “patas arriba”, y después la casa quedaba como los “chorros del oro”, siempre lo hacía Manolo El Pintor, amigo de la casa de siempre.

En la casa desayunábamos todos juntos me refiero a la familia y a los empleados del almacén contiguo. Desde luego no se admitía ni una bromita a un empleado que pudiera molestarse, el trato tenía que ser totalmente respetuoso exquisito. Cuando los mayores hablaban, los niños teníamos que no hablar nada, solo escuchar y punto.

La más mínima discusión entre hermanos y mi madre se descomponía, solo quería entre nosotros cariño y unidad. Esto se nos inculcó, a fondo, por ello ahora seamos los hermanos, una familia muy unida, donde nos entendemos muy bien, nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Que comprendemos y admitimos, sin querer cambiar, lo que cada uno ha optado. Diría que es una familia de imposible rotura. Se puede estar con ella o no, pero dividirla es imposible.

El silencio de mi madre, cuyos sufrimientos eran para ella sola, y no compartía para no hacer sufrir, ella sola los amasaba, y los digería, mientas en su vida externa todo ordenada, administraba exquisitamente y trabajaba sin piedad. Yo no soy nada, solo un pequeño destello perdido de mi madre.

Con ella hablo mentalmente de intrascendencias, y me da consejos, los consejos de siempre, y me mira la miro y nos abrazamos. Desde que mi hermana Mely, me enseño a abrazar. Y en Antequera, en Calle Merecillas, no estoy en mi casa, estoy en su casa. En la casa de mi madre, no nos engañemos.

Trini, siempre ha querido mucho a mi madre, mi madre siempre ha querido mucho a Trini, una de las cosas que aprecio muchísimo de Trini es lo fantásticamente que habla de mi madre.

Mi madre, os he engañado, porque aunque murió por segunda vez, ahora vive por tercera vez, en el aire que respiro en Calle Merecillas, en sus atardeceres de brisa suave y reponedora, en la luz filtrada por las cortinas, en las soledades apacibles, acompañado de flores de jardín y macetas antequeranas, mi madre vive en el viento, en el sol, y en los amaneceres, yo sé que moriré antes que ella, y si puedo me despediré de ella , como la persona que más he querido, como la persona que más me ha querido. Sin contraprestación, sin nada a cambio, solo con el interés de tener a sus hijos e hijas “como personas de provecho”

Así en los veranos agosteños, cuando abro la ventana, para eliminar el frio del aire acondicionado, (estupideces de la vida regulo el aire frio, abriendo la ventana para que entre aire caliente, esto lo aprendí en la Oficina, y después lo he transplantado a casa, y al mismo coche cuando conduzco), habrá muchos que viajen y lo “pasen muy bien”, otros irán a Hoteles llenos y playas llenas, de calores insoportables, y después pregonaran probablemente mentirosamente, que lo pasaron magnifico, yo permitidme que lo pase a mi manera, con aire acondicionado, regulado por la ventana más o menos abierta, y recordando a mi madre, ahora que vive su tercera vida.

Si estoy casado, he tenido la suerte, que sea Trini, mi compañera en esta vida, que tantos desvelos hace por mi. Si tengo una hija Eva maravillosa, trabajadora, inteligente y guapa. Si tengo dos hijos estupendos Jose y David, magníficos inteligentes, trabajadores y preparados. Una familia a la quiero muchísimo, por supuesto, sin la menor duda, ni remota.

Pero mi madre es mi madre. Ellos lo saben, y están de acuerdo, una madre es lo mas grande. Sin duda.

Buenas tardes.

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