El cuadro de la mujer sentada y vestida de rojo

En la tarde del viernes día 27 de mayo llego a las 8 de la tarde, con Trini, a Antequera.

El guardacoches del parking me comenta:

–Hoy está todo a tope porque es el día en que aquí, en el Colegio de la Inmaculada, es la graduación de los que han terminado Magisterio este año. Si llega Vd. a venir 15 minutos antes, tenía todo el aparcamiento que quisiera.

–Bien, probaré suerte en otro sitio.

–¡Espere Vd. don José Luis! –me comentó el guarda coches– se me ha ocurrido una idea, voy a quitar el mío, y ponga Vd. el suyo.

–Muchas gracias amigo –le contesté.

¿Viene Vd. de Granada ahora? –me pregunta.

–Si, efectivamente, acabo de llegar. Y le vuelvo a dar las gracias por el detalle.

Hoy también al ser Feria de Primavera, el tema del aparcamiento es difícil, yo tengo uno disponible en la Cruz Blanca, pero no lo uso.

Al entrar en casa, en el “cuerpo de casa”, en sitio preferente, en el muro o frontal que separa la cocina del patio, hay un cuadro con marco barato y arañado, de color marrón oscuro, con ribete interior dorado. No sé, creo que el marco no corresponde con el cuadro.

El cuadro tiene aprox. unas dimensiones de 20 de ancho por 30 de alto, aunque no lo he medido. Se nota que está barnizado para resaltar los colores. Es una señora de cara fina y vestido rojo, denso como si fuese terciopelo. Está sentada en una silla no de forma normal, sino lateralmente, el respaldo lo tiene a un lado, y por encima de el tiene el brazo.

El vestido rojo es largo, e incluso está sobre el suelo, al ponerse de pié le llegará a ras del suelo, sentada el vestido se arremolina en el suelo.

No está firmado y está un poco estropeado, parece que con los traslados el marco de otros cuadros se han clavado por detrás, en el lienzo, no llegando a perforarlo, pero sí se nota como una cicatriz vertical a un lado del mismo.

No es una pintura hiperrealista precisamente. Es un “manchón”, un cuadro sin perfilar, como si estuviese pintado con brocha gorda. Sin definir los limites, pero quizá ello le dé mas belleza.

La mujer está sobre un fondo oscuro, con cara quizá un poco triste. El vestido rojo y largo le da elegancia, los limites sin definir con detalle, le dan un aspecto al vestido un tanto viejo, sobre un marco viejo, de una señora joven, con cara triste, en fondo oscuro, y marco con ribete pintado en oro. Me subyuga del cuadro su belleza.

Sería enero de este año, creo que sí, o febrero tal vez, no sé, quizá diciembre del pasado año. Fui con Trini al mercado de lo antiguo de Maracena, a dar un paseo, a ver, a mirar, y a lo mejor si hay algo que especialmente me guste, me doy algún pequeño capricho.

Al llegar había en un puesto, sobre el suelo, un suelo de cuadros, como si fuesen ladrillos, un cuadro de cuadros en el suelo, con unos cuatro metros de ancho y tres o cuatro de fondo. Es decir 12 ó 16 metros cuadrados de suelo ocupado con cuadros, detrás de los mismos la furgoneta que los ha llevado al mercadillo.

No todos los cuadros del suelo son pinturas, la mayoría son láminas, unos mas grandes y otros más pequeños formando un mosaico. Mi vista se paseaba por ellos de forma rápida, como el que lee un libro, rápidamente vi en la esquina superior izquierda a la señora del traje rojo y de mirada triste.

Muchas veces algo me ha gustado, de precio ponderado, y no lo he comprado, después me he arrepentido Otras veces he comprado otras, que no me han convencido desde el primer momento, lo cual es lógicamente no lógico, pero es la realidad.

–Señor –le dije a un joven de unos 45 años dueño del improvisado establecimiento– por aquel cuadro, el de la esquina de arriba, el de la señora de rojo, mi oferta única y no negociable es de 300 euros.

–Hecho –me contesto– el cuadro es suyo.

Fue por el y, mientras preparé el dinero, volvió a los pocos segundos, me entregó el cuadro y yo sus 300 euros.

Trini me dijo que también le gustaba mucho.

De inmediato se acercó un hombre de aspecto elegante, separándose de su señora, que estaba a 4-5 metros.

–¡Eh!, ese cuadro es mío. Llevo aquí toda la mañana y estaba desde hace un rato discutiendo el precio, quería 500 euros, yo ya le había bajado 100 euros, y estaba para ver si me bajaba otros 100 y no quería. Ahora aparece Vd. y lo compra por 300 euros.

–Bueno –le dije– yo he pasado, he visto el cuadro, me ha gustado, he hecho una oferta, me ha dado la conformidad, me ha entregado el cuadro y lo he pagado. No sabía que Vd. lo quería, lo siento mucho la vida es así.

–Soy profesor de arte –me dice-–y me gusta mucho, ruego me lo venda le pago 500 euros y gana Vd. 200 euros.

–Mire Vd. señor, yo hoy domingo  no estoy de negocios. Además tendría problema de conciencia que por 200 euros de marguen haber vendido al cuadro de la señora de rojo. Lo siento señor el cuadro no está en venta. Todo tiene un precio, pero este cuadro ahora vale muchísimo.

Cuando nos fuimos, le comenté a Trini que puedo parecer un tanto egoísta, pero he comprado el cuadro. Y es mi cuadro, o mejor dicho nuestro cuadro.

A ella le parece correcto. Si el no lo ha comprado, es porque llevaba regateando un rato, nosotros hemos llegado, no hemos hablado, has hecho una oferta concreta y corta, y el vendedor la ha aceptado.

Así, con el cuadro metido en una bolsa, nos vamos en busca del coche, y casualidades de la vida, tres coches más allá, llega el Profesor de Arte, con su Sra. que es una obra de arte, y de nuevo se me acerca y me dice:

–¿Podemos hablar del cuadro? ¿Podemos negociar el cuadro?.

–Lo siento mucho señor, yo también me he enamorado del cuadro y llegué primero. Lo siento mucho, que Vd. se vaya sin el cuadro, pero yo no puedo ya estar sin el.

–Bueno lo entiendo –me dice.

Se va en el coche el señor Profesor de Arte, según me dice que es, con una señora, que probablemente no sea profesora de arte, pero si es una obra de arte.

Me voy a Albolote con nuestro cuadro, lo llevo a Antequera, quito el que había que lo castigo, quitando a su vez a otro, y lo pongo en primera fila.

Y es que me he prendado de la mujer de vestido rojo, de mirada triste, sobre fondo oscuro sentada lateralmente en la silla, con el brazo sobre el respaldo y la mirada en el infinito.

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