Volví a nacer en el ‘Puerto de Los Alazores’

Antequera, 26 de junio de 2011

Desde las seis de la tarde no me he movido de la biblioteca de la casa de la Calle Merecillas, en Antequera, salvo para bajar, pasadas las 10, a tomar un bocadillo con Trini en la cocina.

Tampoco estoy demasiado diligente. Ya han pasado las 12 de la noche, estamos pues en las primeras horas del día 26 domingo.

Al estar algo después de las 12, iniciado el domingo, se me hace difícil decir que hoy nos marcharemos a Albolote, cuando hay que dormir y descansar así que nos iremos hoy, pero es casi mañana.

Esta mañana fui a comprar El Sol de Antequera, y también el Ideal de Granada. Pasé a un parking vigilado, para pagar la mañana de hoy. Allí me esperaba un aparcacoches y me dijo:

–¿Se acuerda Vd. que la ultima vez que vino, dejó la ventanilla del lado del acompañante abierta?

–Pues si –le dije.

–¿Le robaron algo?

–Pues creo que n0, pues en el coche no suelo llevar nada.

–Pues mire Vd. –me dijo– hoy estoy de descanso, he pasado por aquí, he visto su coche, y me imaginaba que Vd. vendría, le estaba esperando.

–Ocurre -prosiguió- que una Sra. ha encontrado tirado en el jardín la documentación de su coche, y me la dio a mi. Yo me acordé de Vd. y de la ventanilla abierta. Se nota que al ver el cristal bajo, de la guantera se llevaron la misma, y al ver que no tenía nada la tiraron al jardín.

–Ah! –le conteste– pues muchas gracias. Me gustaría a ser posible tenerla hoy o mañana antes de irme a Albolote, para no ir indocumentado.

–Pues mañana, se le llevo a su casa, a las 10 de la mañana.

–Pues muchas gracias, Andrés.

Hoy he estado comiendo con Trini y mi hermano Antonio, en mi casa, o en casa de Trini y mía. Antes de la comida hemos hecho un recorrido por la casa, mi hermano estaba encantado. La vieja radio, la cuna por la que pasamos los seis hermanos, la mesa de despacho de hace casi 50 años. El salvoconducto de mi abuelo, cuando hizo la mili en Melilla, la fotos enmarcadas, partidas con las tijeras por la mitad, y después pegados con papel fixo, de cuando éramos novios, y rompimos, que era lo que se llevaba en aquellos tiempo, se partía la foto en vertical, y cada uno se llevaba la parte donde “salía”.

Mi hermano Antonio ha disfrutado con el recorrido y me ha felicitado por guardar tantos recuerdos. Me dice que no se me ocurra tirar nada, sirva o no sirva. Que lo deje todo. Que no me desprenda de nada. Y me dice que el guardar los recuerdos es una forma de fomentar la unidad familiar, que sin recuerdos, y sin la casa de los padres, estos se dispersan.

Mi hermano Antonio, le dice a Trini, que ella es la Sánchez-Garrido, más Sánchez-Garrido que los Sánchez-Garrido. A ellos les encanta Trini, se le adora en la familia.

Hemos tomado “Porra Antequerana”, que nos ha preparado mi hermana Mely.

–Es de una calidad muy fina -nos dijo ayer.

Ella no ha venido. Se ha ido a una boda, a pasar calor.

Con mi hermano Antonio, muy fresquitos con el aire acondicionado, hemos hablado de la madurez, de la templanza, de la experiencia, del mundo, de los años, de la vida. Un poco de todo, y un mucho de nada.

Lo acompañe a su casa, y volví. Quería tomar un café, pero en Antequera está todo cerrado, este caluroso sábado por la tarde, me refiero a cafeterías.

Con el titulo de este postme refiero a un episodio que me paso hace muchos años, tendría 27-28 años, vivía en Gabia Grande (Granada), en Urb. Los Chopos, en un chalet alquilado.

Fui a Málaga, a Amoniaco Español S. A., a una reunión. Al volver era bastante de noche, las 10, las 11 más o menos. La carretera iba de El Colmenar a Loja, una carretera infernal, estrecha, con terribles curvas, pendientes y barrancos.

Conducía un Seat-124. Había que tener valor para aventurarse a ir por allí, pero es que ir por Antequera, era el trayecto muy largo, y tampoco la carretera, estaba demasiado bien. Pero no era letal, como la de El Colmenar a Loja.

Varios años después de este viaje, hubo fuertes desprendimientos sobre la carretera, se hundió parte de la misma, y ya quedó inútil, para este paso, y sigue así. Evidentemente hoy tampoco sería necesaria, con el autovía Málaga-Granada.

La carretera era peligrosa, aquella noche llovía, además era poco transitada. Aunque iba despacio y con precauciones, en una terrible curva, el coche me derrapó, y las dos ruedas delanteras quedaron al aire sobre un precipicio que dejaba verse entre relámpago y relámpago.

Balanceándose el coche me quedé paralizado, eché el asiento hacia atrás y desde el asiento del conductor abrí la puerta de atrás. Con terrible miedo me arrastré de espada hacia la puerta de atrás. Pude salir, el corazón se me salía del pecho, del miedo y del peligro.

Desde fuera miré la situación: ¡Me había salvado de forma milagrosa!

Lloviendo, y empapado, me fui andando porque además si venía algún coche o camión, seguro que iba a chocar con mi coche en la estrecha carretera.

Vino un camión, y puesto yo en mitad de la carretera haciendo aspavientos bajo la lluvia, paró, le explique lo que había ocurrido, y el conductor, su ayudante y yo, mojándonos los tres, conseguimos tirar del coche mío hacía atrás y poner las dos rueda delantera en suelo firme. El rostro del conductor y su ayudante se me desdibujaron con el tiempo. El coche funcionaba correctamente.

Así que muy tarde, totalmente empapado, dando titiritones, llegué al chalet de Gabia, con mucho miedo en el cuerpo. Trini habitualmente cuando voy de viaje siempre me ha esperado levantada a que llegue, aunque siempre le he dicho que no se preocupe y se acueste, pero no lo hace. Mejor dicho, ya en estos últimos años si.

–¡Que te ha pasado, vienes fatal!

–He tenido una avería -le dije.

–Dúchate con agua caliente, abrígate que vas a pillar una pulmonía. Eres un desastre José. Un verdadero desastre.

Después, pasado el tiempo, le conté lo que me había pasado aquella noche, del miedo, de los titiritones, del límite, del milímetro entre la vida y la muerte. Entre estar y no estar.

He sentido esta sensación varias veces en mi vida, una vez casi me ahogo. Miedo también en situaciones criticas en aviones, he sentido como el mundo literalmente se me acababa, la llamada de la muerte, pero Dios no quiso y tuve suerte.

La semana pasada, sentí también un miedo tremendo, por Trini, cuando el médico anestesista y después el cirujano, me dijeron todo lo de malo que a Trini, le podía pasar durante la operación. Y me pregunté aterrorizado; ¿Qué sería de mi vida sin Trini? Es un tema que nunca había pensado, pues siempre la veo mas fuerte que yo. Mi vida sin Trini, no sería nada.

Así que estoy bajo el shock del susto, y apreciando más cada detalle y cada instante.

El viernes nos venimos a Antequera, estuve comiendo en el Lozano, con mi hermana Mely mi hermano Antonio, y bien. Hemos venido un poco a descansar ella de la operación y yo del susto. Ella también del susto.

En la casa de Antequera, pues estamos en otro mundo, el de los vecinos cariñosos, de la familia. De los recuerdos. Y bueno, no queremos Trini y yo tener amigos, que suponga compromiso de salir un día a la semana, o cada 15 días. Queremos libertad, en nuestro descanso. Así que evitamos ello, de forma total, desde siempre. No lo concibo de otra forma, no podría soportar, después de tener las obligaciones del trabajo, crearme obligaciones con amigos.

Pero si notamos de forma clara, que hay bastante personas que nos quieren. Probablemente por procurar en lo posible no molestar a nadie. También vemos que la vida, nos queda menos, y que la juventud que nunca pensábamos que podría pasar pasó.

Sin embargo nuestra mente, sigue siendo ágil. Y sin tener amigos-obligación, si tenemos un montón de amigos-simpatizantes.

Realmente no merece la pena tener enemigos. Si alguien me hace una faena, yo prefiero olvidar ello y si fuese posible saludar al mismo. No con el animo de ser amigo, sino al menos cortés, y manifestar que no somos rencorosos.

Los que tienen rencores hasta la muerte me parece que son enfermos, que no saben lo que es la vida, que tienen un problema grave, problema del que agraciadamente Trini y yo nos hemos librado, y por suerte.

Buenas noches.

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