Las gaviotas

Día 8, del mes ocho, del año 7, iniciado el siglo XXI, BARBATE (España)

Voy al Puerto andando, el apartamento de Trini y mío esta junto al mar, en el otro extremo del Paseo Marítimo.

Son las 9,30 de la mañana, empiezo a contar los pasos, cuando llego al 500 me aburro y no cuento más y sigo andando.

Tardo en llegar al Puerto, 45 minutos.

–¿No hay subasta hoy? –pregunto.

–Pues no ha venido ningún barco para la subasta de las 10,30, en la subasta de las  8,30 si ha venido alguno pero con poco pescado.

Prosigo andando. Voy a la Fábrica de Nieve, en el Puerto, oteo el horizonte, la bocana del puerto. No vienen barcos. Solo veo una lanchilla, inmisericorde, a motor, de 3-4 metros de eslora y no más de 1,30 de manga.

Observo unos minutos, aprecio una sinfonía completa, total, para todos los sentidos.

–La escribiré –me comento a mi mismo.

Las gaviotas, muchas vuelan sobre las aguas del puerto, buscando peces del destrío, que los pescadores tiran al agua, los que no valen para la selección de las cajas que llenan. Seguramente los marineros, lo hacen sin duda a conciencia, para darle de comer a sus amigas y compañeras, la gaviotas.

Otras muchas gaviotas, están posadas sobre el agua, nadando como patos. Quizá hayan comido ya, y estén descansando hasta el próximo vuelo.

Realmente me alucinan las gaviotas, me gustaría en el fondo ser un gavioto. Sinceramente.

Me gustaría volar sobre el mar, flotar sobre el mar, y comer pescado fresco y además barato.

–¡Mira, mira, gaviolas!

–No son gaviolas, son gaviotas.

–Ah si, pues agárrame las pelotas.

Es un dicho de “pega” tan antiguo como el andar “pa lante”.

Mientras contemplo las gaviotas todos los sentidos están en acción.

Sobre el tacto siento la brisa, sobre mi cara y brazos, a demás de un tenue sol.

El oído de las olas al romper ligeramente sobre la escalera del muelle, y las voces al fondo entremezclado con el graznido fuerte, y no compaginante, de las elegantes gaviotas.

La vista es sin duda el sentido que más se recrea.

El olfato. Oliendo olor a mar, olores de la lona.

El sentido del gusto, paladeando la brisa marina.

Suena el móvil, se rompe el embrujo, me llama Sr. Antonio del Bello, de Alicante, un antequeranista profundo, y me hace una pregunta financiera que procuro contestar. Quedo en llamarnos para ir un día a su casa museo en Alicante, llena de libros y documentos de Antequera. Tema que hablamos continuamente pero que nunca hemos hecho.

Llego al apartamento, Trini está tostándose al sol, pongo el aire acondicionado, me ducho, leo la prensa El Mundo y el Diario de Cádiz. Todo en silencio. Escribo. Filosofeo. Pienso.

Las gaviotas volando sobre la aguas del Puerto, alegres gaviotas, que vuelan y van.

Buenas noches

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