Escrito de la presentación que hizo D. Juan Alcaide de la Vega del libro “Antequera, otra vez”

 

PRESENTACIÓN

DEL LIBRO

“ANTEQUERA, OTRA VEZ”

DE JOSÉ LUIS
SÁNCHEZ-GARRIDO REYES

ANTEQUERA
2008

POR JUAN ALCAIDE DE LA VEGA

 

Cuando me solicitaron que hiciera la presentación del libro de José Luis Sánchez-Garrido Reyes, estaba yo agobiado por obligaciones de variada índole, y mi primera palabra fue de excusa. Si después accedí se debió a varias razones: el requerimiento amistoso que me hizo, no ya el autor, sino su hermana Mely, con quien me une una antigua amistad, por haber compartido con ella y su marido, mi compañero Gabriel Requena, algo que une mucho, mesa y mantel, copa, tapa y conversación, asegurándome, por otra parte, que el señalamiento de día y hora de la presentación se diferiría hasta pasarnos de abril y meternos en el mes de mayo, florido y hermoso. Pero además, habiéndome dado una copia del texto original, me desarmó de toda prevención que pudiera tener el que el autor tuviese desde el primer momento, en la dedicatoria del texto a su hermana la chica, María teresa, la entrañable desfachatez de confesar su “impresentable ortografía de escritor apresurado”; y que su hermana la chica, María Teresa, fuese la entrañable censora del libro de su hermano, expresando en unas palabras previas al texto, que firma como “encargada de revisión, corrección y traducción”, lo siguiente, que respira genuina frescura femenina, cariño fraternal y desvelos de buena educadora: “Escribe tal como ve las cosas en su mente, difusas. Por eso cuando leo un escrito suyo, experimento unos sentimientos muy contradictorios, pues, al mismo tiempo que me enternezco y disfruto con su contenido, sufro con su desordenada forma de plasmarlos, y sobre todo, con sus repetidas e irrecuperables faltas de ortografía, sufrimiento que él ignora y considera una simple “deformación profesional” de mi trabajo como maestra. Y continúa: “Lo cierto es que le permito lo que jamás le he permitido a ningún alumno, y finalmente soy indulgente, le corrijo, le perdono y le adoro a pesar que sé que lo volverá a hacer siempre”.

Todo esto me sugiere el primer motivo por el que he de felicitar al autor. El autor cuenta con ternura femenina. De ella nacen las urgentes instancias y los perentorios requerimientos de su hermana mayor, Mely, y las calurosas reprimendas de su hermana chica, María Teresa. Siguiendo las huellas del texto, veo que cuenta también con la maternal ternura de su propia hija, Eva, que le trajo desde Colorado Spring, en Estados Unidos, el regalo que tanto le había gustado a su padre en su visita, un pez que cantaba. Y cuenta también con la ternura de su mujer —-esto último lo hago por observación propia—-que asiste expectante, a veces estupefacta, y al fin enormemente complacida, a las sorprendentes eclosiones de la personalidad de su marido. Y eso sin contar con el amor de su madre, Teresa, tan incomparable con cualquier otro, tan sin límites como el de todas las madres, correspondido por su hijo; su madre, ausente ya en este mundo, pero continuamente presente en el corazón de su hijo, aparece en algunos capítulos de la obra que hoy se presenta, pero ya desde el mismo prólogo el corazón del autor se esponja con el recuerdo de su madre, sin más que pisar su casa de la calle Merecillas: “….cuando entro y huelo su viejo jazmín plantado por la fuerte mano de mi madre, cuando observo de nuevo aquellos mismos espacios donde mis padres vivieron, cuando riego, de vez en cuando, las mismas macetas que ellos regaban cuando yo era un niño….” (Haced el favor de permitirme ahora, antes de pasar a otro punto, una corrección a la correctora, una regañina a la regañona. Dices tú, María Teresa, al final de las líneas que has escrito: “Seguiré siendo la “chica” aunque sea una anciana”. Mal dicho María Teresa, por dos razones. Te conocí cuando eras una niña, y cuando eras una adolescente a punto de florecer, apunto de transmutación, y luego deje de verte hasta ahora. La primera razón recordándote como eras y viéndote como eres, es que está mal dicho por confundidor eso de expresarse en presente, aunque sea de subjuntivo—-“aunque sea una anciana”—-, por que tu todavía no has llegado a serlo. Pero además—-y es la segunda razón—-hay algo en ciertas personas que puede ser una luz, o un resplandor, o un ángel, que tu  tienes y que nadie te podrá arrebatar, y que, aunque transcurra el tiempo que transcurra, te impedirá siempre, así vivas más que Matusalén, llegar a anciana. Te contaré de paso algo que constaté en tu padre. Alguna vez estábamos en la barra de un bar tomando una copa de vino. Y alguna vez aparecías tú. No era preciso que te pararas, ni que dijeras adiós. A veces ni te dabas cuenta de que en aquel bar estaba tu padre. Entonces tu padre suspendía la conversación y permanecía en un silencio absoluto. Hasta que desaparecías de su vista te envolvía en una mirada amorosa y sus labios esbozaban una sonrisa de satisfacción).

Consecuencia de lo apuntado por el propio autor y por su hermana la chica, nos encontramos con un texto literario que se distingue por ser “aliterario”. El autor no pretende florituras de estilo, ni sigue cánones estéticos. Ni siquiera tiene preocupaciones sintácticas, ni sigue reglas ortográficas. Se sirve de la palabra como vehículo necesario e irreemplazable para dar testimonio de su vida. En su maremagnum de recuerdos afloran, unas veces paisajes urbanos y rústicos que tenemos todos los antequeranos en la retina—-tal la estatua del Capitán, o la Peña de los Enamorados—-; o costumbres o usos sociales, en este momento desacostumbrados e inusitados—-por ejemplo, las conferencias telefónicas solicitadas a señoritas no virtuales; por ejemplo aquel rito de la venta al fiado, que incluye en ese capítulo costumbrista que titula “Cuarto y Mitad”—-; o personas amigas, que a veces yo también conozco—-tal Pepe Artacho—-; o vecinos suyos de toda la vida, como Socorrita, costurera y amiga; o asociados a su familia, Como Mar Ángeles, María; o recetas de cocina casera que fueron sus delicias inolvidables, como los mantecados y pestiños que hacía su abuela Pura, o el caldo que hacia su madre; o tiendas que frecuentó cuando niño, como aquel suntuoso puesto de chucherías, muy cerca del Colegio de la Inmaculada; o familiares suyos, como sus padres, su abuela, sus hermanos. Pero vamos por  partes.

Si de paisajes urbanos y rústicos se trata, hemos mencionado ya la estatua del Capitán—-entiéndase el Capitán Moreno—-, héroe antequerano de la Independencia, de tan oportuna recordación ahora que acabamos de celebrar el segundo centenario de aquella guerra contra el gabacho, que no vino a España a predicarnos la libertad, sino a quitárnosla y convertirnos en presea del imperio napoleónico. No se revelaron nuestros antepasados contra el progreso, sino contra el que, con ejercicio de la violencia y el afán destructor del descerebrado, quería por la fuerza imponer a España su yugo.  ¿Liberté, egalité, freternité? ¡Y un cuerno! Nuestro amor se fija en lo que todos los antequeranos saben y no se atreven a decir:  que de la mano del Capitán, emerge uno de los dedos, que, situado el espectador de la estatua en un banco de la avenida izquierda del parque, parece sustituir, desafiante y erecto, el oculto miembro viril. A lo mejor, no fue un descuido del escultor, sino un modo de resaltar, sin decirlo, lo que en aquel momento pensaba el pueblo español: “Napoleón, para huevos los nuestros”. Remedando a Muñoz Seca, a lo mejor estaba diciendo:

“Para vencer a los españoles,
no arredran cien mil napoleones.
Para vencer a los españoles,
hacen falta galos más Quiñones”.

La Peña de los Enamorados, para el autor del libro que se presenta, es una referencia inexcusable de Antequera, cada vez que viene a ella, y le da testimonio de que, teniéndola a su vista, está pisando los umbrales de la ciudad añorada en la lejanía. Y es el recuerdo de una excursión juvenil inolvidable. Para mí representó, en la ya lejana infancia, en que viví a sus pies, el descubrimiento del campo y luego el sueño, continuamente renovado, de que estoy subiendo hacia la cumbre, como entonces, comprobando cuánta vida oculta hay en superficie, en sus entresijos, en su aire incontaminado.

En el primer capítulo, que titula “Los teléfonos de mi vida”, el autor recuerda aquella época que, para ponerse en conexión con otro número, de la misma ciudad o de ciudad distinta, tenía que recurrirse a señoritas de Telefónica, no señoritas virtuales que te hablan impersonalmente, sin ojos ni figura, sin entidad humana, robots asexuados, sino señoritas de carne y hueso—-y a veces que carne y qué hueso—-, que tú conocías, veías a la hora del  paseo por la calle Estepa, que a veces eran familiares tuyas o amigas—-me viene ahora al recuerdo una que era preciosísima y se llamaba Lili—-. A veces chirriaban las relaciones con las paisanas también. Pero cuando la cosa se complicaba de verdad es cuando tenías que poner una conferencia y ponerte en contacto con un teléfono de otra ciudad. Entre tu deseo y la realidad se interponían varias complicaciones, la intervención de varias centralitas. Si no tenías suerte, te podías morir en la consecución del empeño. José Luis lo cuenta tal y como pasaba, y con gracia. Y el consejo de su padre, gran experto de la vida: Sé muy simpático con las telefonistas…. Si no lo haces así, es muy probable que una gran parte de tu vida se te pase esperando una conferencia.

En el capítulo “Cuarto y Mitad”, evoca un tiempo ya ido para siempre en que, al hacer la compra, podías discutir con alguien, regatear, decirle ladrón al tendero por querer robarte en el peso, y oírse llamar por el tendero roñica y avaro, y seguir siendo ambos, cliente y tendero, tan amigos como siempre, amigos como ruchos—-expresión olvidada—-.

Puede pensarse que, al ser el libro de José Luis tan íntimo y tan personal de su vida y de sus circunstancias, puede carecer de interés para los antequeranos ajenos a su familia. Y no es así. No es así porque en Antequera, ciudad a la medida del hombre, nadie es ajeno a nadie, y, aunque no en la misma medida que el autor, todos conocemos a los que él se refiere, aunque nuestras relaciones tengan mayor o menor entidad, o distinta perspectiva. Ya lo dice él: “Los vecinos de Antequera nos queremos”, y lo dice como título de uno de sus capítulos. Para ser realistas, hay que reconocer que el conocimiento genera a veces un grado de precisión en nuestras vidas que es una causa del temor al qué dirán que nos asalta. Pero, a cambio, no vivimos nunca ignorantes de las vidas de los demás, ni ignorados por los demás. Y, como dice José Luis, aunque, como a él le ocurre, viva largo tiempo fuera de Antequera, ni deja de añorarla fervientemente, ni, cuando viene, deja de ser reconocido por sus paisanos, que le saludan y le envuelven en efecto. José Luis en su libro recuerda a sus vecinos, u, aun cuando no todos sean conocidos, nos hace evocar otros que sí lo son nuestros. José Luis recuerda, por ejemplo, a Carmela Torres, la modista a la que recurría su madre, y yo, por ejemplo, por ejemplo a la que recurría la mía, Socorrita Pallarés. José Luis recuerda como su profesor de Mecanografía, a José Amat, el hijo de Doña Blasa, a quienes yo conocía también, pues fueron los dos, hijo y madre, vecinos míos en distintas épocas, y yo recuerdo al que lo fue mío, Antonio León, compañero de mi padre en las oficinas de Hymasa, que luego entró en el Banco de España. José Luis y yo sufrimos el martirio de teclear con el dedo meñique, acentuado en mi caso por la circunstancia de que, por herencia genética, yo tengo curvados los dedos meñiques, y así los he transmitido a algunos de mis hijos. José Luis recuerda el puesto de Teresilla Carbonero o la casa de la Chica Alpiste, y yo la tienda de Lola y Ramón y la de la Viudita. De las tiendas del centro se acuerda de Los Madrileños, Los Caminos, o Casa Rojas, y yo también, aunque tal vez sean otros los recuerdos. En Los Madrileños había un aroma confundido de muchas colonias y allí fue donde yo, tímido perdido, tuve el atrevimiento de pedir, por primera vez sin intermediarios, ropa interior. Lo más maravilloso de Los Caminos, a dos pasos de la zapatería de mi abuelo, don Paco en la puerta de la tienda, era que, como en los versos de Manuel machado, de allí salía cada primavera, un floreciente ramillete de mocitas nuevas, las niñas de Los Caminos. De Casa Rojas voy a contarle a José Luis una anécdota que acredita mis dotes en psicología—-modestia aparte—-. Salí yo de mi casa una tarde y no había rebasado la calle del Rey, cuando comenzó a llover torrencialmente. Iba a volver a mi casa. pero, recién pasado el verano, no estaba seguro de encontrar en ella ni un mal un paraguas. De modo que pensé que lo mejor sería preguntar en Casa Rojas. Pero, oh, crueldad del destino, en Casa Rojas acababan de cerrar. A través del escaparate, calado ya hasta los huesos, yo veía popular a los Rojitas, hablando animadamente entre sí, pero a pesar de aspavientos y saltos para llamarles la atención, nadie se daba cuenta de mi presencia. La Providencia hizo que se acertara a pasar por allí la mujer de tu hermano Antonio, María José Lara. No lo dudé. Le pedí que se pusiera donde mismo había estado yo inútilmente haciéndome notar. “Por favor—-le dije,—-, llámele la atención tú, que a mí no me ven, y de tu presencia en cambio se darán cuenta en seguida”. Fue ponerse ante el escaparate y no le dio tiempo a levantar el brazo cuando todos los hermanos Rojas en tropel nos abrieron la cancela de la casa para entrar en la tienda—-María José entro también y aprovecho para comprar algo—-. La belleza hace milagros. Elegí un paraguas, le dí las gracias a María José por su intercesión y salí de allí tan contento y preparado para la lluvia. Ni siquiera tuve que abrir el flamante paraguas, porque había escampado. caprichos de la meteorología. Como el paraguas era elegante y estaba muy enrolladito, intente emular la elegancia de Chamberlain. Si hubiera subsistido la tienda de Ramón cabrera, el Primero o Senior, ya puesto y para completar la figura, me habría comprado un bombín.

Podía seguir el hilo de sus recuerdos, que suscita los míos. Pero es necesario acabar. Quiero hacerlo hablando de un anuncio al que se refiere José Luis en este libro, Antequera, otra vez, que hoy se presenta. Es bien sabido que los anuncios que hicieron época, tienen un sabor y un aroma que no es ni “in”, ni “out”, sino “camp”, y que guardan el encanto de la nostalgia y de lo que parecía inconsistente y se ha hecho perdurable. Los anuncios de la radio con música y letra incluida han sido incluso objeto de revisión y recogimiento por el grupo que sustituyó a Mocedades, el actual Consorcio. Pues bien, en los periódicos de la época y en laos cines de Antequera, se proyectaba un anuncio de uno de los productos pertenecientes a una de las actividades de la familia García – Berdoy. Salían en el anuncio las inconfundibles figuras de Don Quijote y Sancho Panza. Sancho Panza alababa el buen estado y la belleza de unos trigales y Don Quijote le hacía ver que la causa del saludable y bello aspecto de los trigales era el empleo de aquel producto antequerano. Pero José Luis omite una expresión que utiliza Don Quijote, tal como era el anuncio. Decía Sancho Panza: “¿No ve, Vuesa Merced, qué trigales tan hermosos?”, y así lo transcribe José Luis. Y Don Quijote, al replicarle, emplea una expresión que es la omitida: “Repara, bellaco, que emplean Abonos Berdoy”. Ese “Repara, bellaco…” no está en lo transcrito en el libro, y puede que nunca lo estuviera en el ánimo del inmortal caballero motejar de bellaco a su fiel escudero. Pero el anuncio era así como lo digo. La cosa no tiene tampoco mucha importancia, porque en cosas así la memoria le falla al más pintado. Véase, por ejemplo, el caso de José Saramago en el libro Pequeñas Memorias, hace poco publicado. Dice él que en los tiempos de guerra civil española oía desde Portugal Radio Sevilla, desde donde daba sus charlas el General Queipo de Llano, y recuerda, creo que incorrectamente, un anuncio de aquel tiempo, extendido a los años de la postguerra. Dice él que en el anuncio radiado se pregonaba: “Oh, qué lindos colores, Tintas Revi son las mejores”. No era así. Era: “Oh, que lindos colores, Tintes Gevis son los mejores”. Añade Saramago que “era el propio Queipo de Llano el que, terminada la intervención política, recitaba el festivo anuncio”. El anuncio publicitario no era propiamente festivo, pero además no creo que lo leyera el General. Lo digo porque yo lo oía todas las noches con mucha atención para enterarme de cómo estaría mi padre, que le cogió la guerra en Madrid, y no se lo oí decir a el nunca. Sí lo decía aquel polifacético locutor, simpático y bajito, que se llamaba Rafael Santisteban.

Sólo queda añadir algo de lo que me gustaría dejar constancia. Yo conocí al padre de José Luis, del que él habla en más de una ocasión con reverencia y con mucho amor. podría contar yo algunas anécdotas del padre, con quien compartí alguna copa de vino más de una vez y al que me unía algunos amigos comunes. Pero me limitaré a consignar alguna característica suya, que formaba parte de su personalidad. Era un hombre dotado de una ilimitada pachorra, y de un despejo natural que reforzaba su experiencia de la vida muy diestramente asimilada. Era un autodidacta. Tenía una gran capacidad para verlas venir, y su arma, con que resistir los embates de la vida y gozarse en sus delicias, era una sempiterna sonrisa donde brillaba la sorna.

Yo no conocía a José Luis, su hijo, el autor del libro que se presenta hoy. Hasta ahora. Físicamente es un hombre desmesurado, gigantón. Anda con lentitud, como si necesitara continuamente desentumecerse, balanceándose al dar los pasos, inclinando a veces su corpachón hacia delante, con la mirada absorta, como si el mundo exterior desapareciera para él y solo se dedicara a leer sus propios pensamientos. Aunque es fácil creer de él que sea huraño, en realidad, como todos los gigantones, es tímido de solemnidad. Parece como si estuviera continuamente ocultándose, pero no lo hace por misantropía, sino porque le da vergüenza exhibir su figura de Gulliver en el reino de Liliput. A José Luis, sencillamente, le da vergüenza de ser tan grandón. Tiene una profesión y un empleo en el campo de la industria agrícola, y, dentro de su empleo, ha escrito mucho sobre aspectos técnicos de la agricultura de la que es perito titulado. Pero en realidad lo que le gustaría sería perderse entre libros de creación literaria, como los tiene en su biblioteca, que es desmesurada y desordenada como él, y dedicarse a evocar todo lo que en su vida le ha ayudado a vivir. Por eso este libro que hoy se presenta, a falta de primores estéticos y arrequives estilísticos, es un “ritornello” de recuerdos personales, que suscita en cada uno de los que sean sus lectores sus propias y particulares evocaciones, que se enredan, tirando unas de otras. Como las cerezas. Como el hilo de un ovillo. Y es que cada libro genera en los lectores miles de libros más, porque cada texto es lo que es y el texto, expreso o impreso, que cada lector imagina escribir al leerlo.

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3 respuestas a Escrito de la presentación que hizo D. Juan Alcaide de la Vega del libro “Antequera, otra vez”

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