Discurso de Mª Teresa Sánchez-Garrido Reyes a su hija, el día que cumplió 25 años y celebramos su fin de carrera

 Marbella, 17 de octubre de 2006

                                                 

SOBRE MI HIJA…

Hoy cumple un cuarto de siglo.

A todos los que compartisteis con nosotros la tarde del día 30 de Septiembre, en que celebramos el fin de carrera de mi hija Teresa en la casa de Antequera de la Calle Merecillas, os agradezco el haber dejado a un lado otros compromisos y ocupaciones, y haber hecho que pasemos uno de los días más memorables de nuestra vida. Especialmente se lo agradezco a mi hermano Jose Luis y Trini, que tanto se esforzaron altruistamente para conseguir que todo saliera bien. También me dirijo a los que por unas causas u otras no pudisteis venir, pero me consta que os hubiera gustado.

Ante todo, decir que me cuesta comprender porqué mi hermano y mi cuñada se entregan y abren sus puertas para una fiesta que solamente les ocasiona gastos (por cierto, aún les debo la parte que les prometí) y trabajo. Tampoco comprendo muy bien porqué la fiesta fue en honor a mi hija, que se ha pasado seis años pegándose la vida padre a mi costa, y no en honor de sus padres, que nos hemos sacrificado y sufrido durante ese tiempo, máxime en este caso, en el que ella misma confiesa que se ha sacado la carrera “con la gorra”, y que no le ha supuesto ningún esfuerzo. Tengo que decir que no es una niña brillante, pero sí lo suficientemente lista como para saber combinar la vida de estudiante con el saber vivir la vida, reírse de ella misma y por supuesto de todos los demás, incluidos los profesores.

Supongo que notaríais que yo, su madre, aquel día, además de emocionada estaba afónica. Vosotros que me conocéis en profundidad, sabéis que la garganta es mi punto débil y que yo, desde pequeña, siempre “he estado malita”, de ahí aquella cantinela que se oía en casa “Hijo, deja en paz a la niña, que está malita”. Y así me crié, la menor de seis y superprotegida por nuestra querida “niñera”, María, entre mimos y algodones.

Creo que mi hija tiene que agradecer al cielo, o al destino, que yo estuviera afónica ese día, porque con lo que a mí me gusta hablar, de haber tenido voz hubiera aprovechado la ocasión para decir cuatro cositas sobre ella, para que la vayáis conociendo. Supongo que aunque no me lo digáis abiertamente, todos os habéis dado cuenta de que no es una niña normal, es alguien especial, un ser singular. Desde que nació, ya notamos algo, y no porque naciera con la oreja doblada, que parecía un gnomo. Era muy, muy pava, pero eso no nos extrañó. Conociendo mis antecedentes, era una herencia materna. Su hermano, cuando tenía ella un par de añitos y él unos cinco, me preguntó una vez:

-Mamá, ¿por qué Teresa no llora como los demás bebés?

Yo no entendía la pregunta, le dije que lloraba poco, que era una niña buena, pero él me dijo:

-No, a mi hermana cuando llora, le salen líquidos por todos los agujeritos: por la nariz, por la boca…Los demás, sólo lloran por los ojos.

Y era verdad. Además la pobre siempre tenía mocos. Eran tantos, tantos, que dejó de parecer un gnomo para parecer un “troll”, aquello no tenía fin, pero afortunadamente se solucionó con una operación de vegetaciones.

Mi hermano Jose Luis, muy observador y perspicaz, también notó algo. Un día me dijo que mi hija iba a ser muy inteligente, que no me preocupara por el pavo. Cuando le pregunté porqué, me dijo: “Porque tiene muy mala leche”. Acertó.

Su padre (Pepín, no conozco otro varón), siempre ha dicho de ella que es imprevisible, y es cierto. Tan imprevisible, que nadie podía pronosticar que aquél pavo tan grande, que tenía entidad propia, que era como parte de la familia, se convertiría con los años en un tremendo desparpajo, fue una extraña evolución. Empezó a desarrollar un pensamiento lógico y una agudeza impropias en una cría de su edad. Siendo casi tres años menor que su hermano, cuando él creía aún en el Ratoncito Pérez, en los Reyes Magos y en todas estas patrañas infantiles, oí que un decía le decía:

-Pero Carlitos, ¿qué haces dejándole turrón a los Reyes? ¿Cómo crees que van a ir a todas las casas, comerse todos los turrones, y llevar tantísimos juguetes en una sola noche…? Tú eres tonto, niño.

A partir de ahí, sus reflexiones me han hecho sudar tinta. Las preguntitas que hacía la niña tenían tela, y pronto sus profesores comenzaron a decir que los ponía en muchos compromisos. Se reía de sí misma porque tenía los dientes torcidos y andaba con los pies hacia dentro, parecía no tener complejos y aceptar con naturalidad lo que la vida le deportaba. Un día, mirándose los zapatones ortopédicos, me dijo:

-Anda, que como sea verdad eso de que “Quien mal anda mal acaba…”

Tenía unos diez años cuando un día me dijo:

-Estás muy nerviosa y conduces despistada. Ten cuidado, porque te estás preocupando por cosas sin importancia y podemos tener un accidente. Te inquietas por no llegar a tiempo a una cita, por tener la comida preparada a una hora exacta,… cosas que dentro de unos días ya se habrán solucionado, pero párate un momento y visualiza nuestro planeta, tan grande, con tanta gente, con tantos problemas graves, dando vueltas en el espacio… ¿Qué importancia tienen esas tonterías si las comparas con eso? Todo se soluciona, no se va a parar la Tierra por ti…

¡Trágate esa! No os quiero aburrir con otras muchas reflexiones que me ha hecho a lo largo de su vida, pero os aseguro que os vendría bien este tipo de terapia.

Pronto empezó a soltar el pavo y a no dejarse influir por los demás, defendiendo a muerte sus convicciones, pero siempre con respeto y buen humor. Iba contracorriente, cuando sus amigas quinceañeras traían a los padres locos pidiendo dinero para irse a Zara, ella se dedicaba a ganar dinero disfrazada de payaso o haciendo de estatua. Imaginaos el sufrimiento de su padre, él trabajando y codeándose con la “jet” europea en la Zagaleta y su hija limosneando por las calles… Cuando él le decía que no tenía necesidad de hacer eso, ella le contestaba:

-No te preocupes, ya verás como a tu edad no lo hago, porque sería patético…Pero tranquilo, no le hago daño a nadie y me lo paso bien.

Tampoco tenía necesidad de hacer pulseras de cuero y venderlas en un puesto ambulante de la Calle Elvira de Granada, cuando estudiaba la carrera. Cumplía ya por lo menos 20 años cuando su padre le dijo que pidiera el regalo que quisiera. Ella pidió UNA PIEL DE VACA. Como suena. Para hacer más pulseras y venderlas, como en el cuento de La Lechera. ¿Conocéis a alguien de sue edad que haya pedido algo así? Definitivamente, ella es diferente.

Al principio, tuve que hacer un ejercicio mental para admitir que mi hija no tenía porque vivir la vida como YO quisiera, sino como ella la ve. Que no tenía que ser a mi imagen y semejanza. En resumen, tuve que admitir que en este mundo tiene que haber de todo, y que mi hija no respondía a los esquemas tradicionales. Ella dice que yo soy una histérica del orden, pero no es verdad. Es que ella es MUY desordenada. Para todo. Con deciros que hizo 5º de Sociología antes de hacer 4º… No es broma, podéis consultar su expediente. También terminó el máster antes que la carrera. Ella es así, imprevisible, puede esperarse cualquier cosa.

Pero eso fue al principio. Al final, tengo que reconocer que ha salido una criatura con una personalidad fuerte, una risa espontánea y unas ganas de vivir que me dan verdadera envidia. Y tiene las dosis justas de buen corazón, egoísmo y mala leche como para no ser tan tonta como lo ha sido su madre. Yo, que soy educadora por vocación, no he sido capaz de educar a mi hija. Ella se ha fabricado su propia estructura, y se ha dedicado a reeducarme a mí, y no sabéis cuánto se lo agradezco. Me ha enseñado a ser más natural, a ser más sincera, a no preocuparme por el qué dirán, a pasar de compromisos, a rechazar lo superficial, a no complicarme la vida, a no fijarme en lo material. A disfrutar de ella y de sus abrazos, de las cosas sencillas, a saber buscar en el interior de las personas, a ver lo positivo, a no agobiarme por tonterías. Gracias a Teresa he aprendido a apreciar a todos y verles su lado humano, a admitir las diferencias, a no juzgar a nadie por las apariencias, a saber que lo importante de un regalo no es el envoltorio, sino el contenido y la intención del que te lo hace. Me ha enseñado a ser una madre feliz.

Gracias, Teresa, por enseñarme a ver donde está lo principal y donde lo secundario. Y … tú eres lo principal para mí.

Mª Teresa Sánchez-Garrido Reyes

 

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